La carta astral


Cuando él nació, las estrellas se alinearon caprichosamente formando figuras que nadie en el pueblo había visto nunca, ni las adivinas. La madre de María solía decir que aquella era una noche importante y lo contaba siempre como si se tratara del presagio de las malas horas.

Ninguna de nosotras había nacido aún, ni Martina, pero los dichos de la gente sobre ese suceso acompañaban la historia de San Martín del mar. Incluso María, años después, heredara del poder ancestral de su familia, no dejaba de asociar aquella noche de estrellas difusas con el destino de Martina quien años después, en su nacimiento, había provocado la misma extraña alineación astral.

Todos creíamos en esa vieja leyenda, menos Martina, quien reía cada vez que alguien llegaba a su tienda para decirle que pronto vendría el día en que cumpliera su destino. De alguna forma ella pensaba que su vida empezaba y terminaba en San Martín del mar, aunque una fuerza inagotable la llamara a abandonar los límites del pueblo.

En cambio, todas nosotras pensábamos que el calor que emanaba de su cuerpo y el fuego que la hacía escapar meses enteros, tenía que ver con esas estrellas que habían aparecido en el pueblo tan sólo dos veces en la vida.

Nuestras sospechas se hicieron más fuertes cuando en una de esas noches en casa de María, a las afueras del pueblo, las cartas de Martina anunciaron que llegaría alguien de muy lejos guiado por su calor y el olor a campo de su piel. Y días después, en pleno medio día las nubes se volvieron rosas y el cielo se pintó de un color pardo que pronto que se convirtió en noche y dejó escapar las estrellas fugaces de aquellas madrugadas de presagio.

Martina comenzó a creer lo que se decía, cuando esa noche duró por tres días y todos en el pueblo se encerraron esperando lo que sucedería. Cuando por fin salió el sol, nadie se sorprendió de encontrar cien hombres a caballo intentando asentar su campamento justo en el atrio de la catedral. Era como si todo San Martín del mar supiera que aquello ocurriría tarde o temprano. Así que salieron a ofrecer comida y agua a los recién llegados.

También yo salí a ver a los revolucionarios y al conocer al líder, supe de inmediato lo que lo había llevado a descubrir un pueblo que casi era un fantasma. Martina y su fuego ardiente lo atraían hasta aquí. Anastacio, que así se llamaba, había abandonado el campo de batalla en medio de una contienda, guiado sólo por el instinto de cumplir una misión que no conocía y que nadie le había dicho nunca porque había sido dictada por una fuerza superior justo el día en que había venido al mundo. Y arrastrando a todo galope a su tropa, había llegado al pueblo sin conocer el camino.

Cuando Martina regresó de la floresta, después de recoger las flores que cada mañana llevaba a su casa, supo que todo lo que le habían dicho desde niña, era verdad y sin desandar sus pasos subió al caballo de ese hombre y juntos emprendieron un camino sin retorno. María los vio pasar, ya sin la ropa a cuestas, mientras cabalgaban por el bosque rumbo a la montaña.

No fue, sino hasta meses después, cuando ella volvió, que supimos lo que había pasado. Me sorprendió verla regresar a pleno rayo del sol, con las flores marchitas en sus mano como si todo aquello no hubiera sucedió nunca.

La acompañé hasta su casa. Colocó las flores moradas como su vestido en el jarrón que había sido de su madre y se sentó en la mecedora con una taza de café en la mano. Me pidió que no la dejara sola y ahí me quedé mirándola por días, esperando me contara lo que había vivido.

Dejaron el caballo en las faldas de la montaña y tomados de la mano, subieron por el monte, entre piedras y nopaleras durante largas semanas hasta que llegaron a la cima y ahí, Martina contempló un mundo desconocido que su mirada no podía abarcar completamente y descubrió que su vida no podía reducirse a los límites de San Martín del mar.

Era tanto su temor y desconcierto que no tardó mucho en esconderse en una pequeña cabaña abandonada y destruida por el pasar del tiempo que se encontraba en el lugar. Era la casa de los abuelos de Anastacio, donde 30 años antes, una extraña alineación estelar los había hecho huir despavoridos.

Anastacio entró después que ella y dejó el fusil cargado junto a la puerta por si algún ruido extraño lo empujaba a salir de nuevo al campo de batalla, pero al mirar a Martina, un insólito embrujo provocó que lo olvidara todo. Desnuda como estaba, con el pelo cayendo hasta su cintura, irradiaba una luminosidad tal que el revolucionario ya no pudo contenerse más y ahí mismo, la tomó.

La delicadeza de su rostro y su cuerpo contrastaban con la lujuria y pasión que salía de sus ojos y que inundaba cada poro de su piel. Era tanta la excitación que sentía aquel hombre por ella que su encuentro era espectacular.

