El deseo del Universo

Cuidado con lo que deseas...
porque se te cumplirá.



Siento como, a través del universo colmado de estrellas, tus manos acarician mis mejillas y tus dedos dibujan tenuemente las formas rizadas de mi pelo.

Siento como tus ojos me buscan entre multitudes de mundos, de galaxias, de años luz y me miro en tus pupilas y te grabo, sin esencia, en mi memoria.

Nos buscamos. Yo te siento cerca y te espero dibujando una leve sonrisa en esta boca, loca de ansias por ya no ser más mía, sino tuya.

Mis abrazos aguardan tus abrazos. Mis lágrimas se estremecen en tu encanto. Me conoces. Te conozco... aún sin encontrarnos, pero sé que me llamas como yo te llamo y camino al encuentro de tu voz sin haberla escuchado...

"Será por una eternidad, sólo con reconocernos"...

Flavio y Mayra


Envuelta en le melancolía le escribió. Era difícil aceptar que aquellas sensaciones que él le había despertado no existirían más. ¿Cómo había podido desvanecerse la magia de aquel encuentro?

No había más que despedirse…

Querido Flavio:

He estado buscando la manera de no perder la magia de tus besos. No la encuentro. Es cierto, nuestro amor sucumbió ante el desgaste de la vida diaria y ya no nos quedó más que el hastío. Aún así, te amo. Pienso que dediqué los últimos meses de mi vida a darte el espacio que necesitabas con la firme intención de que te dieras cuanta de que quizá me amabas. No sucedió. Miles de noches pensé que no me habías dado la oportunidad de demostraste lo que soy y muchas de esas noches me quedé con la frustración de saberte con miedo.

Desconozco las razones de tu adiós porque tampoco las dijiste. Me quedé simplemente esperándote en la banca del parque. Mirando cómo el amor se marchaba. Entiendo que lo nuestro terminó y cuando algo termina, siempre es bueno hacer un balance y devolver aquello que no es nuestro, por ello me di a la tarea de elaborar la siguiente lista con las cosas que yo pienso quedarme y con aquellas que quiero que tú tengas.

Cosas que yo conservaré:

  • La emoción de haber escuchado tu voz al teléfono, la primera vez que hablamos, cuando aún ni siquiera conocía tu rostro.
  • Los nervios que sentí cuando por fin decidimos conocernos y caminé hacia el lugar de nuestro encuentro.
  • El abrazo que nos dimos al mirarnos la primera vez, como si nos conociéramos de otras vidas.
  • Tu mirada puesta sobre mi durante la primera cita.
  • Nuestra larga conversación.
  • La primera película que vimos juntos.
  • Nuestro primer beso son sabor a michelada cubana.
  • La única noche que bailamos juntos.
  • Los nervios que me provocaba estar contigo.
  • La noche que me hiciste el amor por primera vez.
  • Los poemas que me escribías.
  • Tus abrazos.

Cosas que puedes quedarte tú:

  • La primera vez que me dejaste plantada.
  • Todas las veces que no contestaste mis llamadas.
  • Los mensajes con poemas de amor que te envié y no contestaste.
  • Las promesas que no me cumpliste.
  • Las palabras de amor que dijiste sin sentir.
  • Las lágrimas que me tragué cuando supe que estabas con otra.
  • Tu último “luego”.
  • Tu cobardía para no decirme la verdad.

Cuando te sientas preparado, puedes venir por ellas. Yo, por mi parte, prefiero quedarme con lo bueno de ti. Con lo bueno de una persona en quien sembré la semilla de un amor que hacía mucho no sentía por nadie. Con la alegría de la esperanza. La nostalgia de este amor que ya no podrá ser, te la regalo, al fin yo hice todo lo posible por estar en tus brazos.

Sé feliz.

Con amor, Mayra.

Medio Maratón: la experiencia más grandiosa de mi vida


Latía mi corazón a mil por hora. Yo lo notaba, aunque en mi cara había mucha calma. Ya a punto de entrar a la línea de salida puse a funcionar mi medidor de ritmo cardiaco: 225 pulsaciones por minuto. “No puede ser” pensé, algo debe estar mal. Respiré profundo, estaba a punto de correr 21 kilómetros.

Volví a accionar mi monitor “si no me calmo, voy a tronar”, me dije, y agité mis manos para despedirme de Sandy y de Efraín, el esposo de Cindy. Ibamos juntos Karen, Fher, Pepe Sandy, Cindy y yo, el Equipo Termita (los chicos con los que voy a la bici). Entramos a la plancha del Zócalo mientras se oía una banda de guerra y entonces calmada o no, no había más que hacer, sólo correr.

Equipo "Termitas"

Pasé el tapete de salida y accioné el cronómetro. Ahora estaba enfrentándome a un reto enorme que yo había elegido: salir del zócalo y regresar a él después de haber cubierto una distancia exacta de 21 kilómetros 95 metros, corriendo.

Perdí de vista a todos, menos a Keren y a Fher y traté de seguir su paso. Era tanta la gente que había que correr en zigzag para alcanzarlos, entonces pensé que si seguía así, terminaría corriendo una distancia más larga, a un ritmo que no era el mío y quizá tronaría sin cumplir mi meta. Me calmé y tomé la decisión de seguir mi propio paso, al final este reto era conmigo misma. Iba a probar mi cuerpo: la entereza de mis piernas, la capacidad de mi corazón y mis pulmones, la fuerza de mis brazos; pero también, esta experiencia era para probar mi mente, mi fuerza interior, la capacidad de mi espíritu.

Crucé la Lagunilla cuando comenzaban a poner los puestos y la poca gente que estaba miraba a los corredores como si fuéramos bichos raros. Salí del Centro y corrí por calles que no conocía. No importaba, mi mente estaba fija en la sensación de correr sobre el pavimento de mi ciudad. Escuchaba la música que pasé semanas seleccionando y cada rola me ponía los sentidos más alerta. Cuando pasé le primer punto de hidratación no lo podía creer, había corrido 2.5 kilómetros sin haberme dado cuenta.

