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¿Dónde estás, Martina?

¡Mataron a Martina! fue el grito que despertó al pueblo, seguido del sonido de los cascos del hombre a caballo. ¡Mataron a Martina! se escuchó retumbar dentro de mi cabeza. Me paré, encendí la luz y salí como todo el pueblo al encuentro de aquel hombre que gritaba frenético.

Lo vi cruzar el camino empedrado desde el inicio de San Martín del Mar hasta la última casucha. Le llamamos, pero no detuvo su marcha y entonces aquella frase, comenzó a viajar por mi sangre de la cabeza al corazón: ¡Mataron a Martina!.

Iniciamos la búsqueda de su cuerpo. Yo estaba segura que ella regresaría como siempre, a contarme su andanza a mi casa. Había transcurrido ya tanto tiempo que nadie creía que estuviera viva, ni ella misma, pero no podíamos creer que la hubieran matado.

Buscamos en el bosque. María no la había visto. Buscamos en la cabaña de las mariposas, pero no, era imposible que volviera porque aquel lugar le traía malos recuerdos. Los perros siberianos buscaron también. Olfatearon su rastro, pero ya estaba perdido. Martina tenía tanto tiempo de haberse marchado que nadie pensaba que estuviera viva, pero tampoco nadie pensaba que estuviera muerta.

La búsqueda de su cuerpo se alargó por días. Cansados, algunos volvieron hacia el pueblo, convencidos de que era verdad lo que habían gritado a al entrada del pueblo. Yo seguí buscando entre la hierba a Martina, después de todo ¿qué otra cosa en el mundo me recordaba que yo estaba viva? Ella no podía haber muerto porque entonces, habría muerto mi alma.

Al cabo del tiempo, me quedé sola. Sola como cuando ella se iba a vivir la aventura, pero ahora sin la certeza de que volvería. ¿Dónde estás, Martina?, ¿Por qué te mataron?

La carta astral


Cuando él nació, las estrellas se alinearon caprichosamente formando figuras que nadie en el pueblo había visto nunca, ni las adivinas. La madre de María solía decir que aquella era una noche importante y lo contaba siempre como si se tratara del presagio de las malas horas.

Ninguna de nosotras había nacido aún, ni Martina, pero los dichos de la gente sobre ese suceso acompañaban la historia de San Martín del mar. Incluso María, años después, heredara del poder ancestral de su familia, no dejaba de asociar aquella noche de estrellas difusas con el destino de Martina quien años después, en su nacimiento, había provocado la misma extraña alineación astral.

Todos creíamos en esa vieja leyenda, menos Martina, quien reía cada vez que alguien llegaba a su tienda para decirle que pronto vendría el día en que cumpliera su destino. De alguna forma ella pensaba que su vida empezaba y terminaba en San Martín del mar, aunque una fuerza inagotable la llamara a abandonar los límites del pueblo.

En cambio, todas nosotras pensábamos que el calor que emanaba de su cuerpo y el fuego que la hacía escapar meses enteros, tenía que ver con esas estrellas que habían aparecido en el pueblo tan sólo dos veces en la vida.

Nuestras sospechas se hicieron más fuertes cuando en una de esas noches en casa de María, a las afueras del pueblo, las cartas de Martina anunciaron que llegaría alguien de muy lejos guiado por su calor y el olor a campo de su piel. Y días después, en pleno medio día las nubes se volvieron rosas y el cielo se pintó de un color pardo que pronto que se convirtió en noche y dejó escapar las estrellas fugaces de aquellas madrugadas de presagio.

Martina comenzó a creer lo que se decía, cuando esa noche duró por tres días y todos en el pueblo se encerraron esperando lo que sucedería. Cuando por fin salió el sol, nadie se sorprendió de encontrar cien hombres a caballo intentando asentar su campamento justo en el atrio de la catedral. Era como si todo San Martín del mar supiera que aquello ocurriría tarde o temprano. Así que salieron a ofrecer comida y agua a los recién llegados.

También yo salí a ver a los revolucionarios y al conocer al líder, supe de inmediato lo que lo había llevado a descubrir un pueblo que casi era un fantasma. Martina y su fuego ardiente lo atraían hasta aquí. Anastacio, que así se llamaba, había abandonado el campo de batalla en medio de una contienda, guiado sólo por el instinto de cumplir una misión que no conocía y que nadie le había dicho nunca porque había sido dictada por una fuerza superior justo el día en que había venido al mundo. Y arrastrando a todo galope a su tropa, había llegado al pueblo sin conocer el camino.