La recostó sobre el suelo con olor a tierra mojada y comenzó, quizá por timidez, a besarle la frente. Pero las llamas ardientes que brotaban del cuerpo de Martina lo obligaron a ir más allá. Besó a Martina en la boca con una furia exquisita y entre sus dedos enredó el largo cabello que ella había dejado crecer durante años. Luego dejó que su mano se abriera, a paso lento, el camino secreto hasta su sexo. Hundió sus dedos en su entrepierna y dejó que Martina subiera a él para juntos mecerse con el viento.

Ella besaba su rostro y acariciaba el pecho y el vientre de su amante, poniendo especial atención en las gotas de agua que salían de sus poros como si aquello fuera por fin el elíxir que calmara su sed y extinguiera su fuego. Pero lo que sentía por él era tan fuerte y tan milenario que crecía dentro de ella las ganas de seguirlo disfrutando.

Paraban y volvían a empezar a amarse. A él le gustaba tomarla por la espalda para poder seguir enredándose en su pelo y luego bajar sus manos hasta su cintura para contener sus movimientos y así alargar el tiempo de sentirla por dentro. Cuando por fin terminaron, Martina no pudo ahogar un grito que una vez que emitió, ahuyentó las aves hacia el pueblo. Luego se recostaron abrazados.

Él se entretenía contando las pecas de su espalda y trazando líneas que lo llevaban de una a otra. Era como si cada una de ellas le revelara algún camino transitado en su pasado que interconectado con la siguiente, formaba su vida futura. Esos pequeños tatuajes creados por la luz solar semejaban las estrellas que habían aparecido en el cielo y que lo habían guiado hasta el cuerpo de fuego de la que ahora era su mujer.

Sus dedos de aguja parecían construir mundos externos al nuestro en donde las estrellas florecían con luz destellante e iban a parar justo en la espalda de Martina. Formaba, en cada caricia dactilar, círculos perfectos y líneas de vida que terminaban siempre en el mismo lugar: el lunar negro de Martina que pendía a un costado de su espalda y que semejaba un planeta del sistema solar.

Tan profunda y enigmáticamente era atraído hacia ese lugar que Anastacio parecía enloquecer y entonces se precipitaba con besos por esos caminos que minutos antes había dibujado con los dedos.

Eran tantas las marcas del sol en la piel de Martina, que por más que el revolucionario se esforzaba, no terminaba de contarlas cada noche sin quedarse dormido y quedaba impelido a volver a comenzar una vez más al día siguiente como si algo se empeñara en que pasara mil lunas acariciando y surcando el universo que la espalda de Martina le dejaba explorar, para luego acariciar todo su cuerpo y hacerla suya una y otra vez sin descansar.

Pronto Martina comenzó a construir un hogar en la mirada de aquel hombre. Los destellos verdes que provenían de su iris la embelesaban cada vez que se prendía de sus pupilas. Ya no pensaba en San Martín del mar y mantenía las flores que había recolectado la mañana en que se había ido, en la almohada del viejo camastro en donde pasaban sus noches de amor.

Un día, mientras hacían el amor, se escucharon los estruendos de la guerra bajo el monte, entonces Anastació despertó del embeleso y tomando el fusil cargado salió hacia la contienda. Martina pensó que regresaría y pasó algunos días postrada en la ventana conteniendo las lágrimas. Pero las lunas pasaron y entonces tomó su vestido y emprendió una búsqueda a la que nadie la acompañó convencida de que aquesu amor yacía en el campo de una batalla perdida.

Tiempo después, recibí una visita inesperada. Un hombre a caballo tocó mi puerta una madrugada. No lo reconocí, llevaba una barba larga y la ropa roída, sus ojos eran dos canicas apagadas y en sus manos había muchas heridas, no supe quien era hasta que preguntó por Martina y entonces comprendí que ya no estaban juntos.

Me contó que había regresado a la cabaña y que en ella no estaba ni el recuerdo de sus caricias. Me preocupé. Martina siempre venía a mí después de vivir sus aventuras y ahora no había rastro en la tierra de su hermosa existencia. Formamos grupos para buscarla en los lugares donde siempre estaba, hasta que los pobladores y la tropa se cansaron de no hallarla.

Pronto la guerra arreció y el coronel Anastacio tuvo que irse de San Martín del mar. El día de su partida me dijo, -nunca podré olvidarme de Martina, ella tiene tatuada en su espalda entre sus pecas y lunares, la carta astral que rige mi porvenir. Ella es mi destino. Y estrellando su cigarro en el suelo, juró que volvería.