Pensaba en los consejos de José Luis: “ve a tu paso, marca un ritmo y no bajes ni subas de intensidad” Alcé la mirada, a lo lejos El Caballito, estábamos cerca de Reforma y apenas eran los primeros kilómetros. La ruta continuó por el Monumento a la Revolución y luego cruzamos la Glorieta de Colón. Yo seguía con la mente fija en mi carrera, en mis emociones, en mi reto. Luego noté cómo ya las calles me eran conocidas, estaba cruzando los viejos caminos de mi antiguo trabajo.

Unos metros más y ya estaba en Avenida Chapultepec, entonces comenzaron a aparecer del otro lado de la avenida, los corredores que ya iban de regreso. El primero un mexicano, seguido de un keniano. Las porras de los corredores no se hicieron esperar: “vamos México, vamos”. Se me enchinó la piel, estaba emocionadísima, estaba viendo hombres muy rápidos que habían cubierto una distancia en la mitad del tiempo en que lo haría yo. Me acercaba peligrosamente a los 10 kilómetros, la distancia más larga que había corrido.

Entonces me enfrenté a la primer subida de la carrera. Las subidas me matan y sin embargo, esta la enfrenté y vencí sin problemas, al final de la cuesta estaba otro punto de hidratación, el siguiente estaría en el kilómetro 12. Me sentía bien así que tomé la decisión de guardar mi gel de glucosa, aún tenía pilla para seguir. Tomé agua y continué hacia el Ángel. Corrimos hasta Chapultepec y cruzamos el bosque, ahí comencé a cansarme y a desear tomar agua, me estaba deshidratando. Llegué al siguiente punto de abastecimiento, aún dentro del bosque y decidí tomar el gel y un poco de agua. Había ya corredores que estaban desertando, yo seguí, traía otra vez la pila al 100.

Salí de Chapultepec ante los gritos de apoyo de algunas personas y ya afuera, los desertores seguían apareciendo. Yo no dejaba de repetirme a mí misma “no llegaste hasta acá para caminar”. Ya no podía dejar de correr, la adrenalina llenaba mi mente, estaba feliz, radiante, me sentía increíble, emocionada. Correr era absolutamente todo lo que podía hacer y también era absolutamente todo lo que quería hacer.

La ruta continuó por el circuito. Al dar la vuelta al puente aparecieron personas que llevaban en las manos agua y gatorade. Particularmente llamó mi atención un cartel “Toma vaselina y evita rozaduras”, entonces los corredores tomaban un poco y se ponía en piernas y brazos. Me sorprendí una vez más, por el ambiente fraternal y de apoyo que se vive en las carreras, por ese apoyo de gente que ni te conoce pero que te impulsa a seguir. Dejaba que la energía de esos aplausos entrara completa por mis oídos y los poros de mi piel.

Me sentía entera. Creo que fue mi mejor momento en toda la carrera. Más de la mitad de la distancia la tenía cubierta así que lo que venía ya era lo de menos. Mi ánimo se disparó y comencé a impulsar a los que se detenían. La ruta siguió por Avenida Chapultepec de nuevo, del otro lado ahora, por donde hacía casi una hora había visto pasar a los punteros del Medio Maratón.

“Vamos, ya que nos falta” le dije a una señora y corrimos juntas unos metros mientras intercambiábamos opiniones sobre la carrera. Ya no corría sangre por mis venas, era pura adrenalina la que me hacía seguir levantando cada pierna. Era yo la más animada.

Llegué al kilómetro 16 y con ello a una nueva subida que tampoco pudo vencerme. Era tal mi euforia que ya nada podría detenerme, ni la sed que sentía. Faltaban sólo 5 kilómetros para cumplir mi meta. Nos repartieron esponjas con agua, un sobre con miel y un plátano. Cometí el error de comer un poco y mi sed se disparó, entonces tomé la decisión de tomar gatorede en el siguiente abastecimiento, aún cuando todos los corredores se detuvieran.

Era el kilómetro 17. 5. Llegué al puesto de abastecimiento, tomé un vaso y tuve que detenerme. Fueron uno segundos, pero cuando intenté reanudar el paso me di cuenta que mis piernas estaban adormiladas y me costó trabajo que respondieran de nuevo. Fue entonces cuando me di cuenta que ya iba corriendo con el alma y la mente.

Volví a ver a Fher y lo pasé, la euforia me hacía seguir aunque mi ritmo fuera lento. Entonces, ya en el último tramo, miré a un hombre que comenzaba a caminar. Lo animé a seguir. “Estaba olvidando que estoy aquí, corriendo”, me dijo, y continuamos el paso hacia la meta.

Corrimos juntos, luego se adelantó, luego yo me adelante, de pronto, miré hacia la derecha y ahí estaba, el último cartel señalando el kilometraje, eran 19. ¡¡¡¡Estaba a punto de conquistar mi meta!!!!

“Ya que nos falta” comencé a gritar y a pedir a la gente que se acercaba a las vallas que nos siguiera animando. Entonces vi a lo lejos la Catedral. Ya estaba en 20 de noviembre y faltaban unos cuantos pasos. ¡No lo podía creer! Estaba completando una distancia de 21 kilómetros. Ese último tramose me hizo eterno, miré al corredor al que había animado y decidí cruzar con él la meta. Entonces experimenté una sensación difícil de describir: era como si toda yo corriera, como si toda mi vida se agolpara para correr conmigo. Es decir, la Mariana de 6 años, la de 10, la de 15, la de 24, especialmente la de 29, todas ellas corriendo conmigo, junto, atrás, adelante. La niña, la adolescente, la joven y muy, muy especialmente la mujer, la MUJER que soy ahora. La mujer capaz de correr con el alma 21 kilómetros.

“Mujeres a la derecha” dijeron y apreté el paso. La meta, MI meta aparecía radiante, increíble, imponente ante mis ojos. Apenas dos horas atrás había salido justo por esa misma calle y ahora estaba de regreso. La gente se arremolinaba sobre la entrada a la Plancha del Zócalo. Grité por última vez “venga porra” y escuché los aplausos y la buena vibra, entonces entré a la Plaza Mayor y crucé ESA meta con los brazos abiertos.

Wow. ¡Crucé esa meta!... se detuvo mi tiempo...

El corredor con el que había pasado los últimos 30 minutos y yo, nos felicitamos, como si fuéramos los ganadores, los primeros en llegar. Y lo éramos, ganamos algo muy dentro de nosotros. Me senté y me quité el chip y me dispuse a ir a la zona de abastecimiento. Eran las 12 del día, yo me había tardado 2 horas 10 minutos en completar mi sueño.

