Perfume de gardenias



Entramos en la cantina aquella noche de estrellas fugaces. Martina ya iba embriagada de euforia después de haber pasado la tarde jugueteando en el río. Se paseó contoneándose entre las mesas, mezclando su tibio perfume entre el humo de los cigarrillos, congelando en el tiempo, las fichas de dominó que se disparaban hasta proyectarse en las mesas. Un silencio abismal se percibió en el aire mientras todos miraban sus piernas morenas que pronto pararían en la barra. Entonces todo comenzó a tomar su forma habitual. El cantinero se apresuró a poner delante suyo la cerveza que, como cada noche, tomaría Martina. Entonces ella empezó a reír a carcajadas y mientras le acariciaba la cara, le dijo:

--Eres el hombre de mi vida, José, porque tú me sirves los tragos.

Pasamos largo rato en territorio enemigo. Aún en estos tiempos no alcanzo a comprender cómo fue que los hombres del pueblo aceptaron que nosotras entráramos a sus dominios. Éramos las únicas mujeres de San Martín del mar que podíamos jactarnos de embriagarnos en aquel tugurio, entre interminables fichas de dominó.

Martina odiaba ese juego. Siempre decía que no entendía como un montón de piececitas marcadas con bolas negras podía despertar tal pasión en los hombres, incluso más que unas piernas abiertas. Por eso no jugábamos. Nos entreteníamos bebiendo y mirando cómo las apuestas corrían y se cobraban a balazos por ahí de las tres de la mañana. También nos gustaba gastarnos las monedas en la máquina de música que José había mandado comprar sólo por no oírnos cantar cuando ya estábamos ebrias y también para ver como se contoneaba Martina cuando empezaba a bailar.

Ese 23 de abril, bebimos todas guiadas por una sed inmensa. Hacía tiempo que en el pueblo, un calor desértico se apoderaba de las calles. Sudábamos apenas amanecía y nos dormíamos entre olas de mar. Pero ni ese calor era comparable con el fuego que corría por las venas de Martina, mucho menos aquella noche. Habíamos bebido mucho, tanto que no nos importaba comenzar a bailar entre los jugadores borrachos.

Martina, fue la primera en separarse del grupo. Yo me quedé en la barra mirando cómo se descalzaba para estar más cómoda e invitar a José a contonearse al ritmo de cualquier pieza musical. Marcela estaba igual que ella, ya casi sin poderse mantenerse en pie. Las partidas de dominó se terminaban sin mayor trifulca y los apostadores pagaban la cuenta para irse en paz. Sólo José y yo seguíamos sobrios.

La música se abalanzaba sobre las piernas firmes de Martina, quien se dejaba llevar por el ritmo impuesto de José. Bailamos una tras otra hasta que le cansancio nos lanzó sobre las mesas. María fue la primera en pedir que nos fuéramos, pero antes de marcharnos, Mariel echó una moneda en aquella máquina de música y entonces, comenzó a sonar la canción que Martina no olvidaría jamás.

Nunca la había escuchado. Así que cuando sonaron los primeros acordes, Martina permaneció parada junto a José hasta que Mariel se acercó y le dijo:

--Es perfume de gardenias y tienes que bailarla esta noche si no quieres traerte mala suerte.

Martina entonces tomó la mano de José y lo lanzó hasta el centro del tugurio, luego rodeó su cuello con sus abrazos largos y empezó a moverse al compás de aquella melodía. José la tomó de la cintura y empezó a musitar cerca de sus oídos, la letra de esa vieja canción.

Embelesada, Martina se dejó llevar por las palabras que José pronunciaba, rimas que nunca dejarían de sonar como un eco en su cabeza… Perfume de gardenias tiene tu boca, tu risa es una rima de alegres notas, se mueven tus cabellos cual ondas en el mar.

La miré. Su boca se entreabría cada vez que José cantaba y sus ojos comenzaban a perderse entre las sensaciones que le producían los dedos de aquel hombre jugueteando entre la tela de su vestido. Supe entonces que esa noche, Martina no se iría con nosotras.