Cuando Martina regresó de la floresta, después de recoger las flores que cada mañana llevaba a su casa, supo que todo lo que le habían dicho desde niña, era verdad y sin desandar sus pasos subió al caballo de ese hombre y juntos emprendieron un camino sin retorno. María los vio pasar, ya sin la ropa a cuestas, mientras cabalgaban por el bosque rumbo a la montaña.

No fue, sino hasta meses después, cuando ella volvió, que supimos lo que había pasado. Me sorprendió verla regresar a pleno rayo del sol, con las flores marchitas en sus mano como si todo aquello no hubiera sucedió nunca.

La acompañé hasta su casa. Colocó las flores moradas como su vestido en el jarrón que había sido de su madre y se sentó en la mecedora con una taza de café en la mano. Me pidió que no la dejara sola y ahí me quedé mirándola por días, esperando me contara lo que había vivido.

Dejaron el caballo en las faldas de la montaña y tomados de la mano, subieron por el monte, entre piedras y nopaleras durante largas semanas hasta que llegaron a la cima y ahí, Martina contempló un mundo desconocido que su mirada no podía abarcar completamente y descubrió que su vida no podía reducirse a los límites de San Martín del mar.

Era tanto su temor y desconcierto que no tardó mucho en esconderse en una pequeña cabaña abandonada y destruida por el pasar del tiempo que se encontraba en el lugar. Era la casa de los abuelos de Anastacio, donde 30 años antes, una extraña alineación estelar los había hecho huir despavoridos.

Anastacio entró después que ella y dejó el fusil cargado junto a la puerta por si algún ruido extraño lo empujaba a salir de nuevo al campo de batalla, pero al mirar a Martina, un insólito embrujo provocó que lo olvidara todo. Desnuda como estaba, con el pelo cayendo hasta su cintura, irradiaba una luminosidad tal que el revolucionario ya no pudo contenerse más y ahí mismo, la tomó.

La delicadeza de su rostro y su cuerpo contrastaban con la lujuria y pasión que salía de sus ojos y que inundaba cada poro de su piel. Era tanta la excitación que sentía aquel hombre por ella que su encuentro era espectacular.

La recostó sobre el suelo con olor a tierra mojada y comenzó, quizá por timidez, a besarle la frente. Pero las llamas ardientes que brotaban del cuerpo de Martina lo obligaron a ir más allá. Besó a Martina en la boca con una furia exquisita y entre sus dedos enredó el largo cabello que ella había dejado crecer durante años. Luego dejó que su mano se abriera, a paso lento, el camino secreto hasta su sexo. Hundió sus dedos en su entrepierna y dejó que Martina subiera a él para juntos mecerse con el viento.

Ella besaba su rostro y acariciaba el pecho y el vientre de su amante, poniendo especial atención en las gotas de agua que salían de sus poros como si aquello fuera por fin el elíxir que calmara su sed y extinguiera su fuego. Pero lo que sentía por él era tan fuerte y tan milenario que crecía dentro de ella las ganas de seguirlo disfrutando.

Paraban y volvían a empezar a amarse. A él le gustaba tomarla por la espalda para poder seguir enredándose en su pelo y luego bajar sus manos hasta su cintura para contener sus movimientos y así alargar el tiempo de sentirla por dentro. Cuando por fin terminaron, Martina no pudo ahogar un grito que una vez que emitió, ahuyentó las aves hacia el pueblo. Luego se recostaron abrazados.

Él se entretenía contando las pecas de su espalda y trazando líneas que lo llevaban de una a otra. Era como si cada una de ellas le revelara algún camino transitado en su pasado que interconectado con la siguiente, formaba su vida futura. Esos pequeños tatuajes creados por la luz solar semejaban las estrellas que habían aparecido en el cielo y que lo habían guiado hasta el cuerpo de fuego de la que ahora era su mujer.

Sus dedos de aguja parecían construir mundos externos al nuestro en donde las estrellas florecían con luz destellante e iban a parar justo en la espalda de Martina. Formaba, en cada caricia dactilar, círculos perfectos y líneas de vida que terminaban siempre en el mismo lugar: el lunar negro de Martina que pendía a un costado de su espalda y que semejaba un planeta del sistema solar.