Y volvió años después, como lo había hecho Martina, sólo que cuando él llegó ya había arreciado el temporal. Entre la lluvia espesa buscó la casa de Martina que el cerro desgajado ya había sepultado entre lodo y ramas viejas. Su esperanza de volver a verla era tal que se puso a recoger los restos de lo que había sido la tienda del pueblo y sus lágrimas se hacían parte de la tormenta. Yo lo miraba todo desde mi ventana sin atrever a decirle que ella estaba conmigo porque no podía dejarla marchar sin cumplir mi destino.


Mar

La guardé para nuestro encuentro, no 40, sino 12 años después


Recuerdo –como si hubiera sido ayer- que estaba escribiendo el último capítulo de la serie cuando sonó el teléfono en mi escritorio y reconocí al instante la voz radiante de Martina Fonseca (cielos! Se tenía que llamar así):

-¿Alo?

Abandoné el artículo en mitad de la página por los tumbos de mi corazón, y atravesé la avenida para encontrarme con ella en el hotel Continental después de 12 años sin verla. No fue fácil distinguirla desde la puerta entre las mujeres que almorzaban en el comedor repleto, hasta que ella me hizo una seña con el guante. Estaba vestida con el gusto personal de siempre, con un abrigo de ante, un zorro marchito en el hombro y un sombrero cazador, y los años empezaban a notársele demasiado en la piel de ciruela maltratada por el sol, los ojos apagados, y toda ella disminuida por los primeros signos de una vejez injusta. Ambos debimos darnos cuenta de que 12 años eran muchos a su edad, pero lo soportamos bien. Había tratado de rastrearla en mis primeros año en Barranquilla, hasta que supe que vivía en Panamá, donde su vaporino era práctico del canal, pero no fue por orgullo sino por timidez que no le toqué el punto.

Creo que acababa de almorzar con alguien que la había dejado sola para atenderme la visita. Nos tomamos 3 tazas mortales de café y nos fumamos juntos medio paquete de cigarrillos bastos buscando a tientos el camino para conversar sin hablar, hasta que se atrevió a preguntarme si alguna vez había pensado en ella. Sólo entonces le dije la verdad: no la había olvidado nunca.(…) Su despedida había sido tan brutal que me cambió el modo de ser…

Vivir para contarla
Gabriel García Márquez

El espejo de Oesed


Dumbledore dijo “tú, como cientos antes que tú, has descubierto la delicias del espejo de Oesed".

-No sabía que se llamaba así, Señor.
-Pero espero que te hayas dado cuenta de lo que hace, ¿no?
-Bueno, me mostró a mi familia y…
-Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán.
-¿Cómo lo sabe?
-No necesito una capa para ser invisible- dijo amablemente Dumbledore-. Y ahora ¿puedes pensar que nos muestra el espejo de Oesed a nosotros?
Harry negó con la cabeza.
-Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, se mira exactamente como es. ¿Eso te ayuda?

Harry pensó. Luego dijo lentamente:

-Nos muestra lo que queremos… lo que sea que queramos…
-Sí y no- dijo con calma Dumbledore-. Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote. Ronald Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos. Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento ni verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible.

Continúo:

-El espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora, ¿por qué no te pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?

Harry se puso de pie.

-¿Qué es lo que ves tú, cuando te miras en el espejo de Oesed?

J. K. Rowling
Harry Potter y la piedra filosofal

El prestidigitador


Vino al pueblo en una noche de otoño. Su caravana hacía tanto ruido que todos despertamos sobresaltados. Rugidos de animales que no conocíamos convertían el apacible entorno de San Martín del mar en un carnaval de primavera. Los caballos estrellaban sus cascos sobre las calles empedradas creando una música seductora que nos hacía seguirlos como sonámbulos. Al frente de aquel extraño tropel iba un hombre rodeado de magia.

Lo seguimos encantados como las ratas del cuento del flautista de Hamelín. Cruzamos el pueblo de Este a Oeste mientras se unían a nosotros cada vez más pobladores. Se detuvo a las afueras como si conociera el camino, como si siempre hubiera sabido a donde se dirigía. Entonces, bajó del caballo envuelto en un resplandor que no puedo describir. Era embrujo.

Martina permaneció extasiada junto a mí mientras lo veía saltar de su caballo. Aún con una multitud que parecía esconderla, el mago no apartó la mirada del cuerpo de Martina y luego se dirigió exactamente a sus ojos. Se pegó a sus pupilas. Entonces ella se abrió paso empujándolos a todos hasta quedar justo frente a él.

Su luminosidad la envolvió al punto tal que no pudo escuchar, sentir o ver nada más. El mago se presentó:

-Soy Ah Kin. Haré que sus más profundas ilusiones se conviertan en una realidad y envolviéndose en su capa, desapareció. Todo el pueblo se fundió en un solo eco de confusión y asombro.