No puedo describir la sensación que me dejó aquello, fueron tantas mis emociones mientras iba corriendo y tantas otras al terminar que lo único que atiné fue a sonreír. Aún no puedo dejar de hacerlo. Caminé por la zona de entrega de paquetes: un gatorade, un plátano, 4 naranjas y una medalla que colgaron en mi cuello. No es de oro, pero para mí vale como si lo fuera. Me tomé una foto.

Me dirigí hacia el punto de reunión en donde me encontraría con los demás corredores “Termita” Entonces me tomaron por el brazo y me felicitaron, era Toño, casi me echo a llorar en sus brazos.

Luego llegó Sandy que siguió la carrera en el metro, entrando y saliendo para apoyarnos. Llegó Fher y así fueron llegando los chicos con los que corrí, pero también llegaron Abraham, Nancy, Mireya, mi hermana, mi madre, mis sobrinos.

Correr el Medio Maratón fue el acontecimiento de mi vida y me sentí increíble al ver a tantas hermosas personas acompañándome en un momento tan sublime para mí. Personas que me rodearon de cariño, a quienes les importo y me quieren.

De izquierda a derecha: Toño, Nancy, Mireyita, Yo (y mi medalla), Abraham y Sandy

Mi pasión por correr


Es difícil entender qué es lo que lleva a una persona a levantarse diario muy temprano para correr y luego ir a trabajar. Es difícil comprender cómo puede ser que te inscribas a carreras los domingos y sacrifiques un día dedicado a descansar. Para nosotros, los que lo hacemos, simplemente no se puede concebir el mundo sin esto.

Nosotros somos los corredores de corazón, los que no tenemos entrenador, los que no nos dedicamos a esto y sin embargo amamos el deporte más que a nada en el mundo. Nosotros no corremos por un lugar en Juegos olímpicos, corremos porque esto le da sentido a nuestra vida y porque esto nos ha salvado la vida muchas veces.
Yo corro porque al hacerlo me siento una persona distinta y después del domingo, me siento una mejor persona. Mi sensación es simple: “Si pudiste con esto, puedes con cualquier cosa”.

¿Mi siguiente reto? ¡¡CORRER EL MARATÓN!!

Mis más profundas GRACIAS


Mención aparte merecen todos aquellos que fueron a verme: Toño, Sandy, Abraham, Mi mamá (quien tenía miedo de que muriera corriendo), Nancy, mi hermana, mis sobrinos. También aquellos que mandaron buena vibra: Tere, Luis Miguel, Letto, Adrianiux, Mónica, Malú, George, Jorge (y desde Alemania), Cristofer, Alfredo Asencio, Enrique, Mayte, José Luis, Mara, mi tía Tere (que hasta prendió una veladora). Los que se apiadaron de mis súplicas y me dieron música prendida: Charly y Arturo, mi cuñado. Los que me recomendaron música aunque no la mandaron, George, Marlene, Nancy, Mireya. Los que me desearon suerte: El rey rata y Alejandro y aquellos que me impulsaron a hacer el reto: Karen, Fher, Pepe y Sandy (la otra Sandy) personas increíbles y deportistas de 10.

No miento al decir que en los momentos en que peor me sentí y en aquellos en que me pregunté a mí misma qué diablos hacía corriendo, ustedes estuvieron conmigo dándome un empujoncito para seguir…

Algo que leí en una camiseta de un corredor: “En la vida como en las carreras, nunca pares”.

Perfume de gardenias



Entramos en la cantina aquella noche de estrellas fugaces. Martina ya iba embriagada de euforia después de haber pasado la tarde jugueteando en el río. Se paseó contoneándose entre las mesas, mezclando su tibio perfume entre el humo de los cigarrillos, congelando en el tiempo, las fichas de dominó que se disparaban hasta proyectarse en las mesas. Un silencio abismal se percibió en el aire mientras todos miraban sus piernas morenas que pronto pararían en la barra. Entonces todo comenzó a tomar su forma habitual. El cantinero se apresuró a poner delante suyo la cerveza que, como cada noche, tomaría Martina. Entonces ella empezó a reír a carcajadas y mientras le acariciaba la cara, le dijo:

--Eres el hombre de mi vida, José, porque tú me sirves los tragos.

Pasamos largo rato en territorio enemigo. Aún en estos tiempos no alcanzo a comprender cómo fue que los hombres del pueblo aceptaron que nosotras entráramos a sus dominios. Éramos las únicas mujeres de San Martín del mar que podíamos jactarnos de embriagarnos en aquel tugurio, entre interminables fichas de dominó.

Martina odiaba ese juego. Siempre decía que no entendía como un montón de piececitas marcadas con bolas negras podía despertar tal pasión en los hombres, incluso más que unas piernas abiertas. Por eso no jugábamos. Nos entreteníamos bebiendo y mirando cómo las apuestas corrían y se cobraban a balazos por ahí de las tres de la mañana. También nos gustaba gastarnos las monedas en la máquina de música que José había mandado comprar sólo por no oírnos cantar cuando ya estábamos ebrias y también para ver como se contoneaba Martina cuando empezaba a bailar.

Ese 23 de abril, bebimos todas guiadas por una sed inmensa. Hacía tiempo que en el pueblo, un calor desértico se apoderaba de las calles. Sudábamos apenas amanecía y nos dormíamos entre olas de mar. Pero ni ese calor era comparable con el fuego que corría por las venas de Martina, mucho menos aquella noche. Habíamos bebido mucho, tanto que no nos importaba comenzar a bailar entre los jugadores borrachos.

Martina, fue la primera en separarse del grupo. Yo me quedé en la barra mirando cómo se descalzaba para estar más cómoda e invitar a José a contonearse al ritmo de cualquier pieza musical. Marcela estaba igual que ella, ya casi sin poderse mantenerse en pie. Las partidas de dominó se terminaban sin mayor trifulca y los apostadores pagaban la cuenta para irse en paz. Sólo José y yo seguíamos sobrios.

