Divertimentos, exposición de Antonio Álvarez Portugal

Toma el mazo y el cincel, comienza a dar forma y textura a su obra: “así es como se talla en madera”, dice y comienza el relato de su vida artística, del placer por la pintura, la escultura y el grabado, de su compromiso por el arte, de sus aportaciones. Antonio Álvarez Portugal, va vistiendo su obra en su viejo taller del centro de la Ciudad de México, ahí están, como un tesoro, las casi cuatrocientas piezas, entre pinturas y esculturas que conforman su aporte al arte mexicano.

Va mostrando algunas, sólo aquellas que ilustran las diferentes etapas del artista:”He pasado por varios estilos, el académico, el geométrico erótico estilizado con elementos urbanos, el expresionismo abstracto, la figura humana, hasta llegar a un estilo fantástico neofigurativo”, afirma mientras señala las formas y los colores que emplea. Busca en su obra la figura a partir de de la geometría muy estilizada, da vida a seres sin boca, mirando hacia el cielo “son seres que buscan la comunicación de otra manera, quizá telepática, que aspiran un bienestar comunitario con los demás, con la esperanza puesta en el espacio, en el cielo; es por ello que uso colores azules, morados…remiten a la espiritualidad”.

Veintidós de estas creaciones: óleos, esculturas en madera, collage, tintas y acrílicos en papel serán puestas en exhibición en El chisme restaur-ARTE, como parte de la exposición Divertimentos, que el autor realizará hasta el 22 de abril, y la cual es definida por él como “un poco de juego en cuanto al formato de las obras que están dentro de mi estilo”.

La trayectoria de este gran artista se remonta hasta los años setenta, en donde participó en el movimiento de los grupos, el cual pretendía “dejar de lado las galerías y los museos, ir quitando la firma personal. Se trataba de socializar el arte, llevarlo a la calle”.

Es por lo anterior que varias de las esculturas de Álvarez Portugal y otros autores pertenecientes al grupo Tlali, las podemos admirar en lugares como la Alameda Central de la ciudad de México y Coyoacán como parte de una preocupación socio-estética en donde se reciclaba el material en desusos o se realizaban esculturas en árboles muertos. “se trataba de que la gente viera el arte y lo conociera” dice mientras cruza los brazos.

Luego sonría, “estoy empezando por el final, quizá debo hablar primero de mis estudios…Obtuve la licenciatura en Artes Plásticas en la Escuela Nacional de Artes plásticas de 1967 a 1970 y desde 1980 soy maestro en Bellas Artes, aún así no he recibido el apoyo que debería ser por parte del INBA y CONACULTA. Mi esposa es la que ha promovido mi obra, pues tienen una política del silencio, te hacen invisible, no te ven, no te oyen” apunta.

Sin embargo, Álvarez Portugal ha sido ganador de varios premios entre los que destaca el Premio Nacional se Grabado en donde obtuvo medalla de bronce y el diploma en la Tercer Bienal de Brabrov o en Bulgaria. Ha participado en varias exposiciones como Brasil, España, Japón, Francia y Polonia.

Divertimiento será una de las 80 exhibiciones en las que ha participado, tanto en México como en el extranjero. La exposición la forman sus más recientes obras contempladas en su estilo figurativo, aunque empapadas de los elementos que lo han acompañado a lo largo de s carrera artística. “Mi nuevo estilo sigue guardando elementos de los anteriores, esto es lo que le da su propia personalidad” indica mientras señala algunas de las pinturas colgadas a lo largo de su taller. Muestra las diferencias y hace hincapié en los detalles que hacen de su quehacer artístico una constante, luego da una vuelta con su mirada por los espacios de su taller “es un poco oscuro, quizá no es el mejor lugar para trabajar”.

-¡No le trae inspiración?
-Yo creo en la inspiración a base del trabajo. Creas un mundo donde interactúan los colores y las formas. A la inspiración la vas trabajando.