Pronto, el mago salió de entre la multitud que le abrió paso hasta Martina a quien le entregó una piedra rosada que despedía destellos de colores verdes y marrones.
Atraerá todo hacía ti, todo lo que desees y tendrás que conservarla hasta que yo regrese.

El pueblo entero explotó en aplausos y entonces, toda su comitiva bajó de los carros y comenzaron a construir una carpa gigante en donde toda clase de animales salvajes y hombres raros montaron un espectáculo increíble que divirtió a la gente durante largas semanas.

Pero Martina se tornó intranquila. El fuego que la quemaba por dentro parecía arder con mayor facilidad cuando contemplaba aquella piedra rosa y en su mente sólo aparecía una idea: el prestidigitador, capaz de cubrir todo con su magia, capaz de volver los sueños realidad.

La caravana estaba por partir cuando Martina se presentó ante el mago. Llevaba el vestido blanco que guardaba para las ocasiones especiales. Sus hermosas piernas contrastaban con su vestimenta y a través de la tela, el mago podía ver el contorno de aquel cuerpo de fuego. Pero de alguna forma, además de su mirada, el perfume de Martina parecía atraerlo magnéticamente. Yo podía observar cómo la magia crecía mientras estaban juntos y ella perdía la confianza en sí misma mientras más se adentraba a los ojos de sol del prestidigitador.

La tomó por la cintura y besó sus labios, entonces tomados de la mano se perdieron entre abrazos. Yo les perdí de vista. Supe entonces que Martina se iría por largo tiempo, antes de que algo la hiciera regresar. Pero la caravana partió sin el líder y en aquel momento creí que nunca la volvería a ver.

Mi idea creció conforme pasó el tiempo. Las noches se volvieron días y los días meses de ausencia. Pero después de un largo adiós, ella volvió como siempre hasta mi casa, a mediados de noviembre, en la misma fecha en que el mago había aparecido, 365 días después.

La miré. Traía a cuestas un dolor profundo clavado en los ojos y una incertidumbre que le robó el sueño durante largas noches. Despertaba sobresaltada en la madrugada envuelta en llanto, confundida del día que vivía, extrañada de mí y de todo aquello que antes formaba parte de su realidad.

Parecía continuar envuelta en sueños que de alguna manera trasmutaban a pesadillas. No lloraba, no, pero algo había en su cuerpo que me hacía pensar que ella sufría.
Yo acariciaba su pelo y le cantaba las canciones de cuna que su madre musitaba para ella cuando la quería dormir. Después preparaba con hierbas y miel un té que Martina tomaba para poder dormir. Quería hablarme, contarme, pero aún se le entrecortaba la voz entre sollozos y yo no podía escucharla sufrir de esa manera, así que curé su fiebre y la hice guardar reposo hasta que un día despertó y las palabras atoradas en su mente fluyeron como manantiales.

La magia del prestidigitador congeló el tiempo en la mente de Martina, quien no recordaba cuándo se había ido, a dónde la había llevado, cuánto tiempo había tardado en regresar. Sólo sabía que un día había despertado en los brazos ardientes de aquel mago, en un lugar distinto y frío que sólo podía enfebrecer con sus besos.

Se amaron, sin tiempo o durante tanto tiempo que la memoria de Martina no podía recordar. Sólo tenía presente momentos inagotables que parecían volver a cuentagotas. Eran como archivos secretos que parecían abrirse apenas ella se asomaba por la ventana.
Ventanas mágicas que a través de las dimensiones, el mago parecía abrir enigmáticamente para que yo escuchara y construyera, años después, para Martiana.

Me contó todo a escalas durante noches amargas, quizá tantas como las que había pasado con él y después, un día sin más, terminamos de armar el acertijo de su mente y el relato comenzó otra vez…

Era una noche fría en algún lugar que ella no recordaba o no reconocía. Él encendió la chimenea y con ella ardieron sus ojos. Martina jugueteaba cerca como las libélulas en primavera. El calor del fuego ahuyentó el frío en su cuerpo. Fue entonces cuando sus manos construyeron campos de flores sobre el rostro del mago. Lo besó. Él respondió a sus caricias quitándole el vestido y conquistando su espalda. Soltó su cabello y la acostó sobre la alfombra blanca que cubría la habitación. Recorrió cada espacio de piel con las yemas de sus dedos y luego con su boca.