Tan profunda y enigmáticamente era atraído hacia ese lugar que Anastacio parecía enloquecer y entonces se precipitaba con besos por esos caminos que minutos antes había dibujado con los dedos.

Eran tantas las marcas del sol en la piel de Martina, que por más que el revolucionario se esforzaba, no terminaba de contarlas cada noche sin quedarse dormido y quedaba impelido a volver a comenzar una vez más al día siguiente como si algo se empeñara en que pasara mil lunas acariciando y surcando el universo que la espalda de Martina le dejaba explorar, para luego acariciar todo su cuerpo y hacerla suya una y otra vez sin descansar.

Pronto Martina comenzó a construir un hogar en la mirada de aquel hombre. Los destellos verdes que provenían de su iris la embelesaban cada vez que se prendía de sus pupilas. Ya no pensaba en San Martín del mar y mantenía las flores que había recolectado la mañana en que se había ido, en la almohada del viejo camastro en donde pasaban sus noches de amor.

Un día, mientras hacían el amor, se escucharon los estruendos de la guerra bajo el monte, entonces Anastació despertó del embeleso y tomando el fusil cargado salió hacia la contienda. Martina pensó que regresaría y pasó algunos días postrada en la ventana conteniendo las lágrimas. Pero las lunas pasaron y entonces tomó su vestido y emprendió una búsqueda a la que nadie la acompañó convencida de que aquesu amor yacía en el campo de una batalla perdida.

Tiempo después, recibí una visita inesperada. Un hombre a caballo tocó mi puerta una madrugada. No lo reconocí, llevaba una barba larga y la ropa roída, sus ojos eran dos canicas apagadas y en sus manos había muchas heridas, no supe quien era hasta que preguntó por Martina y entonces comprendí que ya no estaban juntos.

Me contó que había regresado a la cabaña y que en ella no estaba ni el recuerdo de sus caricias. Me preocupé. Martina siempre venía a mí después de vivir sus aventuras y ahora no había rastro en la tierra de su hermosa existencia. Formamos grupos para buscarla en los lugares donde siempre estaba, hasta que los pobladores y la tropa se cansaron de no hallarla.

Pronto la guerra arreció y el coronel Anastacio tuvo que irse de San Martín del mar. El día de su partida me dijo, -nunca podré olvidarme de Martina, ella tiene tatuada en su espalda entre sus pecas y lunares, la carta astral que rige mi porvenir. Ella es mi destino. Y estrellando su cigarro en el suelo, juró que volvería.

Y volvió años después, como lo había hecho Martina, sólo que cuando él llegó ya había arreciado el temporal. Entre la lluvia espesa buscó la casa de Martina que el cerro desgajado ya había sepultado entre lodo y ramas viejas. Su esperanza de volver a verla era tal que se puso a recoger los restos de lo que había sido la tienda del pueblo y sus lágrimas se hacían parte de la tormenta. Yo lo miraba todo desde mi ventana sin atrever a decirle que ella estaba conmigo porque no podía dejarla marchar sin cumplir mi destino.


El prestidigitador


Vino al pueblo en una noche de otoño. Su caravana hacía tanto ruido que todos despertamos sobresaltados. Rugidos de animales que no conocíamos convertían el apacible entorno de San Martín del mar en un carnaval de primavera. Los caballos estrellaban sus cascos sobre las calles empedradas creando una música seductora que nos hacía seguirlos como sonámbulos. Al frente de aquel extraño tropel iba un hombre rodeado de magia.

Lo seguimos encantados como las ratas del cuento del flautista de Hamelín. Cruzamos el pueblo de Este a Oeste mientras se unían a nosotros cada vez más pobladores. Se detuvo a las afueras como si conociera el camino, como si siempre hubiera sabido a donde se dirigía. Entonces, bajó del caballo envuelto en un resplandor que no puedo describir. Era embrujo.

Martina permaneció extasiada junto a mí mientras lo veía saltar de su caballo. Aún con una multitud que parecía esconderla, el mago no apartó la mirada del cuerpo de Martina y luego se dirigió exactamente a sus ojos. Se pegó a sus pupilas. Entonces ella se abrió paso empujándolos a todos hasta quedar justo frente a él.

Su luminosidad la envolvió al punto tal que no pudo escuchar, sentir o ver nada más. El mago se presentó:

-Soy Ah Kin. Haré que sus más profundas ilusiones se conviertan en una realidad y envolviéndose en su capa, desapareció. Todo el pueblo se fundió en un solo eco de confusión y asombro.