Divertimentos, la exposición del trabajo y la inspiración será inaugurada el día ocho de abril a las 7:30 en Miguel Ángel de Quevedo 24 casi esquina Insurgentes y permanecerá abierta al público hasta el 22 del mismo mes.

Historia de una promesa


El viento nos ha dado la bienvenida con suavidad, el sol, nos ha acariciado con sus cálidas manos, hemos volado tan bien y tan alto que Dios se ha unido a nosotros en nuestra alegría, y nos devuelve a los adorables brazos de la madre tierra.

No recuerdo exactamente qué día era. Tengo la noción de que terminaba enero y comenzaba febrero. Lo peor de la enfermedad de Arturín había pasado, aunque nos habíamos quedado con las secuelas que ahora, después de tanto tiempo, siguen apareciendo.

Lo que sí recuerdo es que estábamos en casa de mi hermana mirando unas revistas. Arturo medio podía diferenciar algunos objetos y mi hermana insistía en que le dijera que había allá o acá. De repente, mi cuñado pasó una hoja y todos nos quedamos mirando la foto de unos globos aerostáticos surcando un hermoso cielo azul. Entonces mi herma los señaló y le preguntó a mi sobrino qué eran. Él atinó apenas a decir: globos.

-¿Te gustaría subirte a uno?—le pregunté y obtuve una sonrisa emocionada y un ligero sí. —Cuando te cures, continué—te llevaré a que viajes en uno.

Pasaron cinco años antes de poder cumplir mi promesa y en todo este tiempo, él se acordó claramente que un día viajaríamos en un enorme globo y me lo recordó cada día hasta que cumplió ocho, el plazo necesario para que pudiera subirse.

El domingo, después de un eterno estira y afloja con mi hermana y los compromisos de todos, llegó el momento de subir al cielo en el primer vehículo volador creado por el hombre. Fue todo un acontecimiento, no sólo para Artu, sino para toda la familia que como mueganito, fue junta, para no perderse un solo detalle.

El clima fue benévolo pues el día despertó con un hermoso cielo entre naranja y amarillo, después de las lluvias de la semana. Nuestra primera vista fue la imponente Pirámide del Sol, en la Ciudad de los Dioses. Hacía frío y un poco de humedad, pero aún así salimos del hotel a las seis de la mañana para cumplir con nuestra cita.

El globopuerto está muy cerca de San Juan Teotihuacan, así que llegamos puntuales para presenciar el momento en el que inflaban los globos. Artu corría de un lado a otro observándolos todos. Estaba emocionadísimo, feliz, radiante. Tenía una sonrisa tan grande que literalmente no le cabía en su rostro. Yo estaba igual, aunque algo asustada por mi temor inminente a las alturas.

Inflaron cinco y a casi todos los vimos por dentro. No dejamos de tomar fotos del momento porque para toda la familia era algo especial, creo que para mí, lo era más y hay muchos que lo saben. A las ocho de la mañana los globos habían cumplido la proeza de levantarse de la tierra, aunque aún no despegábamos. Arturín sólo atinaba a decir “gracias” como si aquello fuera un sueño cumplido.

Estábamos a punto de partir con la emoción a cuestas, con el corazón al cien y yo con un enorme nudo en la garganta. Era un momento que había esperado años, era el instante muy breve en el que cumplía mi promesa.

Nos despedimos como si no fuéramos a regresar.

-Adiós abuelita, adiós Pame, adiós mamá, adiós papá—eran los gritos que se podían oir ya cuando volábamos y mientras veíamos cómo se empezaban a ver chiquitos pero seguían agitando las manos.

Volar el valle de Teotihuacan, fue hermoso. El verano nos regaló campos verdes y nopaleras llenas de Tunas. El cielo estaba muy azul, adornado apenas con algunas nubes. Las montañas cobijadas por neblina y tuvimos la suerte de mirar un poco de la Mujer Dormida.