De sus cuerpos desnudos brotaban chispas que iban a parar hasta la leña ardiente. El sortilegio comenzó cuando el mago descubrió sus pechos. Sus dedos astutos hicieron que de sus pezones brotaran libélulas azules que llenaron el cuarto. Luego descubrió su vientre y adentrándose más, sospechó del río que manaba de entre sus piernas. Las suaves caricias de aquel hombre penetraron campos inertes de hace tiempo y con palabras suaves que musitaba al oído, brotaron de las piernas de Martina mariposas. Estaba enloquecida. Fue entonces cuando suavemente se adentró a su cuerpo. Se recostó sobre ella y revolviendo los rizos de su pelo, se fundió con Martina en un manso vaivén que pronto se convirtió en tornado.

Juntos eran uno. Los besos del mago se precipitaban en la piel de Martina como estrellas fugaces. Era un mundo allá dentro cayendo a pedazos. Luciérnagas indiscretas miraban el festín por la ventana y Martina lloraba, lloraba porque no era suyo.

No había tiempo para terminar de amarlo. Lo tomó por la espalda y subió en él. Meció su cuerpo impetuoso sobre el mago y llevó sus manos hasta su cintura. Le gustaba mirar cómo él la miraba pero cerró sus ojos cuando aquella pasión no pudo contenerse. Terminaron los dos en un abrazo, mientras el fuego se achicaba en aquella chimenea. La cobijó. Siguió oliendo su aroma, enredándose en su cuerpo, aquel olor a campo, a flores, a colores.

La dejó dormir, pero no por mucho tiempo. La despertó con besos en la vulva, mientras volvía a explorar con sus dedos el sitió en donde antes había descubierto mariposas. Martina respondió con fuego en la mirada. Y aquel juego de magia comenzó de nuevo. Ella rodeó al mago con sus piernas, tomó sus brazos y la llevó hasta su boca de donde nacieron besos inagotables que de alguna forma siempre habían permanecido ocultos en sus labios, pero que ahora sólo tenían un rumbo, un dueño, un universo. Volvieron a amarse sin prisa, una y otra vez. Martina contenía el llanto, contenía su cuerpo porque pensaba que sólo así podría hacer eterno aquello. Y entonces suplicó por un milagro.

Pero el milagro era tenerlo. El cansancio de años de Martina se convirtió en deseo sin agotar, como agua en manantiales. Rasguñó su espalda mientras él besaba su cuello. Brotaban gotas de su cuerpo que se cristalizaban en piedras preciosas que luego Martina recolectaba a manos llenas cuando se daban tiempo. Ya no podía fugarse o esconderse, lo único que podía hacer era perderse y así lo hizo.

Un día de tantos, cuando volvió la primavera, la llevó hasta el río. Descubrió su cuerpo y la dejó bañarse en la cascada. La miraba a lo lejos envuelto en un encantamiento que brotaba de los ojos de ella. Entonces se acercó para besarla y acariciar su cuerpo como lo hacía el agua al caer lentamente. Eran tan sutiles sus dedos que Martina no podía distinguirlos de entre las gotas de rocío. Se entretuvo rodeando con sus uñas un lunar que el mago tenía abajo del pecho. Él la volteó. Besó su espalda tibia pintando líneas entre las pecas de su piel y la tomó de nuevo, agachándola para tirar de su cabello. Luego se fue para mirarla a lo lejos mientras ella seguía bañando aquel cuerpo que ya no era suyo.

Así transcurrieron los días y las noches. Volvió el otoño. No tuvieron descanso o no quisieron. Él se metió tan dentro que no alcanzó a comprender que Martina ya no poseía su cuerpo sino que intentaba tocar su alma con sus besos. Cada noche en que ella recorrió con su lengua el cuerpo de su amante, tomó su cintura, tocó la piel de su pecho o rozó con sus uñas los tibios labios de su dueño, intentó por un instante congelar el tiempo, impedir que se fuera, inmortalizar el sueño.

Pero ella sabía que el mago pronto debía irse. Podía notarlo en el brillo de sus ojos de sol. Sin anunciarlo nunca, Martina supo cuándo sería ese día, lo que nunca alcanzó a imaginar fue cuánto le dolería perderlo y cuan sinuoso sería el camino de retorno a San Martín del mar, después de despedirlo en un abrazo.

La última noche que el prestidigitador estuvo con Martina, también le hizo magia. Pasó sus dedos sobre su rostro dulce y sintió cómo le renacía el deseo, tomó su mano y la llevó a su sexo, mientras le musitaba, “nada fue mentira, ni esto”. Sentía tanta pasión como si viniera de una larga abstinencia y tuvo la impresión de pasar de una vigilia a otra más intensa y vívida donde el tacto y la vista se habían agudizado al grado de producirle un placer que casi le arrancaba las lágrimas. Ella le dijo, “hazme el amor por última vez” y aunque debía irse, lo que sentía por Martina lo llevó a tomarla una vez más. Un mismo ritmo volvió a medir el tiempo de ambos sumiéndolos en una densa posesión.