La música se abalanzaba sobre las piernas firmes de Martina, quien se dejaba llevar por el ritmo impuesto de José. Bailamos una tras otra hasta que le cansancio nos lanzó sobre las mesas. María fue la primera en pedir que nos fuéramos, pero antes de marcharnos, Mariel echó una moneda en aquella máquina de música y entonces, comenzó a sonar la canción que Martina no olvidaría jamás.

Nunca la había escuchado. Así que cuando sonaron los primeros acordes, Martina permaneció parada junto a José hasta que Mariel se acercó y le dijo:

--Es perfume de gardenias y tienes que bailarla esta noche si no quieres traerte mala suerte.

Martina entonces tomó la mano de José y lo lanzó hasta el centro del tugurio, luego rodeó su cuello con sus abrazos largos y empezó a moverse al compás de aquella melodía. José la tomó de la cintura y empezó a musitar cerca de sus oídos, la letra de esa vieja canción.

Embelesada, Martina se dejó llevar por las palabras que José pronunciaba, rimas que nunca dejarían de sonar como un eco en su cabeza… Perfume de gardenias tiene tu boca, tu risa es una rima de alegres notas, se mueven tus cabellos cual ondas en el mar.

La miré. Su boca se entreabría cada vez que José cantaba y sus ojos comenzaban a perderse entre las sensaciones que le producían los dedos de aquel hombre jugueteando entre la tela de su vestido. Supe entonces que esa noche, Martina no se iría con nosotras.

Salimos de la cantina aún cuando la música no terminaba, y comenzamos a escuchar los gemidos de Martina. José ya exploraba con sus manos las curvas de aquella que mujer de quien había pasado la mitad de su vida, perdidamente enamorado. Ella bailaba al compás del perfume ya sin el vestido a cuestas.

La tomó de la cintura y la subió a la barra. Su lengua trepo por sus pies hasta llegar a sus caderas. Entonces Martina abrió sus piernas como alas de mariposa y José besó sus labios, metió su lengua, acarició su pequeño capullo como si se tratara de una flor pequeña y delicada. Hurgó su entrepierna con los dedos húmedos y mordió sus muslos morenos. Estaba enloquecido. Incorporó a Martina y besó sus senos lentamente, uno a uno. Su legua lamía sus pezones, mientras sus dedos penetraban su carne.

Entonces, Martina tiró las copas que aún se encontraban servidas y se recostó apaciblemente en la madera fría. José subió encima suyo tocando su piel almendrada con sus manos nerviosas. Desató su cinturón y Martina comenzó una lucha cuerpo a cuerpo hasta que logró quitar su pantalón, luego abrió sus piernas para recibirlo y besó sus hombros y sus descomunales brazos.

Se besaron como si el tiempo transcurriera rápido. Martina se entretenía lamiendo sus labios suavemente, intentando meter su lengua entre su boca y acariciar por partes sus encías. Sus cuerpos se mecían tan rápido que la madera de la barra comenzó a desquebrajarse. La pasión de José había pasado tento tiempo escondida que disfrutó a Martina como a un vino my fino. Ella acariciaba su espalda y sus piernas conteniendo un grito que no alcanzaba a terminar.

José no dejaba de tararearle la canción y Martina se encendía como las hogueras. Cada compás, cada palabra la encendía mucho más y su mente se repartía entre seguir sintiendo y seguir escuchando las frases de aquella canción. A lo lejos, escuchaba la voz de José que le pedía que fuera suya nada más y en aquel momento quería atraparlo entre sus piernas antes de que la melodía se le perdiera entre sus pensamientos. Perfume de gardenias tiene tu boca, bellísimos destellos de luz en tu mirar...

Por fin, Martina se dejó llevar por la súplica de aquel hombre enamorado. Sin dejar de moverse estalló en un grito sordo que ahuyentó a los lobos del bosque e hizo que las aves se marcharan como si el invierno estuviese cerca. Yo podía oírla hasta mi casa, sin parar y hasta creí poder mirar como si José se le trepaba encima y la hacía sentir como nunca antes.

Martiana seguía moviéndose con los ojos fijos en el rostro de José, que aún musitaba esa canción, la melodía que prendía a Martina en cadena como cuando de niñas hacíamos una fila de polvóra. Y así, tal como encendíamos los cohetes de la feria, Martina terminó por encender con su calor la barra, las sillas, las botellas de alcohol que estallaban igual que ella lo había hecho tan sólo hacía un momento.

La cantina ardía en llamas para ese entonces. José estalló dentro de las piernas de Martina y calló muerto a un lado de la barra. Entonces, al sentirse atrapada en el calor que ella misma había provocado, Martina salió huyendo entre los maderos que caían del techo. Todo se incendiaba sin remedio, pero la rocola aún tocaba los últimos acordes de aquella canción que Martina no podría olvidar jamás… Perfume de gardenias tiene tu boca, perfume de gardenias, perfume del amor…

Llegó a mi casa oliendo a licor quemado, mientras los hombres tratababan de mitigar el fuego que amenazaba con extenderse. La acosté sobre mi cama y la dejé desnuda, pues sentía tanto calor que no podía cubrirse con ninguna ropa. Se quedó así por días: embelesada, repitiendo una a una las frases de aquella canción que sólo había escuchado una vez. Sus manos acariciaban el aire como queriendo atrapar algo mientras cantaba siempre la última rima: perfume de gardenias, perfume del amor.

Fue entonces que comprendí que el perfume de Martina era efímero, como ese amor que a ella, se les escapaba entre las manos...

Para Sel, quien después de decirme aquel 14 de febrero “tienes que bailar perfume de gardenias en el Milán” trajo a mí la idea de escribir esta nueva andanza de Martina, que hoy, después de tantos meses, he podido terminar.

Llovió sobre mis besos


Siempre le habían parecido tristes los días de lluvia a pesar de que creía que las palabras se precipitaban del cielo como gotas de agua y que sus pensamientos eran como nubes que cuando ya no podían más con tanta carga, fluían en tormentas que lo arrasaban todo. Y entonces le daba por escribir mientras oía cómo la lluvia resbalaba en las ventanas de su viejo departamento en Jalapa.

Aquí siempre llueve mucho, pensaba, ¡cómo me gustaría vivir en el mar, junto al sol, con la arena suave bajo mis pies! Pero luego volvía a la realidad de sus días lúgubres y tristes, cobijados por la neblina espesa amenazando con llover.

