La carta astral


Cuando él nació, las estrellas se alinearon caprichosamente formando figuras que nadie en el pueblo había visto nunca, ni las adivinas. La madre de María solía decir que aquella era una noche importante y lo contaba siempre como si se tratara del presagio de las malas horas.

Ninguna de nosotras había nacido aún, ni Martina, pero los dichos de la gente sobre ese suceso acompañaban la historia de San Martín del mar. Incluso María, años después, heredara del poder ancestral de su familia, no dejaba de asociar aquella noche de estrellas difusas con el destino de Martina quien años después, en su nacimiento, había provocado la misma extraña alineación astral.

Todos creíamos en esa vieja leyenda, menos Martina, quien reía cada vez que alguien llegaba a su tienda para decirle que pronto vendría el día en que cumpliera su destino. De alguna forma ella pensaba que su vida empezaba y terminaba en San Martín del mar, aunque una fuerza inagotable la llamara a abandonar los límites del pueblo.

En cambio, todas nosotras pensábamos que el calor que emanaba de su cuerpo y el fuego que la hacía escapar meses enteros, tenía que ver con esas estrellas que habían aparecido en el pueblo tan sólo dos veces en la vida.

Nuestras sospechas se hicieron más fuertes cuando en una de esas noches en casa de María, a las afueras del pueblo, las cartas de Martina anunciaron que llegaría alguien de muy lejos guiado por su calor y el olor a campo de su piel. Y días después, en pleno medio día las nubes se volvieron rosas y el cielo se pintó de un color pardo que pronto que se convirtió en noche y dejó escapar las estrellas fugaces de aquellas madrugadas de presagio.

Martina comenzó a creer lo que se decía, cuando esa noche duró por tres días y todos en el pueblo se encerraron esperando lo que sucedería. Cuando por fin salió el sol, nadie se sorprendió de encontrar cien hombres a caballo intentando asentar su campamento justo en el atrio de la catedral. Era como si todo San Martín del mar supiera que aquello ocurriría tarde o temprano. Así que salieron a ofrecer comida y agua a los recién llegados.

También yo salí a ver a los revolucionarios y al conocer al líder, supe de inmediato lo que lo había llevado a descubrir un pueblo que casi era un fantasma. Martina y su fuego ardiente lo atraían hasta aquí. Anastacio, que así se llamaba, había abandonado el campo de batalla en medio de una contienda, guiado sólo por el instinto de cumplir una misión que no conocía y que nadie le había dicho nunca porque había sido dictada por una fuerza superior justo el día en que había venido al mundo. Y arrastrando a todo galope a su tropa, había llegado al pueblo sin conocer el camino.

Cuando Martina regresó de la floresta, después de recoger las flores que cada mañana llevaba a su casa, supo que todo lo que le habían dicho desde niña, era verdad y sin desandar sus pasos subió al caballo de ese hombre y juntos emprendieron un camino sin retorno. María los vio pasar, ya sin la ropa a cuestas, mientras cabalgaban por el bosque rumbo a la montaña.

No fue, sino hasta meses después, cuando ella volvió, que supimos lo que había pasado. Me sorprendió verla regresar a pleno rayo del sol, con las flores marchitas en sus mano como si todo aquello no hubiera sucedió nunca.

La acompañé hasta su casa. Colocó las flores moradas como su vestido en el jarrón que había sido de su madre y se sentó en la mecedora con una taza de café en la mano. Me pidió que no la dejara sola y ahí me quedé mirándola por días, esperando me contara lo que había vivido.

Dejaron el caballo en las faldas de la montaña y tomados de la mano, subieron por el monte, entre piedras y nopaleras durante largas semanas hasta que llegaron a la cima y ahí, Martina contempló un mundo desconocido que su mirada no podía abarcar completamente y descubrió que su vida no podía reducirse a los límites de San Martín del mar.

Era tanto su temor y desconcierto que no tardó mucho en esconderse en una pequeña cabaña abandonada y destruida por el pasar del tiempo que se encontraba en el lugar. Era la casa de los abuelos de Anastacio, donde 30 años antes, una extraña alineación estelar los había hecho huir despavoridos.