Mientras se amaban, el cuerpo del mago comenzó a hacer magia. De sus ojos brotaron las estrellas que Martina traía enredadas en su pelo la noche que regresó. De sus manos manaron gaviotas que surcaban el mar que salía de sus besos. Sus piernas se tornaron en cenzontles que imitaban su voz, de su pecho salieron catarinas y pronto, todo su cuerpo se desvaneció.

Era tan vívido el recuerdo de Martina que mientras hablaba yo tenía la impresión de que el prestidigitador, aún estaba en su cuerpo.

Antes de irse en pedazos le dijo “seguiré haciéndote magia, aunque esté lejos”. Martina siguió escuchando estas palabras, quién sabe por cuánto tiempo, mientras luchaba por regresar a la cordura.

Al final todo fue parte de un hechizo encantador que la había llevado a la locura.

"Ella escribía las canciones que las libélulas bailaban... que las libélulas cantaban cuando querían enamorar..."

*Ah Kin significa sol en maya.

Para unos ojos de sol, cuya luz, siempre me advirtió el peligro de perderme en ellos.

Transmutación


Estoy en un lugar oscuro. Hace unos días construí mi casa. Me quedaré aquí una temporada, cubierta del sol y del frío. Sin sentir la vida, dormida, sin latir; tan sólo esperando. Creo que aún no tengo claro lo que hago aquí, pero mi instinto me ha obligado a detener un momento en el tiempo, dentro, porque afuera corre vida. Un fuerza superior me mueve a permanecer inmóvil y una fe constante recorre mi pequeño cuerpo y me augura un futuro hermoso, libre, luminoso, colorido. Soy crisálida a punto de ser MaRiposa.

Podría


Podría comer la luz de tus ojos,
perderme en tu mirada de sol,
unirme a tu voz y tus caricias
y de esta manera
permanecer en ti
el resto de mis días.

Podría olvidar el tiempo
quizá las circunstancias,
dormir en una cama tibia
y labrar un mundo inexistente
que tú crearás con tu mágia.

Podría morir ahí,
morir en ti
y renacer cada día entre tus brazos.
Besar tu alma,
acariciar tu espíritu
Y aún con eso, ¿me preguntas
qué sucedería si te quedaras?

Podría volverme el perfume que respiras,
los sueños que anhelas,
la alegría de tu vida.
Podrías, entonces ser aquello
que he deseado desde niña.

Pero si no te fueras
las líneas de mi vida
no tendrían estas palabras
que hoy existen porque
no puedo con la pena.

Podría... podríamos perdernos, amarnos,
hacer eterno lo nuestro, pero...

Hoy que tu rostro se desdibuja de mi mente,
lo que no puedo hacer es buscarte
en mis recuerdos, porque dueles.

Eres una hoja que se llevó el viento
en estos malditos días de otoño
y aún así, te quiero.

Absurdos


Hace unos días me preguntaron que era lo más absurdo que había hecho en la vida. No supe que contestar. Hoy vino a mí una idea: lo más absurdo que he hecho ha sido enamorarme. Pero no por ser malo. Piénsenlo bien. Enamorarse es absurdo porque es comenzar un camino sin retorno. Algo así como entrar a una carrera en la que hay que correr junto a otro. Rápido en ocasiones, a veces lento. Apretando el paso, disminuyéndolo, pero nunca parando y todo esto se debe hacer en la misma sincronía, al mismo ritmo que el otro.

Y es una carrera de obstáculos porque siempre habrá algo que intente impedir que sigan el camino juntos y hay que saltar, quitar de enmedio lo que nos cierra el paso, esquivar lo que venga. Siempre juntos y corriendo.

Pero lo más absurdo de esta carrera radica en que su importancia ¡no es la meta, sino disfrutar el camino!

Respondiendo a mis preguntas filosóficas de lo últimos tiempos...

¿A qué sabe el amor?
A besos, a una combinación de sabores, colores y palabras que comienzan en la boca y explotan en la mente. Algo así como cuando Ratatoulle disfruta el placer de la comida.

¿Y la pasión?
A la más exquisita selección de chocolates que hay que disfrutar en cada mordida (aunque se acaben) y saborear en la boca mientras se diluyen lentamente.

Mi aventura Vo2Max

El sábado nos entregaron los uniformes del equipo. Lo confieso, ¡yo sí estaba emocionada! La entrega, además, concluyó con la toma de una foto en donde estamos todos: los súper corredores, los maratonistas, los siempre ganadores en su categoría, los novatos, los que tenemos poco pero le echamos ganas… vamos, estamos todos, todos los corredores Vo2Max, incluyendo a nuestro súper entrenador.