Para Artu, las novedades eran el tamaño de las cosas: el coche que parecía de juguete y las personas que eran como "hormiguitas". Él fue el primero en ver el rebaño de ovejas huyendo al ver el globo y también fue el primero que vio el Jeep de su papá persiguiéndonos por el campo.

Cruzamos la Ciudad de los Dioses entre la pirámide del Sol y la de la Luna. Arturo no las conocía y no podía creer que existiera algo tan grande. Comenzó a gritarle con las manos cerquita de la boca a las personas que ya estaban en la cima:

-Adiós, adiós. Y ellos contestaban emocionados y se escuchaba un enorme eco en la Ciudad desierta y tomaban fotos de esos cinco globos que surcaban los aires. Yo alcancé a tomar a uno que venía subiendo justo detrás de la Pirámide del Sol. No salió con nosotros y fue una suerte poder verlo y hacer esa toma. Como tantas otras arriba de esa enorme tela llena de aire caliente.

Arturín resultó ser también, el más preguntón. Hizo preguntas sobre el gas que se usa, sobre para qué sirve el fuego, sobre qué pasaría si cayéramos y un largo etcétera. Hasta pensé que sería un gran periodista, claro si en este país se pudiera serlo.

Saludó a todo aquel que estaba abajo, en los caminos y sonrío todo el tiempo. Me abrazó como mil veces y no dejó de dar las gracias. Creo que me faltan las palabras para poder expresar lo que eso significa, no porque lo agradeciera, sino porque era feliz.

Aterrizamos 45 minutos después, en donde nos tiró el viento. Fuimos alcanzados por mi familia completa a bordo del jeep y por la camioneta de la empresa que iría a recoger el globo para regresar al globopuerto y hacer el brindis. Creo que han sido los 45 minutos más cortos de mi vida y también del Arturín porque no queríamos bajarnos. Queríamos repetir la hazaña.

Ya de regreso, brindamos y recibimos un certificado por haber volado. Quizá eso no tenga mucha importancia para nadie, pero para un niño de ocho años, es la constancia de una proeza y la realización de un sueño.

Este niño, a quien adoro, me dio la lección más grande de mi vida hace unos años: se levantó de algo bien duro y siguió adelante. Cada día es un nuevo reto para él y no saben con qué entereza los enfrenta. Creo que todos en la familia queremos, que después de tantos tumbos, tenga una buena vida. No hay mucho que yo pueda hacer, sólo puedo ofrecerle una tía capaz de cumplir sus promesas…

Al día siguiente le escribió a un amigo. Su carta decía: el 13 de julio fue un día muy feliz, volé en un globo sobre una pirámide y después la escalé…

Por fin te perdí

Te perdí porque desde hace tiempo habías dejado de ser mio, porque desde hace mucho había dejado de mimarte. Te perdí porque me había dejado de importar tenerte cerca o lejos y porque me había habituado a ti ya casi sin mirarte. Y aunque sé que éste era el desenlace lógico de nuestra historia, te extrañaré porque no habrá quien me rescate de mis sueños al despertar.

Olvidos y memorias

Para Artu, que ya ha comenzado a olvidar cuando hablaba con él

David había esperado el momento de conocerlo desde que le dijeron que vendría. Esperaba con ansias la oportunidad de tenerlo cerca y a solas, pero su madre no dejaba que se le acercase mucho. Era muy pequeño para quedarse al cuidado de un bebé. Tan sólo tenía cuatro años.

A medida que pasaban los días, la ansiedad de David por hablar con su hermano crecía aún más, hasta que un día, después de muchas súplicas, sus padres le permitieron quedarse a solas con él tan sólo un momentito. Creyendo que quizá la insistencia del pequeño obedecía a una rivalidad con su nuevo hermanito, María y JuanMa se quedaron en silencio detrás de la puerta. Entonces escucharon a David platicando con su hermano:

-Por fa, Josué, dime cómo es Dios, estoy comenzando a olvidarlo...