Anastacio entró después que ella y dejó el fusil cargado junto a la puerta por si algún ruido extraño lo empujaba a salir de nuevo al campo de batalla, pero al mirar a Martina, un insólito embrujo provocó que lo olvidara todo. Desnuda como estaba, con el pelo cayendo hasta su cintura, irradiaba una luminosidad tal que el revolucionario ya no pudo contenerse más y ahí mismo, la tomó.

La delicadeza de su rostro y su cuerpo contrastaban con la lujuria y pasión que salía de sus ojos y que inundaba cada poro de su piel. Era tanta la excitación que sentía aquel hombre por ella que su encuentro era espectacular.

La recostó sobre el suelo con olor a tierra mojada y comenzó, quizá por timidez, a besarle la frente. Pero las llamas ardientes que brotaban del cuerpo de Martina lo obligaron a ir más allá. Besó a Martina en la boca con una furia exquisita y entre sus dedos enredó el largo cabello que ella había dejado crecer durante años. Luego dejó que su mano se abriera, a paso lento, el camino secreto hasta su sexo. Hundió sus dedos en su entrepierna y dejó que Martina subiera a él para juntos mecerse con el viento.

Ella besaba su rostro y acariciaba el pecho y el vientre de su amante, poniendo especial atención en las gotas de agua que salían de sus poros como si aquello fuera por fin el elíxir que calmara su sed y extinguiera su fuego. Pero lo que sentía por él era tan fuerte y tan milenario que crecía dentro de ella las ganas de seguirlo disfrutando.

Paraban y volvían a empezar a amarse. A él le gustaba tomarla por la espalda para poder seguir enredándose en su pelo y luego bajar sus manos hasta su cintura para contener sus movimientos y así alargar el tiempo de sentirla por dentro. Cuando por fin terminaron, Martina no pudo ahogar un grito que una vez que emitió, ahuyentó las aves hacia el pueblo. Luego se recostaron abrazados.

Él se entretenía contando las pecas de su espalda y trazando líneas que lo llevaban de una a otra. Era como si cada una de ellas le revelara algún camino transitado en su pasado que interconectado con la siguiente, formaba su vida futura. Esos pequeños tatuajes creados por la luz solar semejaban las estrellas que habían aparecido en el cielo y que lo habían guiado hasta el cuerpo de fuego de la que ahora era su mujer.

Sus dedos de aguja parecían construir mundos externos al nuestro en donde las estrellas florecían con luz destellante e iban a parar justo en la espalda de Martina. Formaba, en cada caricia dactilar, círculos perfectos y líneas de vida que terminaban siempre en el mismo lugar: el lunar negro de Martina que pendía a un costado de su espalda y que semejaba un planeta del sistema solar.

Tan profunda y enigmáticamente era atraído hacia ese lugar que Anastacio parecía enloquecer y entonces se precipitaba con besos por esos caminos que minutos antes había dibujado con los dedos.

Eran tantas las marcas del sol en la piel de Martina, que por más que el revolucionario se esforzaba, no terminaba de contarlas cada noche sin quedarse dormido y quedaba impelido a volver a comenzar una vez más al día siguiente como si algo se empeñara en que pasara mil lunas acariciando y surcando el universo que la espalda de Martina le dejaba explorar, para luego acariciar todo su cuerpo y hacerla suya una y otra vez sin descansar.

Pronto Martina comenzó a construir un hogar en la mirada de aquel hombre. Los destellos verdes que provenían de su iris la embelesaban cada vez que se prendía de sus pupilas. Ya no pensaba en San Martín del mar y mantenía las flores que había recolectado la mañana en que se había ido, en la almohada del viejo camastro en donde pasaban sus noches de amor.

Un día, mientras hacían el amor, se escucharon los estruendos de la guerra bajo el monte, entonces Anastació despertó del embeleso y tomando el fusil cargado salió hacia la contienda. Martina pensó que regresaría y pasó algunos días postrada en la ventana conteniendo las lágrimas. Pero las lunas pasaron y entonces tomó su vestido y emprendió una búsqueda a la que nadie la acompañó convencida de que aquesu amor yacía en el campo de una batalla perdida.

Tiempo después, recibí una visita inesperada. Un hombre a caballo tocó mi puerta una madrugada. No lo reconocí, llevaba una barba larga y la ropa roída, sus ojos eran dos canicas apagadas y en sus manos había muchas heridas, no supe quien era hasta que preguntó por Martina y entonces comprendí que ya no estaban juntos.