Con la playera


Mi aventura con Vo2Max comenzó en enero de este año. Por insistencia de José Luis acudí a un entrenamiento en el parque Naucalli y me gustó. Luego fui a uno de sus entrenamientos de distancia y simplemente me enamoré del grupo. Era por todo: unos locos que disfrutaban correr tanto como yo, un buen ambiente fraternal y la grandiosa experiencia de correr en un bosque.

Con la sudadera


Vamos, para mí era mágico porque estaba con personas que corrían y me sentía parte de un grupo. En Vo2Max ya no escuchaba el clásico “si sigues corriendo así te acabarás las rodillas”. Aquí todos, grandes y chicos corremos porque nos gusta, porque es nuestro hobbie y nadie se ha acabado las rodillas. Era como estar entre personas que entendían por qué me levanto a correr 10k todos los días, sentirme parte de y dejar de ser el bicho raro.


Así es que los últimos 9 meses de mi vida he convivido cada 8 días con puros corredores y de todas las edades. Los sábados, los veo en la pista de atletismo de la FES Iztacala y los domingos nos vemos en punto de las 6 30 afuera del parque Naucalli para emprender el camino hacia la Pila, el Ocotal, el Desierto de los Leones, C.U., el Autódromo o, en su defecto una competencia en la que siempre alguno del grupo se sube al podium.


Sin más, estoy agradecida con el grupo por recibirme, por dejarme correr a su lado, por darme tips y ánimos en las carreras, por verlos pasar cuando yo apenas voy, por el relajo, las bromas, los chistes, la convivencia, la buen vibra, el trabajo en equipo (sí, aunque no lo crean, se puede correr en equipo), pero sobretodo por ser mi familia Vo2Max, por sentirme cobijada y feliz cada fin de semana de estos 9 meses que espero se conviertan en muchos años.

¡¡Este es mi uniforme!!


Y como dice Adrián: Orgullosamente Vo2Max.


Por cierto, si se preguntan de dónde viene el nombre, Vo2Max es la capacidad aeróbica total que tiene una persona.

Esos locos que corren


Esos locos que corren Yo los conozco. Los he visto muchas veces. Son raros. Algunos salen temprano a la mañana y se empeñan en ganarle al sol. Otros se insolan al mediodía, se cansan a la tarde o intentan que no los atropelle un camión por la noche. Están locos. En verano corren, trotan, transpiran, se deshidratan y finalmente se cansan... sólo para disfrutar del descanso. En invierno se tapan, se abrigan, se quejan, se enfrían, se resfrían y dejan que la lluvia les moje la cara. Yo los he visto. Pasan rápido por la rambla, despacio entre los árboles, serpentean caminos de tierra, trepan cuestas empedradas, trotan en la banquina de una carretera perdida, esquivan olas en la playa, cruzan puentes de madera, pisan hojas secas, suben cerros, saltan charcos, atraviesan parques, se molestan con los autos que no frenan, disparan de un perro y corren, corren y corren. Escuchan música que acompaña el ritmo de sus piernas, escuchan a los horneros y a las gaviotas, escuchan sus latidos y su propia respiración, miran hacia delante, miran sus pies, huelen el viento que pasó por los eucaliptos, la brisa que salió de los naranjos, respiran el aire que llega de los pinos y entreparan cuando pasan frente a los jazmines.

Yo los he visto. No están bien de la cabeza. Usan championes con aire y zapatillas de marca, corren descalzos o gastan calzados. Traspiran camisetas, calzan gorras y miden una y otra vez su propio tiempo. Están tratando de ganarle a alguien. Trotan con el cuerpo flojo, pasan a la del perro blanco, pican después de la columna, buscan una canilla para refrescarse... y siguen. Se inscriben en todas las carreras... pero no ganan ninguna. Empiezan a correrla en la noche anterior, sueñan que trotan y a la mañana se levantan como niños en Día de Reyes. Han preparado la ropa que descansa sobre una silla, como lo hacían en su infancia en víspera de vacaciones. El día antes de la carrera comen pastas y no toman alcohol, pero se premian con descaro y con asado apenas termina la competencia. Nunca pude calcularles la edad pero seguramente tienen entre 15 y 85 años. Son hombres y mujeres.

No están bien. Se anotan en carreras de ocho o diez kilómetros y antes de empezar saben que no podrán ganar aunque falten todos los demás. Estrenan ansiedad en cada salida y unos minutos antes de la largada necesitan ir al baño. Ajustan su cronómetro y tratan de ubicar a los cuatro o cinco a los que hay que ganarles. Son sus referencias de carrera: 'Cinco que corren parecido a mí'. Ganarle a uno solo de ellos será suficiente para dormir a la noche con una sonrisa. Disfrutan cuando pasan a otro corredor... pero lo alientan, le dicen que falta poco y le piden que no afloje. Preguntan por el puesto de hidratación y se enojan porque no aparece. Están locos, ellos saben que en sus casas tienen el agua que quieran, sin esperar que se la entregue un niño que levanta un vaso cuando pasan. Se quejan del sol que los mata o de la lluvia que no los deja ver. Están mal, ellos saben que allí cerca está la sombra de un sauce o el resguardo de un alero. No las preparan... pero tienen todas las excusas para el momento en que llegan a la meta. No las preparan...son parte de ellos.