Dicen que todos recordamos nuestras vidas pasadas cuando elegimos venir de nuevo al mundo, pero nacer es tan traumático que olvidamos las razones que nos trajeron de regreso...

Artu aún se acuerda de ciertas cosas, dice que él escogió a sus papás y que lo hizo bien porque son los mejores del mundo. Yo pienso recordarle esto cuando sea adolescente y se pregunte por qué tiene esos papás. Puede que también yo necesite recordar eso.

Antes que comenzara la llovizna

A veces hay que pararse bajo la lluvia, pero de todos es comenzar otra vez, consiste sólo en continuar, lo dice un hombre que habita en donde nunca deja de llover...

Mirando la ventana se preguntaba por qué había decidido marcharse en la mañana, era ya casi media noche y las luces del pueblo se apagaban y encendían conforme la lluvia arreciaba. Mariel era muy infeliz. Su preocupación se acrecentaba conforme escuchaba el sonido de las manecillas del reloj de la sala y cada sonido se aletarga en el tiempo mientras ella intentaba detenerlo, como no había logrado hacer con Fermín, al comenzar el día.

Se preguntaba si en el río se encontraría su muerte o si vagaba aún por los senderos, pero siempre le quedaba la esperanza de que volviera, aún con aquel temporal.

Los días comenzaron a transcurrir entre lluvias más intensas, y Mariel, sola en la pequeña casa, no podía hacer más que ponerse a esperar mientras miraba en la ventana el arribo de su amor. Sin que eso sucediera, no le quedó más que entregarse a la imaginación, sin ni siquiera recordar qué, de aquello que venía a su mente, era real o nunca había pasado.

Mariel era fría en realidad. Le gustaba calcular sus movimientos aunque siempre fue mala para las matemáticas. En cuestiones de amor, fue la más lista del grupo, muy distinta a Martina a quien le corría fuego por dentro. Podría decirse que a ella, lo que la recorría era un frío desgarrador y aún así, amaba a Fermín como a nadie en el mundo.

Se habían conocido en la plaza del pueblo un domingo después de salir de misa. Ella iba vestida de negro con un largo velo que le cubría el rostro. Caminaba con pasos cortos buscando a María, cuando al fin sus ojos lo toparon a él y aquella frialdad comenzó a convertirse en cariño sincero.

Sin haberlo visto antes, a Mariel le dio por seguirlo, hasta que en medio de la plaza, el hombre dejó de fingir y volteó hacia los pasos de ella. La miró largamente con sus ojos fijos, con esa mirada dura y penetrante y sin decir una palabra corrió a sus brazos, que lo cobijaron como nunca y para siempre.

Aquel día Mariel no regresó a su casa y nadie salió a buscarla porque sabían que se había marchado a cumplir su destino y regresaría para finalizarlo. Y así pasó. Mariel y Fermín volvieron una tarde y se quedaron para siempre a las orillas del pueblo, hasta esa mañana de lluvia en la que él se fue para no volver jamás.

Y pensando en esto se le iba el tiempo, siempre asomada a la ventana, con un suspiro ahogado en la boca. Hablan muy poco porque él era un hombre de pocas palabras y ella una mujer de sentimientos guardados. Nunca habían peleado por eso, pero aquella mañana la frialdad de ella se cobijó en los brazos de su amor y con el calor de la mañana comenzó a decirle tantas cosas que por años había escondido en un baúl y Fermín no quiso escucharlas.

Huyó con la claridad del alba y su mujer orgullosa no le detuvo, convencida de que regresaría antes de que comenzara la llovizna. El temporal acreció con los meses y el cerro comenzó a desgajarse. Mariel se encerró en el granero a esperar el destino por el que había vuelto. Entonces recordó aquella tarde en que había conocido el amor con tan sólo mirar aquellos ojos. Envuelta en un halo de nostalgia vivió cada instante como la primera vez y sintió claramente los labios de su hombre recorriendo su boca, su lengua y su cuello. Y sintió sus manos tocando suavemente cada rincón de su piel.