Carmen era una mujer vital. Millones de sueños poblaban su cabeza por las noches y miles de proyectos fluían al comenzar la mañana. Salía a correr temprano, para sentir el viento, para llenarse de frío de rocío y para acompañar al día en su despertar. Luego regresaba a casa exhausta por el esfuerzo pero feliz y llena de esperanza.

Sus días transcurrían en la vieja redacción del periódico local. Escribiendo notas, consiguiendo noticias, enriqueciendo un mundo que parecía no tener final ni principio pero que la llenaba de sentido, de amor por la vida y de pasión. No concebía la vida, sin esa pequeña sal que hace posible todo: la pasión.

La sentía vibrar en cada una de sus células y sin duda aquel amor inquebrantable era quien la mantenía unida a la realidad, con esos pequeños espasmos somnolientos que la llevaban a lugares exóticos e inexplorados. A países lejanos llenos de castillos medievales en donde se convertía en la princesa de los cuentos de hadas modernos. En donde se probaba una zapatilla de cristal que lejos de llevarla al amor, la transportaba como los zapatos rojos de Dorita hacia un mundo lleno de hombres de hojalata en busca de un corazón y de espantapájaros deseando poner en marcha la razón. Ese era su peor defecto, querer ayudar siempre a los demás en todo, incluso a encontrarse con ellos mismos, aún cuando ella permaneciera perdida en la expresión de sus sentimientos.

Era rara a veces. Enrique, el jefe de redacción, solía decirle que era como el poema de los amorosos, pues siempre andaba en busca del amor, en cambio Antonio, su mejor amigo afirmaba categórico que ella no estaba hecha para andar acompañada y que más bien era un ser solitario, apasionado de la vida que no concebía amarrarse a un puerto.
No siempre fue así. Hubo un tiempo en que permaneció anclada a una costa y el fatal desenlace la llevó a darse cuenta que para estar a salvo de las tormentas no había que quedarse mudo, sino salir a mar abierto. Quizá por eso no le gustaba la lluvia.

No solía arriesgarse mucho ni en cosas del corazón. Si el primer paso la hacía tambalearse, tentaba le terreno y al menor atisbo de inseguridad, cambiaba el rumbo de sus pies. Así sucedió con ese puerto al que quedó anclada. Al principio se fue con tiento, pero después de un poco, estaba totalmente enamorada. Y entonces sí lo arriesgó todo.

Ese amor enceguecido, endiosado la ancló a unos labios hermosos que dejaban escapar palabras de un brillo excitante, esas palabras que tanto le gustaban a Carmen, que no se daba cuenta de su peligrosidad por ser meras fantasías. Y ya para cuando pudo darse cuenta, había empeñado el corazón en vano. Entonces le dio por llorar como las nubes en los días lluviosos.

Un día le dio por pensar que Jalapa le traía mala suerte. Empacó sus maletas y se fue a la capital. Llegó una madrugada lluviosa y fue tragada por una ola gigante que muchos llaman Ciudad de México. No tardó mucho en descubrir que tanta hostilidad también tenía sus cosas buenas.

Conoció a un hombre. Carmen tenía la penosa particular de atraer a muchos. Al principio mostraban sus mejores trucos para mantener su atención, como los alces en primavera que luchan cuerpo a cuerpo por una hembra. Luego, después de un rato, desaparecían como por arte de magia. Algunos se enamoraban de ella. Eran aquellos que se tomaban el atrevimiento de conocerla de cerca, los demás salían huyendo ante el primer atisbo de tormenta. Las bromas de la vida: a esos amores, nunca pudo amar, pero los fugitivos…
Aquellas historias terminaron por convencer a Carmen de perder la mala costumbre de enamorarse. Prefería ahorrarse la pena de un día encontrarse frente a la ventana dejando caer sobre ésta las pequeñas gotas de lluvia salada. Pero seguía escribiendo sus historias. La capital le regaló lluvias copiosas en verano y días soleados sin mar. Madrugas con fríos desgarradores en donde el rocío matutino se quedaba anclado en pinos largos y hermosas jacarandas lilas contrastadas con colorines. Era feliz, sí lo era, pero añoraba el amor.

Soñaba un poco con acariciarlo, atesorarlo y entregarse. La paradoja de su signo acuariano, la llevaba a entusiasmarse pronto y así, de pronto, perder la ilusión. Alguna vez se le ocurrió que las mujeres como ella, no estaban hechas para andar acompañadas: era demasiado independiente, quizá demasiado abierta, un poco despreocupada en ciertos temas.

Lo que fuera que fuese, Carmen escribía sus historias, recreaba sus mundos y lloraba sus besos.

Ya había viajado al mar


Llegaste la noche de estrellas fugaces. Había pasado 183 lunas llamándote con el pensamiento. Abrí la ventana para mirarte y noté cómo el mundo salía de tus ojos. Te dejé entrar como cuando se deja pasar los viejos recuerdos, pero el olor de tu piel ya era distinto. Mi boca parecía haber perdido la capacidad de hablar, pero aún con ello dije lo que había callado días y noches interminables.

Yo te amaba. Mantenía tu recuerdo en mi mente como una de esas fotografías que tanto me gustaban. Pensaba en tus ojos cansados de vidas pasadas. Añoraba tus manos suaves recorriendo mi cuerpo. Temía el regreso de tus labios rojos y afilados que mordían mis pezones. Soñaba con tu sonrisa y tus abrazos en nuestro encuentro. Pero no eras mío.Añadir imagen

Lloraba tu ausencia aún cuando no te habías ido y tu regreso era un sueño cobijado por la luna llena, hasta que volviste. Pero tu ausencia me arrastró hasta el mar. Embriagada de melancolía me sumergí en sus aguas.

El mar acarició mi cuerpo desnudo, la espuma se enredó en mi cabello formando espirales infinitas y las olas mordieron mis pezones húmedos. La sal se mezcló con mis lágrimas y así como gotas de lluvia, mi amor se fue evaporando. Te quedaste ahí, flotando en la mar infinita, sin mis besos, ni promesas. Te olvidé.

Tu regreso quedó inscrito en mi memoria como aquellas cosas que de tanto anhelar se pierden en la angustia y para cuando tus ojos se posaron en los míos, no había remedio: ya había viajado al mar.

