Llovió sobre mis besos


Siempre le habían parecido tristes los días de lluvia a pesar de que creía que las palabras se precipitaban del cielo como gotas de agua y que sus pensamientos eran como nubes que cuando ya no podían más con tanta carga, fluían en tormentas que lo arrasaban todo. Y entonces le daba por escribir mientras oía cómo la lluvia resbalaba en las ventanas de su viejo departamento en Jalapa.

Aquí siempre llueve mucho, pensaba, ¡cómo me gustaría vivir en el mar, junto al sol, con la arena suave bajo mis pies! Pero luego volvía a la realidad de sus días lúgubres y tristes, cobijados por la neblina espesa amenazando con llover.

Carmen era una mujer vital. Millones de sueños poblaban su cabeza por las noches y miles de proyectos fluían al comenzar la mañana. Salía a correr temprano, para sentir el viento, para llenarse de frío de rocío y para acompañar al día en su despertar. Luego regresaba a casa exhausta por el esfuerzo pero feliz y llena de esperanza.

Sus días transcurrían en la vieja redacción del periódico local. Escribiendo notas, consiguiendo noticias, enriqueciendo un mundo que parecía no tener final ni principio pero que la llenaba de sentido, de amor por la vida y de pasión. No concebía la vida, sin esa pequeña sal que hace posible todo: la pasión.

La sentía vibrar en cada una de sus células y sin duda aquel amor inquebrantable era quien la mantenía unida a la realidad, con esos pequeños espasmos somnolientos que la llevaban a lugares exóticos e inexplorados. A países lejanos llenos de castillos medievales en donde se convertía en la princesa de los cuentos de hadas modernos. En donde se probaba una zapatilla de cristal que lejos de llevarla al amor, la transportaba como los zapatos rojos de Dorita hacia un mundo lleno de hombres de hojalata en busca de un corazón y de espantapájaros deseando poner en marcha la razón. Ese era su peor defecto, querer ayudar siempre a los demás en todo, incluso a encontrarse con ellos mismos, aún cuando ella permaneciera perdida en la expresión de sus sentimientos.

Era rara a veces. Enrique, el jefe de redacción, solía decirle que era como el poema de los amorosos, pues siempre andaba en busca del amor, en cambio Antonio, su mejor amigo afirmaba categórico que ella no estaba hecha para andar acompañada y que más bien era un ser solitario, apasionado de la vida que no concebía amarrarse a un puerto.
No siempre fue así. Hubo un tiempo en que permaneció anclada a una costa y el fatal desenlace la llevó a darse cuenta que para estar a salvo de las tormentas no había que quedarse mudo, sino salir a mar abierto. Quizá por eso no le gustaba la lluvia.

No solía arriesgarse mucho ni en cosas del corazón. Si el primer paso la hacía tambalearse, tentaba le terreno y al menor atisbo de inseguridad, cambiaba el rumbo de sus pies. Así sucedió con ese puerto al que quedó anclada. Al principio se fue con tiento, pero después de un poco, estaba totalmente enamorada. Y entonces sí lo arriesgó todo.

Ese amor enceguecido, endiosado la ancló a unos labios hermosos que dejaban escapar palabras de un brillo excitante, esas palabras que tanto le gustaban a Carmen, que no se daba cuenta de su peligrosidad por ser meras fantasías. Y ya para cuando pudo darse cuenta, había empeñado el corazón en vano. Entonces le dio por llorar como las nubes en los días lluviosos.

Un día le dio por pensar que Jalapa le traía mala suerte. Empacó sus maletas y se fue a la capital. Llegó una madrugada lluviosa y fue tragada por una ola gigante que muchos llaman Ciudad de México. No tardó mucho en descubrir que tanta hostilidad también tenía sus cosas buenas.

Conoció a un hombre. Carmen tenía la penosa particular de atraer a muchos. Al principio mostraban sus mejores trucos para mantener su atención, como los alces en primavera que luchan cuerpo a cuerpo por una hembra. Luego, después de un rato, desaparecían como por arte de magia. Algunos se enamoraban de ella. Eran aquellos que se tomaban el atrevimiento de conocerla de cerca, los demás salían huyendo ante el primer atisbo de tormenta. Las bromas de la vida: a esos amores, nunca pudo amar, pero los fugitivos…
Aquellas historias terminaron por convencer a Carmen de perder la mala costumbre de enamorarse. Prefería ahorrarse la pena de un día encontrarse frente a la ventana dejando caer sobre ésta las pequeñas gotas de lluvia salada. Pero seguía escribiendo sus historias. La capital le regaló lluvias copiosas en verano y días soleados sin mar. Madrugas con fríos desgarradores en donde el rocío matutino se quedaba anclado en pinos largos y hermosas jacarandas lilas contrastadas con colorines. Era feliz, sí lo era, pero añoraba el amor.

Soñaba un poco con acariciarlo, atesorarlo y entregarse. La paradoja de su signo acuariano, la llevaba a entusiasmarse pronto y así, de pronto, perder la ilusión. Alguna vez se le ocurrió que las mujeres como ella, no estaban hechas para andar acompañadas: era demasiado independiente, quizá demasiado abierta, un poco despreocupada en ciertos temas.

Lo que fuera que fuese, Carmen escribía sus historias, recreaba sus mundos y lloraba sus besos.

Ya había viajado al mar


Llegaste la noche de estrellas fugaces. Había pasado 183 lunas llamándote con el pensamiento. Abrí la ventana para mirarte y noté cómo el mundo salía de tus ojos. Te dejé entrar como cuando se deja pasar los viejos recuerdos, pero el olor de tu piel ya era distinto. Mi boca parecía haber perdido la capacidad de hablar, pero aún con ello dije lo que había callado días y noches interminables.

Yo te amaba. Mantenía tu recuerdo en mi mente como una de esas fotografías que tanto me gustaban. Pensaba en tus ojos cansados de vidas pasadas. Añoraba tus manos suaves recorriendo mi cuerpo. Temía el regreso de tus labios rojos y afilados que mordían mis pezones. Soñaba con tu sonrisa y tus abrazos en nuestro encuentro. Pero no eras mío.Añadir imagen

Lloraba tu ausencia aún cuando no te habías ido y tu regreso era un sueño cobijado por la luna llena, hasta que volviste. Pero tu ausencia me arrastró hasta el mar. Embriagada de melancolía me sumergí en sus aguas.

El mar acarició mi cuerpo desnudo, la espuma se enredó en mi cabello formando espirales infinitas y las olas mordieron mis pezones húmedos. La sal se mezcló con mis lágrimas y así como gotas de lluvia, mi amor se fue evaporando. Te quedaste ahí, flotando en la mar infinita, sin mis besos, ni promesas. Te olvidé.

Tu regreso quedó inscrito en mi memoria como aquellas cosas que de tanto anhelar se pierden en la angustia y para cuando tus ojos se posaron en los míos, no había remedio: ya había viajado al mar.

Se ha producido un error en este gadget.

Soy una mujer en construcción

Seguidores

Buscar este blog