Era tan vívido el recuerdo que Mariel se volvía loca de placer, mientras recorría la paja con sus manos y se acostaba suavemente en el suelo. Cada beso la volvía más de él y a pesar de su frialdad matemática, ella se dejó llevar por el deseo. Los besos continuaban mientras él le quitaba la ropa y sujetaba su cabello y ella tocaba sus hombros y su pecho intentando robar su corazón.

Le desató los zapatos mientras jugaba con sus piernas y terminó intentando quitar su pantalón. Desnuda casi por completo, lo llamó hasta su cuerpo con la intención de tenerlo para siempre. Se besaron de principio a fin, sin dejar de explorarse como se hace con los bosques secretos. Memorizó cada detalle de su espalda y el miedo que aún sentía se fue desvaneciendo mientras se dejaba amar, así que lo dejó penetrarla con sus manos, sin oponer resistencia, pensando que quizá podría parar antes de darse por completo.

Pero mientras trascurrían los minutos, Mariel deseaba más y más. Sin pensar lo miró y cerró los ojos para dejarlo continuar sin principio ni fin hasta tenerlo entre sus piernas. Se meció junto a él acariciando sus piernas, y sus nalgas y desató con un grito la cuerda de su soledad.

Siguieron amándose la noche entera y entre suspiros Mariel supo que ese hombre sería suyo. Le permitió que la amara y ella lo amó también con un terror pavoroso. Cada instante de aquel día suplicó por no dejarse ir nunca y hasta el último instante lo amarró con sus piernas, sin imaginar que no era suyo. Lo dejó ir…

Entre sueño y recuerdo Mariel se dio por vencida y desnuda bajo la tormenta salió a buscarlo a su muerte. Pero aquel destino que termina por hacernos suyos, le impidió continuar y en su camino, solo encontró los sollozos de María, frente a la catedral. Convencida que aquello era el final del mundo, se quedó junto a ella, meciendo sus brazos tiernamente y acariciando su cara para enjugar sus lágrimas.

Yo las miraba desde mi ventana. Quería salir, pero mi destino estaba en casa.

Por una noche de ti

Así lo contaba Martina y es que esa mujer no tenía empacho en reunirnos a todas y hablar de sus andanzas. Yo la admiraba porque dentro de toda aquella magia, Martina sentía todo y lo hacía como nadie y yo sólo alcanzaba a imaginarme que sería de mí si tuviera la locura de ella. Pero no sucedió.

Eran los tiempos en que pensar en aquellas cosas era pactar con el demonio y yo no quería pasar la eternidad en un sitio tan caluroso. Martina al contrario, amaba el calor como si ardiera por dentro y así era. Y sólo podía sacarlo en sus nocturnas visitas por la madrugada.

Y no es que fuera fácil, no. Para tener una noche con Martina, se necesitaba haber nacido con estrella y muy pocos lo han hecho, se los aseguro, pero de alguna forma ella siempre encontraba con quien poder saciar la sed que le provocaba tanto calor y luego venía a contarnos, ante nuestras miradas turbadas, todas las cosas que hacía y que nadie de nosotras se atrevía a probar.

Lo cierto es que, aunque nunca nos decía el nombre de sus amantes, todas podíamos adivinarlo a la mañana siguiente al verlo pasar, porque el extraño encanto de Martina terminaba por volverlos locos, como caballos asustados sin poder dejar de correr.