¿Amor es?


¡¡Qué día este!! Qué días estos! Primero la peste puerca, luego el temblor y ahora el desprendimiento de un iceberg del tamaño de Nueva York... ¿mencioné que Sandy me mandó una premonición de Nostradamus? En fin, que como parece que el mundo se va a acabar han estado sucediendo cosas muuuy extrañas. A la gente le ha dado por reencontrarse, buscar a los ex enamorados o animarse a invitar a salir a alguien, aunque sea por mail...

Confieso: a mí me dio por pensar en aquello de ¿qué harías si estuvieras a punto de morir? y concluí que aunque estuviera a punto de morir no correría por mi amado, no buscaría a mi papá (quien tal vez ya muera por la peste), no pediría perdón a quienes les he hecho daño, tampoco correría ala iglesia ni tendría sexo por minuto.

Bueno que a mi lo que me ha dado fue por pensar en mi ex vida jajaja. Y platicando con Sel entramos en la etapa de ¿eso es estar enamorada? Total que en medio de la peste puerca y la melancolía escribiré a estas horas algo muuuuy cursi que se me ocurre nomás porque soy afortunada y soy feliz.

  • Amor es que te carguen en sus hombros y te lleven a tu casa porque tú te lastimaste el pie.
  • Amor es que defiandan tu nombre aunque quien lo maldiga sea un familiar.
  • Amor es regresar por la noche de toluca manejando un coche que no es suyo, sólo para dedicarte una canción y darte un beso.
  • Amor es enseñarte a parar un gol sólo porque él juega de portero y quiere que tú lo seas en la liguita femenil.
  • Amor es regalarte la luna aunque ya tenga dueño.
  • Amor es decir que cantas bien Todas las flores, aunque en realidad tengas voz de aguardientosa.
  • Amor es acompañerte a un concierto de trova aunque sea rockero y hasta que intenten aprenderse las canciones, para que al final el trovador no cante ninguna de esas.
  • Amor es que limpien tu boca cuando se sale la malteada de fresa porque no puedes tragarla ya que te quitaron las cuatro muelas del juicio al mismo tiempo.
  • Amor es impulsarte a correr tu primera carrera y correr contigo aunque tú lo hagas muuuy lento.
  • Amor es que te acompañen a comprar tu bici una tarde lluviosa y que no se enoje aunque dejes el coche abierto.
  • Amor es que se sienten contigo a fumar aunque tenga años de haber dejado el vicio.
  • Amor es traer a Ancelmo desde el fin del mundo.
  • Amor es que te acompañen a Cuernavaca por tu mamá recién operada.
  • Amor es que te regalen un perro para que tengas la oportunidad de, esta vez, hacerlo bien.
  • Amor es que te apoyen a salir de la oficina con un cuento para que vayas a una entrevista de trabajo. Ah y que te lleve hasta Santa Fé.
  • Amor es que tomen una foto y salgas divina aunque no estés en tu mejor día.
  • Amor es manejar de Neza a Satélite para comprar unos boletos de tu artista favorito.
  • Amor es que lea lo que escribes aun cuando no le guste leer. Ah y que te diga que lo haces bien.

  1. Amar es que toleres a la familia molesta sólo por estar cerca de él.
  2. Amar es esperar dos años a que vuelva, sin voltear a ver a nadie más y al final descubir que no era para ti.
  3. Amar es hacerle un pastel de cumpleños aunque odies cocinar y romper la dieta para celebrar juntos.
  4. Amar es irlo a ver jugar fut y darle ánimos aunque pierda el partido.
  5. Amar es llegar a la misa y sentir que el corazón se te sale cuando lo ves frente a ti.
  6. Amar es ponerte nerviosa cuando sabes que lo vas a ver después de mucho tiempo.
  7. Amar es conseguir una tarjeta de crédito para comprar un reloj para su cumpleaños porque no tienes dinero.
  8. Amar es hacer un cartel y pegarlo en su oficina (que lo guarde, también es amor).
  9. Amar es dejarle cartitas en su lugar con frasecitas cursis (que te las devuelva es una chingadera).
  10. Amar es organizarle una despedida cuando se va de la chamba aunque él llegue una hora después.
  11. Amar es pensar en un libro que le guste y dárselo aunque lo lea un año después, subido en un avión.
  12. Amar es escuchar lo que te dice aunque no sea muy alentador para ti.
  13. Amar es ser paciente y ser feliz cuando lo ves.

Dejarte ir es amor. Dejarlo ir es amar.

Total que ahora, quizá en el fin del mundo, me dio por pensar que he sido afortunada.

Gracias

Quería


Quería quererte. Quería que fueras mío y yo tuya. ¡Cursi! ¡Ñoña!

Quería entregarte lo que soy y mirar lo que tú eres. ¿por qué tú? no lo sé.

Quería perdete en mi. Perderme en ti.

Quería tomarte de la mano fuertemente y caminar contigo.

Quería besarte por completo. Amarte por completo. Tenerte por completo.

Quería mostrarte, mostrarme que el amor existe y es nuestro.

Quería tocar tu rostro, peinar tu pelo, tocar tu espalda.

Quería besar tu cuello, hacer mios tus lunares y llegar tierra adentro.

Quería pedirle al universo, sólo por un instante que existieras.


Eres el sueño eterno que recuerdo en largas noches de soledad.

Eres lo que sólo una vez sucedió y quizá no vuelva más

Pero miento si digo que no intento.

Miento si digo que no albergo esperanzas.



¿Dónde estás? Estoy cansada de esperarte.

El forastero


Llegó al pueblo una noche helada. Iba acompañado de dos enormes perros siberianos de ojos espantosamente claros. Nadie lo había visto nunca. Caminaba encorvado, con los pasos cansados y la mirada escondida tras un sombrero negro. Veíamos su andar sin atrevernos a acercarnos porque sus fieras rabiosas ladraban y mordían al aire haciendo la invitación a mantenernos lejos.

Era el forastero más extraño que hubiese llegado al pueblo. Recorrió cada calle hasta dar con la tienda de Martina. Entró, encendió un cigarro y después de dar la primera bocanada se quitó el sombrero y la miró. Ella dejó caer la caja de galletas que tenía en la mano, como si hubiera visto a alguien que esperara de hace años. Salieron juntos sin decir palabra mientras eran seguidos por los perros.