Me contó que había regresado a la cabaña y que en ella no estaba ni el recuerdo de sus caricias. Me preocupé. Martina siempre venía a mí después de vivir sus aventuras y ahora no había rastro en la tierra de su hermosa existencia. Formamos grupos para buscarla en los lugares donde siempre estaba, hasta que los pobladores y la tropa se cansaron de no hallarla.

Pronto la guerra arreció y el coronel Anastacio tuvo que irse de San Martín del mar. El día de su partida me dijo, -nunca podré olvidarme de Martina, ella tiene tatuada en su espalda entre sus pecas y lunares, la carta astral que rige mi porvenir. Ella es mi destino. Y estrellando su cigarro en el suelo, juró que volvería.

Y volvió años después, como lo había hecho Martina, sólo que cuando él llegó ya había arreciado el temporal. Entre la lluvia espesa buscó la casa de Martina que el cerro desgajado ya había sepultado entre lodo y ramas viejas. Su esperanza de volver a verla era tal que se puso a recoger los restos de lo que había sido la tienda del pueblo y sus lágrimas se hacían parte de la tormenta. Yo lo miraba todo desde mi ventana sin atrever a decirle que ella estaba conmigo porque no podía dejarla marchar sin cumplir mi destino.


Mar

La guardé para nuestro encuentro, no 40, sino 12 años después


Recuerdo –como si hubiera sido ayer- que estaba escribiendo el último capítulo de la serie cuando sonó el teléfono en mi escritorio y reconocí al instante la voz radiante de Martina Fonseca (cielos! Se tenía que llamar así):

-¿Alo?

Abandoné el artículo en mitad de la página por los tumbos de mi corazón, y atravesé la avenida para encontrarme con ella en el hotel Continental después de 12 años sin verla. No fue fácil distinguirla desde la puerta entre las mujeres que almorzaban en el comedor repleto, hasta que ella me hizo una seña con el guante. Estaba vestida con el gusto personal de siempre, con un abrigo de ante, un zorro marchito en el hombro y un sombrero cazador, y los años empezaban a notársele demasiado en la piel de ciruela maltratada por el sol, los ojos apagados, y toda ella disminuida por los primeros signos de una vejez injusta. Ambos debimos darnos cuenta de que 12 años eran muchos a su edad, pero lo soportamos bien. Había tratado de rastrearla en mis primeros año en Barranquilla, hasta que supe que vivía en Panamá, donde su vaporino era práctico del canal, pero no fue por orgullo sino por timidez que no le toqué el punto.

Creo que acababa de almorzar con alguien que la había dejado sola para atenderme la visita. Nos tomamos 3 tazas mortales de café y nos fumamos juntos medio paquete de cigarrillos bastos buscando a tientos el camino para conversar sin hablar, hasta que se atrevió a preguntarme si alguna vez había pensado en ella. Sólo entonces le dije la verdad: no la había olvidado nunca.(…) Su despedida había sido tan brutal que me cambió el modo de ser…

Vivir para contarla
Gabriel García Márquez

El espejo de Oesed


Dumbledore dijo “tú, como cientos antes que tú, has descubierto la delicias del espejo de Oesed".

-No sabía que se llamaba así, Señor.
-Pero espero que te hayas dado cuenta de lo que hace, ¿no?
-Bueno, me mostró a mi familia y…
-Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán.
-¿Cómo lo sabe?
-No necesito una capa para ser invisible- dijo amablemente Dumbledore-. Y ahora ¿puedes pensar que nos muestra el espejo de Oesed a nosotros?
Harry negó con la cabeza.
-Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, se mira exactamente como es. ¿Eso te ayuda?

Harry pensó. Luego dijo lentamente:

-Nos muestra lo que queremos… lo que sea que queramos…
-Sí y no- dijo con calma Dumbledore-. Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote. Ronald Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos. Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento ni verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible.

Continúo:

-El espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora, ¿por qué no te pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?

Harry se puso de pie.

-¿Qué es lo que ves tú, cuando te miras en el espejo de Oesed?

J. K. Rowling
Harry Potter y la piedra filosofal

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