Yo recuerdo cada noche de Martina mejor que nadie, incluso que ella misma, porque venía a mi casa a contarme ya casi a las seis de la mañana, para que a todos les diera por pensar que la noche la pasaba conmigo, como si no todo el pueblo supiera que era insaciable. Pero de todas esas noches, recuerdo una en que llegó oliendo a flores, flores del campo de múltiples colores. Yo le dije, Martina, no te vayas pal río, pero ese olor era de ella, lo traía impregnado en la piel. Entonces me di cuenta de que estaba enamorada y que a partir de ese día, el calor de Martina ya no sería de nadie más.

Del nombre de él, ya ni me acuerdo, porque ese sí me lo dijo y fue el único hombre que no enloqueció por ella. Y a Martina se le iba la vida nomás por saber de él. Y entonces, como aquella fue la única noche que pasaron juntos, Martina se conformaba con contarme una y otra vez aquello que hicieron que nunca había hecho y que no volvería a repetir.

Es así como sé que aquel hombre alto la tomó por la espalda y le desató el vestido, sin que Martina lograra darse cuenta a pesar de que el sexo le latía como un corazón desbordado. Entonces comenzó a meter su mano entre la tela, hasta dar con sus senos semidesnudos, calientes, con los pezones duros de placer. Y a Martina se le iba el tiempo en tratar de besarlo y encantarlo con el olor de su boca y mientras recorría su cuello encendido, Martina intentaba quitarle la ropa.

Su amante furtivo luchaba contra sus piernas, sin quitarle el vestido y aún con la ropa puesta, entonces la besó profundamente mientras jugaba con su pelo largo y mojado y las manos se le multiplicaban como peces, mientras la llevaba danzando hasta la cama. Y sin quitarle el vestido, él tocaba su espalda, mientras Martina no podía dejar de gritar.

La lucha se iba así acabando con la noche e irremediablemente terminaron desnudos sobre las cobijas y siguieron amándose en la madrugada. Y entonces Martina se colgó de sus brazos y lo amarró con sus piernas, mientras le suplicaba tenerlo un poco más para no dejarlo ir nunca. Y sus uñas jugaban con los lunares de su espalda y bajaban coquetas hasta encontrarse con sus ingles, sus nalgas y sus piernas. Y se miraban fijamente al compás del movimiento como si fueran hojas sobre las olas plácidas.

Se separaban un poco, pero volvían a unirse y ella lo besaba como nunca había besado a nadie y lo acariciaba suavemente intentando dejar su piel en la memoria de sus dedos y le pedía con súplicas que no olvidara nunca quien lo tocaba así, quien la encendía así. Y lejos, la mañana volvía, pero no querían irse, así que Martina comenzó por rendirse.

La penetró por atrás con furia enloquecida y Martina reía porque tenía más calor que nunca y terminaron sentados, ella enfrente suyo y siguieron amándose, tocándose y besándose pensando que quizá así el tiempo se detendría.

Llegó a casa a las siete, con la mirada perdida y oliendo a muchas flores. Así estuvo durante días y noches enteras, sin poder moverse, tratando sólo de oler su pelo como lo había hecho su amante y acariciando sus senos que aún estaban encendidos y el fuego que le ardía por dentro no podía ser apagado.

Fue cuando llovió en el pueblo. Y tras meses y meses de aquel temporal, comenzamos a creer que no veríamos el sol. Pronto Martina y yo nos quedamos solas, escuchando la lluvia resbalar por el techo. Terminé por pensar que moriríamos ahí, mientras el cerro se desgajaba poco a poco. Creyendo que era el destino, empecé por amar a Martina y se me iba el tiempo en tratar de tocarla como su hombre furtivo. Ella no decía nada ni sentía, quizá ya volaba a los brazos de aquel del que nada sabe y aunque yo amé a Martina como a nadie, segura estoy que nunca se quedó conmigo, porque su mente vagaba por aquella noche de hotel donde había congelado la historia tan sólo por un instante.