Caminaron hacia el bosque y se perdieron durante días. En el pueblo empezó a correr el rumor de que habían muerto, pero no podía ser cierto, Martina conocía mejor que nadie cada sendero, aun aquellos que estaban alejados. Yo la esperé cada noche al filo de la puerta de mi casa, hasta que un día la miré volver como alguien que había corrido el mundo entero.

Su rostro era como el de un muerto que ha regresado a la vida. Sus ojos habían palidecido y temblaba más de miedo que de frío.

Entre palabras cortadas me contó que se lo había llevado a la casita que descubrimos cuando aún éramos unas niñas. Era un lugar mágico, lleno de flores que crecían mirando al sol y por las noches se cerraban en capullos como de mariposas.

Martina amaba a esos insectos. Un día la descubrí corriendo como niña tras un montón de esas flores voladoras, por eso aquella choza se había convertido en su lugar secreto. Jamás entendí porque se había llevado al forastero a lo que ella había llamado “su refugio”, pero después de su relato comprendí por qué jamás había vuelto.

Fueron días en que sopló el viento. Martina gozaba paseando desnuda cuando el aire jugaba con esa violencia porque decía que era como si un ser invisible se metiera en sus muslos. Aquel forastero también acariciaba su piel almendrada con el filo de sus dedos. Tuvieron noches intensas. La última que pasaron juntos era la que ella recordaba.

Después de la cena se acostaron abrazados. Martina, se divertía rozando sus pies contra los de él y entonces sus brazos se extendían como las alas de las aves en primavera y lo acariciaba por debajo de las ropas. Sedienta, comenzó a besarlo y él se dejaba amar como si también la quisiera. Luego subió en sus piernas duras acercándose para mirar su cara. Aquel hombre se entretenía tratando de desatar los listones rosas del vestido que, por fin, se había puesto.

Se tocaron como ciegos en la habitación oscura. Él recorrió sus piernas y jugueteó entre ellas. Separaba sus labios con los dedos y luego se daba tiempo para besarle la boca. Martina lamía sus mejillas como secando una herida y luego se iba bajando hasta llegar a su pecho.

Subió en él para mirar su rostro y ayudarlo a encontrar el camino a su interior, pero de alguna forma, Martina sentía dolor cuando lo amaba. Tomó sus manos y las llevó a sus pechos, que él acariciaba como a frutas maduras. Podía sentirlo dentro de sí misma e intentaba atraparlo cerrando sus piernas.

La miraba a los ojos, pero no estaba con ella. Martina sollozaba entre dolor y gozo y se recargaba en su pecho para arañarlo. El viento azotó las puertas e irrumpió como el agua de un río que busca su cauce y lejos de apagar el fuego entre esos dos, encendía las llamas de su sexo.

Paraban y seguían, siempre mirándose a los ojos. Pasaron la noche amándose hasta que quedaron cansados. En la madrugada, él la penetró poseyó de nuevo. El calor de ambos encendió un fuego que corrió hacia el bosque. Las llamas que consumían los árboles más jóvenes eran más débiles que las que emanaban de ella. Sus gritos eran los de un animal herido de muerte.

De pronto, el forastero encendió un cigarro y, tras sacar el humo por sus tibios labios, se lo ofreció a Martina. Nunca antes había fumado. Sintió cómo aquel humo que salía de su garganta la quemaba por dentro. Luego él apagó esa vara encendida entre en sus muslos y Martina, que nunca había llorado, derramó algunas lágrimas.

Aquello continuó por horas. Él encendía un cigarro y lo azotaba brutalmente en los pechos, las manos, el vientre y el cabello negro como noche de Martina. Ella lloraba en silencio, pero permanecía. Afuera, los perros caminaban en círculos y aullaban a cada grito de Martina. Lo que sentía ya era dolor.

Le ardía la piel. Los agujeros de cada cigarrillo tenían un color verdoso, aunque todavía emanaban sangre. El olor era a carne quemada como cuando ponían a los pollos a asarse en la fiesta del pueblo. Cada cigarro había quemado más allá de la piel dorada de Martina y cada poro lloraba con su alma.

Esa mañana llovió. Martina, que había permanecido con los brazos enredados en sus piernas, escuchó las gotas chocando en las ventanas. Entonces, tomó su vestido y salió corriendo por la pradera en la que las flores ya no eran mariposas.

Llegó a mi casa como ola embravecida. Llevaba a cuestas más de cuarenta quemaduras y un silencio apagado en la mirada. Yo acaricié suavemente cada herida. Eran círculos perfectos y profundos como aquel dolor que Martina no había conocido nunca.

Lloró en mis brazos durante horas enteras y el cielo parecía estar con ella, porque dejó de llover cuando por fin cayó dormida. Salí a buscar al forastero, sabía que regresaría embravecido como una tormenta. Lo hallé corriendo, casi desnudo, por casa de Marcela. Se azotaba en las puertas y recogía los pedazos de su ropa podrida. Era como un alma en pena. Sus perros hambrientos lo perseguían como a una presa. Le arrancaban la ropa y, con ella, trozos de carne fresca que devoraban hambrientos. Escapaba, pero volvían a alcanzarlo.

Exhausto, dejó de correr y se echó gritando de dolor y de rabia cerca de la alcaldía. Cubrió su cara con los brazos, pero aquellas bestias ladraban y se le iban encima, mordían, arrancaban y engullían su carne como si se tratara de un festín. Dejaron apenas unos cuantos restos.

Me acerqué temblando como en las noches frías. El forastero era entonces apenas un montón de pellejos y huesos malolientes. Había un charco de sangre alrededor suyo y las huellas de finas patas pintadas carmesí. Lo miré con terror. Le habían arrancado los ojos y las uñas y aún caminaban en círculos moviendo lo que quedaba con sus hocicos rojos. Lamían su pelaje y luego me miraban.

Quise volver mis pasos a donde estaba Martina y borrar de mi mente lo que había presenciado ante el impactante silencio del pueblo. Pronto advertí que los siberianos me seguían, agachando sus colas y con sus miradas mansas. Me detuve y entonces se echaron a mis pies.
Los llevé para la casa. Tenían sed y bebieron agua a borbotones. Martina los miraba como quien despierta de un mal sueño, pero sin el temor de haber sobrevivido. En cambio, los siberianos la contemplaban y lloraban.