El viento en contra, no corría una gota de aire, el calzado nuevo, el circuito mal medido, los que largan caminando adelante y no te dejan pasar, el cumpleaños que fuimos anoche, la llaga en el pie derecho de la costura de la media nueva, la rodilla que me volvió a traicionar, arranqué demasiado rápido, no dieron agua, al llegar iba a picar pero no quise. Disfrutan al largar, disfrutan al correr y cuando llegan disfrutan de levantar los brazos porque dicen que lo han conseguido. ¡Qué ganaron una vez más! No se dieron cuenta de que apenas si perdieron con un centenar o un millar de personas... pero insisten con que volvieron a ganar. Son raros. Se inventan una meta en cada carrera. Se ganan a sí mismos, a los que insisten en mirarlos desde la vereda, a los que los miran por televisión y a los que ni siquiera saben que hay locos que corren. Les tiemblan las manos cuando se pinchan la ropa al colocarse el número, simplemente por que no están bien.

Los he visto pasar. Les duelen las piernas, se acalambran, les cuesta respirar, tienen puntadas en el costado... pero siguen. A medida que avanzan en la carrera los músculos sufren más y más, la cara se les desfigura, la transpiración corre por sus caras, las puntadas empiezan a repetirse y dos kilómetros antes de la llegada comienzan a preguntarse que están haciendo allí. ¿Por qué no ser uno de los cuerdos que aplauden desde la vereda? Están locos. Yo los conozco bien. Cuando llegan se abrazan de su mujer o de su esposo que disimulan a puro amor la transpiración en su cara y en su cuerpo. Los esperan sus hijos y hasta algún nieto o algún abuelo les pega un grito solidario cuando atraviesan la meta. Llevan un cartel en la frente que apaga y prende que dice 'Llegué –Tarea Cumplida'. Apenas llegan toman agua y se mojan la cabeza, se tiran en el pasto a reponerse pero se paran enseguida porque lo saludan los que llegaron antes. Se vuelven a tirar y otra vez se paran porque van a saludar a los que llegan después que ellos. Intentan tirar una pared con las dos manos, suben su pierna desde el tobillo, abrazan a otro loco que llega más transpirado que ellos.

Los he visto muchas veces. Están mal de la cabeza. Miran con cariño y sin lástima al que llega diez minutos después, respetan al último y al penúltimo porque dicen que son respetados por el primero y por el segundo. Disfrutan de los aplausos aunque vengan cerrando la marcha ganándole solamente a la ambulancia o al tipo de la moto. Se agrupan por equipos y viajan 200 kilómetros para correr 10. Compran todas las fotos que les sacan y no advierten que son iguales a las de la carrera anterior. Cuelgan sus medallas en lugares de la casa en que la visita pueda verlas y tengan que preguntar. Están mal. -Esta es del mes pasado- dicen tratando de usar su tono más humilde. –Esta es la primera que gané- dicen omitiendo informar que esa se la entregaban a todos, incluyendo al que llegaba último y al inspector de tránsito. Dos días después de la carrera ya están tempranito saltando charcos, subiendo cordones, braceando rítmicamente, saludando ciclistas, golpeando las palmas de las manos de los colegas que se cruzan. Dicen que pocas personas por estos tiempos son capaces de estar solos -consigo mismo- una hora por día.

Dicen que los pescadores, los nadadores y algunos más. Dicen que la gente no se banca tanto silencio. Dicen que ellos lo disfrutan. Dicen que proyectan y hacen balances, que se arrepienten y se congratulan, se cuestionan, preparan sus días mientras corren y conversan sin miedos con ellos mismos. Dicen que el resto busca excusas para estar siempre acompañado. Están mal de la cabeza. Yo los he visto. Algunos solo caminan... pero un día... cuando nadie los mira, se animan y trotan un poquito. En unos meses empezarán a transformarse y quedarán tan locos como ellos. Estiran, se miran, giran, respiran, suspiran y se tiran. Pican, frenan y vuelven a picar. Me parece que quieren ganarle a la muerte. Ellos dicen que quieren ganarle a la vida. Están completamente locos.

Marciano Durán

Escritor Uruguayo

Se ha producido un error en este gadget.

Soy una mujer en construcción

Seguidores

Buscar este blog