OMAN: El gigante del auditorio

Tras unos minutos de silencio, inmerso en la más profunda de las concentraciones, Víctor Urbán, coloca sus manos sobre el gigante, y gracias a su singular inspiración y sentimiento logra sacar de sus dedos y sus pies, las primeras notas que resuenan impresionantes gracias a la acústica del recinto. Es el despertar de un titán: el Órgano Monumental del Auditorio Nacional (OMAN).

Después de dos años de intensas labores para su total restauración, este maravilloso instrumento está listo para ofrecer su primer concierto a cargo del Maestro organista Víctor Urbán y en la compañía de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México bajo la batuta de Jorge Mester.

La intención primaria de llevar a cabo este evento es que la “gente sepa que en el Auditorio, existe el órgano más grande de México, que lo escuchen y den su opinión”, expresa el Maestro Urbán, titular del instrumento musical que consta de 15 mil 633 flautas o tubos por donde deja escapar la música y que se encuentran ubicados a un costado del escenario.

Cada uno de estos tubos es de diferente tamaño, los hay de un centímetro, los más pequeños, mientras que los más grandes tienen una longitud de poco más de diez metros.

El monumental artefacto, uno de los más grandes del mundo, pesa alrededor de 50 toneladas, y para su total afinación, se necesita de por lo menos dos personas, aunque una sola logre sacar de sus entrañas el sorprendente sonido.

Esta será la primera vez, después de casi 20 años, que el Órgano podrá ser escuchado por los capitalinos al cien por ciento de su capacidad, explica el maestro, ya que, aunque en otras ocasiones se han hecho conciertos, no se habían terminado las obras de restauración.

Un ejemplo de ello son los pequeños conciertos que se llevan a cabo media hora antes de cualquier evento. Esto le vale a Víctor Urbán para considerar que éste tipo de acontecimientos es bien acogido entre el público capitalino: “Cuando ven salir la consola con seis teclados, la gente aplaude”.

Pero no sólo por eso es importante el concierto de reinauguración del OMAN. El hecho de que la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México lo acompañe, tiene dos significaciones, primero que marcará una nueva etapa para ésta, ya que será la primera vez que salga de su sede y porque “Si hubiera sido sólo el órgano, sin la Orquesta, el concierto no sería tan aparatoso, la Orquesta es representativa de la ciudad”, dice Urbán.

Cabe señalar, que el gigante del Auditorio no sólo es uno de los más grandes sino “uno de los más avanzados” explica el organista, quien ha tocado en diferentes lugares del mundo y se ha enfrentado a órganos más pequeños: “Lo apasionante de tocar este instrumento es que todos son diferentes” dice.

El programa para el concierto de reinauguración es el más “vasto que se hará este año” en cuanto a órgano se refiere, señala Urbán. Constará de cuatro piezas una de ellas del mexicano Miguel Bernal Jiménez quien “es el primer mexicano en crear un solo de pedal con percusiones” explica.

La primera pieza que le dará vida a OMAN es Obertura- Fantasía Romeo y Julieta, del compositor Piotr Ilych Chaikovski, para después dar paso a Retablo Medieval, el concertino mexicano para órgano y orquesta.

Después del intermedio, se tocará, de Juan Sebastián Bach, Tocata y fuga en re menor, BWV 565 y se concluirá con la Sinfonía No. 3 en do menor, Op. 78 de Camille Saint Saëns.

El maestro no niega la gran encomienda: “Es un gran instrumento, si algo falla, es mí responsabilidad” y sonríe. Para este hombre no sólo significa tocar, sino revivir otros tiempos en los cuales era el asistente de Jesús Estrada a quien propiamente le debemos la dicha de contar con este magnífico aparato, capaz de robarnos la respiración, y arrancar en nosotros un asomo de emoción mientras sale de él la música, ahora interpretada por Víctor Urbán.

Me gusta

Me gusta el pastel de chocolate, aunque mi especialidad es el de tres leches para los cumpleaños. Me gusta el flan napolitano y es tan fácil de hacer que también lo hago para los cumpleaños y aniversarios… y también nada más por el placer de comérmelo todo, sin embargo termino por compartirlo, no así el secreto para que no quede muy dulce.