Fue entonces cuando le dio por fumar. Encendía los cigarros lentamente y disfrutaba cada bocanada como si aquello le diese un placer infinito. Era un deleite observarla sacar el humo y aspirar de nuevo mientras cerraba los ojos y juntaba las piernas en un movimiento como de danza clásica. Cuando terminaba su ritual, intentaba apagar las colillas en su cuerpo, pero los perros comenzaban a saltar a su alrededor hasta que lograban quitárselas, luego, se echaban a sus pies como bestias que regresan a su verdadero dueño.

Mensajes en noche de Luna Llena

-Mira nada más qué hermosa y altiva está esta noche… y es tuya.

-Tienes razón, hoy está bellísima y es mía ¡así que ten cuidado de a quien se la regalas!

-Ella está con quien tiene que estar. Hoy la noche es serena. No puedo arrepentirme de nada.

-¡Sigue estando preciosa! Hacía mucho que no salía a correr y menos con una compañía ten grata.

-Me gusta pensar que siempre va a ser así y me encanta cuando me arrebatan esas sonrisas y más de esta manera. Gracias. ¿qué nos dio por correr hoy?

-¡Supongo que corremos para sentirnos libres!

-¡Para sentirnos vivos! Y bien, al correr me preguntaba:¿A dónde corremos?

-¡Eso sí no lo sé! Hace tiempo que dejé de pensar en eso. Sólo dejo que mis pasos me guíen; confío en la fuerza del destino.

-Esa podría ser una opción. Debería considerarlo, ¿verdad? Hoy estoy feliz, ya me diste el día. Ojalá también la pases bonito.

¡Tú fuiste quien me dio el día! Mira que el primer mensaje lo recibí a las 12, justo a la hora en que todo comienza, ¡desde entonces sólo puedo sonreír!

A las tres


7:30 am
Aún no puedo creer que me ponga nerviosa salir con un amigo. Miro mi ropa y elijo aquella que no deje ver eso que tanto me molesta de mi cuerpo. Me pongo mi chamarra favorita, una chalinita al cuello y me observo en el espejo. ¿Perfecta? Quizá no, pero sonrío un poco.
Corro hacia el baño a lavarme los dientes. Ya casi es la hora, falta muy poco para que llegues. Pinto mis pestañas, mi boca y escucho afuera el sonido del carro. Ya llegaste. Espero a que toques.

8:00 am.
Salgo de la casa con un cigarro en la mano. Cierro la puerta y te veo ahí parado, esperando. Saludamos como siempre: un beso, un abrazo, un cómo estás. Subimos al auto y emprendemos el camino. No me entusiasma la idea de escuchar una conferencia, pero pienso aprovechar la vuelta para buscar un libro.

9:00 am.
Llegamos justo a tiempo. Aún no ha comenzado, así que aprovechamos para dar la vuelta. Tú conoces a todos, yo no conozco a nadie y me siento extraña. Volvemos y entramos al salón de conferencias. Comienzo a escuchar sin ningún interés lo que un tipo comenta sobre los temas que a ti te apasionan. Te acercas, me abrazas y yo recargo mi cabeza en tus hombros.

11:00 am.
Salimos temprano. Nunca encontraste a quien buscabas ni yo encontré el libro, pero estábamos contentos.

Necesito un cigarro y tú quieres desayunar. Caminamos a la cafetería mientras escuchas alguna historia mía. Compras un pan y caminamos a tu coche. De pronto nos detenemos ante un árbol ¿Te quieres ir? No. La estamos pasando bien.

Nos sentamos a platicar. La conversación carece de importancia o no se la presto, sólo sigo pensando que me pones nerviosa. Pasan los minutos y seguimos riendo de todo. ¡Hace tanto que no reía! Poco a poco se va haciendo tarde. Yo tengo que regresar a las tres.

12:00 pm.
El juego comienza con las remembranzas de antaño: los viejos amores, las despedidas, los años de conocernos. De pronto detecto en ti, esas mismas cosquillas que desde hace horas, siento en mi interior.

El día es precioso. Tengo calor y me quito la chamarra. Contemplamos las nubes a través de las ramas del árbol donde estamos sentados. Seguimos hablando. Algunos insectos se acercan a nosotros, tratamos de hacer que se vayan. Son tantos que perdemos la pelea y poco a poco nos acostumbramos a ellos.

Luego, el juego empieza a ser distinto: ¿me regalas un beso?, dices. No, somos amigos, ¿para qué lo haríamos?, contesto. Te miro a los ojos y descubro que me gustas desde hace tiempo. ¡Bah! Qué más da. Podemos intentar un poco.

1:00 pm.
¿Cuánto tiempo nos lleva deshacernos de nuestra conciencia? Quiero una cerveza. Decidimos irnos. Cercanos los dos, las miradas fijas, los labios unidos. Suena tu celular. ¡Tanto tiempo aquí y no habían llamado! ¿Por qué hacerlo ahora?

Cuelgas y vuelves a mirarme. Dices que te gustan los besos más largos… ¿Ya que importa? Me dices ¿me acompañas? Sí, ahora iría contigo donde fuera. Juegas con mi pelo y besas mi frente.

2:00 pm.
Salimos en tu coche hacia la casa de un amigo. Recuerdo, ese que me presentarías como un buen partido. No, yo no quiero y aún tengo que regresar a las tres. ¿Vamos a una fiesta? Aún podemos disfrutar el día.

Abro la ventanilla y el aire se cuela hasta mis huesos, enreda mi cabello y juega dulcemente con mis labios. Es julio. ¡Qué cielo, qué día! Giro mi cabeza y me encuentro tu mirada. Estamos aquí. Llegamos.

Él se llama… ¡qué más da! Me saluda y me voy a la parte trasera. Comentan algo pero no escucho. Aún no puedo quitar esa sonrisa de mi rostro.

3:30 pm.
Tus amigos son cálidos. Yo demasiado tímida para entablar conversación. Me pego a ti. Me das un beso. Nos sentamos. Hoy no quiero separarme de ti…

Tenía que regresar a las tres.

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