Salimos de la cantina aún cuando la música no terminaba, y comenzamos a escuchar los gemidos de Martina. José ya exploraba con sus manos las curvas de aquella que mujer de quien había pasado la mitad de su vida, perdidamente enamorado. Ella bailaba al compás del perfume ya sin el vestido a cuestas.

La tomó de la cintura y la subió a la barra. Su lengua trepo por sus pies hasta llegar a sus caderas. Entonces Martina abrió sus piernas como alas de mariposa y José besó sus labios, metió su lengua, acarició su pequeño capullo como si se tratara de una flor pequeña y delicada. Hurgó su entrepierna con los dedos húmedos y mordió sus muslos morenos. Estaba enloquecido. Incorporó a Martina y besó sus senos lentamente, uno a uno. Su legua lamía sus pezones, mientras sus dedos penetraban su carne.

Entonces, Martina tiró las copas que aún se encontraban servidas y se recostó apaciblemente en la madera fría. José subió encima suyo tocando su piel almendrada con sus manos nerviosas. Desató su cinturón y Martina comenzó una lucha cuerpo a cuerpo hasta que logró quitar su pantalón, luego abrió sus piernas para recibirlo y besó sus hombros y sus descomunales brazos.

Se besaron como si el tiempo transcurriera rápido. Martina se entretenía lamiendo sus labios suavemente, intentando meter su lengua entre su boca y acariciar por partes sus encías. Sus cuerpos se mecían tan rápido que la madera de la barra comenzó a desquebrajarse. La pasión de José había pasado tento tiempo escondida que disfrutó a Martina como a un vino my fino. Ella acariciaba su espalda y sus piernas conteniendo un grito que no alcanzaba a terminar.

José no dejaba de tararearle la canción y Martina se encendía como las hogueras. Cada compás, cada palabra la encendía mucho más y su mente se repartía entre seguir sintiendo y seguir escuchando las frases de aquella canción. A lo lejos, escuchaba la voz de José que le pedía que fuera suya nada más y en aquel momento quería atraparlo entre sus piernas antes de que la melodía se le perdiera entre sus pensamientos. Perfume de gardenias tiene tu boca, bellísimos destellos de luz en tu mirar...

Por fin, Martina se dejó llevar por la súplica de aquel hombre enamorado. Sin dejar de moverse estalló en un grito sordo que ahuyentó a los lobos del bosque e hizo que las aves se marcharan como si el invierno estuviese cerca. Yo podía oírla hasta mi casa, sin parar y hasta creí poder mirar como si José se le trepaba encima y la hacía sentir como nunca antes.

Martiana seguía moviéndose con los ojos fijos en el rostro de José, que aún musitaba esa canción, la melodía que prendía a Martina en cadena como cuando de niñas hacíamos una fila de polvóra. Y así, tal como encendíamos los cohetes de la feria, Martina terminó por encender con su calor la barra, las sillas, las botellas de alcohol que estallaban igual que ella lo había hecho tan sólo hacía un momento.

La cantina ardía en llamas para ese entonces. José estalló dentro de las piernas de Martina y calló muerto a un lado de la barra. Entonces, al sentirse atrapada en el calor que ella misma había provocado, Martina salió huyendo entre los maderos que caían del techo. Todo se incendiaba sin remedio, pero la rocola aún tocaba los últimos acordes de aquella canción que Martina no podría olvidar jamás… Perfume de gardenias tiene tu boca, perfume de gardenias, perfume del amor…

Llegó a mi casa oliendo a licor quemado, mientras los hombres tratababan de mitigar el fuego que amenazaba con extenderse. La acosté sobre mi cama y la dejé desnuda, pues sentía tanto calor que no podía cubrirse con ninguna ropa. Se quedó así por días: embelesada, repitiendo una a una las frases de aquella canción que sólo había escuchado una vez. Sus manos acariciaban el aire como queriendo atrapar algo mientras cantaba siempre la última rima: perfume de gardenias, perfume del amor.

Fue entonces que comprendí que el perfume de Martina era efímero, como ese amor que a ella, se les escapaba entre las manos...

Para Sel, quien después de decirme aquel 14 de febrero “tienes que bailar perfume de gardenias en el Milán” trajo a mí la idea de escribir esta nueva andanza de Martina, que hoy, después de tantos meses, he podido terminar.

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