Me gusta la carlota de limón pero hace mucho que no pruebo una y han pasado unas dos décadas desde que hice la última. Para consolarme, suelo hacer postre de mamey, para cuando en serio quiero algo bien dulce nada más porque no puedo soportar la pena… pero también de esto tiene tanto.

Me gustan los pasteles que hace mi hermana, aunque siempre es una lástima tener que partir esas verdaderas obras de arte. De cualquier forma no puedo parar de comerlos, hasta que me los termino y si hubiera más también los comería, como hace una semana que devoré el sistema solar completo y al día siguiente seguí partiendo pedazos del aquel pastel de fresa del día de las madres…

Me gusta el chocolate para cuando quiero una dosis de felicidad… cosa rara, prefiero el amargo y aún con ello me sube los puntos tanto como si hubiera corrido una hora. Y si me regalan una caja puedo terminarla sin ninguna culpa o comerme 10 mientras leo las cartas.

Me gustan los helados para cuando siento calor. Prefiero el de vainilla de las máquinitas del centro, aunque los de McDonal´s les hayan quitado el negocio. También me gusta el de postre de limón que venden en la paletería de por mi casa.

Me gusta comer cuando me enojo, pero después me enojo por haber comido enojada, también como cuando estoy triste y me gusta porque mágicamente no engordo nada, más bien me quedo en los huesos.

Me gusta comer mientras pienso, lo malo es que también me da por fumar, también me gustan las cafeterías a solas, las crepas de zarzamora y los libros, pero esos no me los como.

Me gustan los besos dulces o con dulces o pasteles o betún o chocolate o café o helado, aunque así escrito suene horrible o asqueroso, hasta el momento no he recibido queja alguna. Me gusta el pastel imposible…aunque sea posible hacerlo y creo, a veces, que por eso mismo no me gusta el amor.

Mar

Soy una mujer volátil. Una mariposa nocturna que vuela entre sueños. Un gato pequeño que se mete en líos por tanta curiosidad, pero a quien todavía le hace falta poner en práctica la cautela. Soy como un hada con las alas frágiles. Categóricamente un ser que no es de este mundo, al que, a veces, aborrezco.

Creo en el amor, aunque definitivamente no es lo mío, pero no me rindo (o será que el que se rindió fue él jaaaa,pero si me he portado bien!). También creo en Dios, con quien intento reestablecer la comunicación perdida desde hace largos años: no va mal, no va bien. No sé, no me responde, pero debería.

Creo en la justicia y en la equidad, pero no las encuentro. Creo en las relaciones de karma que aparecen y desaparecen de mi vida sin que yo alcance a comprender si pagué o me pagaron lo que se debía de vidas pasadas. Creo en la energía y en la felicidad a quien llamo todos los días ¿sin respuesta, con respuesta?

Me gusta la pasión por las cosas y la practico. La admiro también en las otras personas. Me gusta soñar, aunque no cuando estoy dormida, porque mis sueños tienen la penosa particularidad de ser premonitorios.

Me gusta reír y uno de mis defectos es querer mucho a la gente que logra eso en mí. Aunque tengo unos peores. Me gusta sonreír porque ahuyento fantasmas y atrapo fantasías.

Me gusta escribir un poco de todo, de hecho soy mejor en esto que en las conversaciones, sobre todo cuando se trata de asuntos importantes.

Me gusta querer y quiero todo, también a mucha gente. Me gusta dar todo lo que soy, aunque a veces no me sale tan bien como debería. Andamos intentando. Me gusta aprender, es más creo que lo mío, lo mío era la escuela.

Me gusta el mar. Creo que soy un ser de agua, aunque acuario es un signo de aire y por paradójico que resulte soy del sol y del fuego, por eso ardo por dentro.

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