Pronto, el mago salió de entre la multitud que le abrió paso hasta Martina a quien le entregó una piedra rosada que despedía destellos de colores verdes y marrones.
Atraerá todo hacía ti, todo lo que desees y tendrás que conservarla hasta que yo regrese.

El pueblo entero explotó en aplausos y entonces, toda su comitiva bajó de los carros y comenzaron a construir una carpa gigante en donde toda clase de animales salvajes y hombres raros montaron un espectáculo increíble que divirtió a la gente durante largas semanas.

Pero Martina se tornó intranquila. El fuego que la quemaba por dentro parecía arder con mayor facilidad cuando contemplaba aquella piedra rosa y en su mente sólo aparecía una idea: el prestidigitador, capaz de cubrir todo con su magia, capaz de volver los sueños realidad.

La caravana estaba por partir cuando Martina se presentó ante el mago. Llevaba el vestido blanco que guardaba para las ocasiones especiales. Sus hermosas piernas contrastaban con su vestimenta y a través de la tela, el mago podía ver el contorno de aquel cuerpo de fuego. Pero de alguna forma, además de su mirada, el perfume de Martina parecía atraerlo magnéticamente. Yo podía observar cómo la magia crecía mientras estaban juntos y ella perdía la confianza en sí misma mientras más se adentraba a los ojos de sol del prestidigitador.

La tomó por la cintura y besó sus labios, entonces tomados de la mano se perdieron entre abrazos. Yo les perdí de vista. Supe entonces que Martina se iría por largo tiempo, antes de que algo la hiciera regresar. Pero la caravana partió sin el líder y en aquel momento creí que nunca la volvería a ver.

Mi idea creció conforme pasó el tiempo. Las noches se volvieron días y los días meses de ausencia. Pero después de un largo adiós, ella volvió como siempre hasta mi casa, a mediados de noviembre, en la misma fecha en que el mago había aparecido, 365 días después.

La miré. Traía a cuestas un dolor profundo clavado en los ojos y una incertidumbre que le robó el sueño durante largas noches. Despertaba sobresaltada en la madrugada envuelta en llanto, confundida del día que vivía, extrañada de mí y de todo aquello que antes formaba parte de su realidad.

Parecía continuar envuelta en sueños que de alguna manera trasmutaban a pesadillas. No lloraba, no, pero algo había en su cuerpo que me hacía pensar que ella sufría.
Yo acariciaba su pelo y le cantaba las canciones de cuna que su madre musitaba para ella cuando la quería dormir. Después preparaba con hierbas y miel un té que Martina tomaba para poder dormir. Quería hablarme, contarme, pero aún se le entrecortaba la voz entre sollozos y yo no podía escucharla sufrir de esa manera, así que curé su fiebre y la hice guardar reposo hasta que un día despertó y las palabras atoradas en su mente fluyeron como manantiales.

La magia del prestidigitador congeló el tiempo en la mente de Martina, quien no recordaba cuándo se había ido, a dónde la había llevado, cuánto tiempo había tardado en regresar. Sólo sabía que un día había despertado en los brazos ardientes de aquel mago, en un lugar distinto y frío que sólo podía enfebrecer con sus besos.

Se amaron, sin tiempo o durante tanto tiempo que la memoria de Martina no podía recordar. Sólo tenía presente momentos inagotables que parecían volver a cuentagotas. Eran como archivos secretos que parecían abrirse apenas ella se asomaba por la ventana.
Ventanas mágicas que a través de las dimensiones, el mago parecía abrir enigmáticamente para que yo escuchara y construyera, años después, para Martiana.

Me contó todo a escalas durante noches amargas, quizá tantas como las que había pasado con él y después, un día sin más, terminamos de armar el acertijo de su mente y el relato comenzó otra vez…

Era una noche fría en algún lugar que ella no recordaba o no reconocía. Él encendió la chimenea y con ella ardieron sus ojos. Martina jugueteaba cerca como las libélulas en primavera. El calor del fuego ahuyentó el frío en su cuerpo. Fue entonces cuando sus manos construyeron campos de flores sobre el rostro del mago. Lo besó. Él respondió a sus caricias quitándole el vestido y conquistando su espalda. Soltó su cabello y la acostó sobre la alfombra blanca que cubría la habitación. Recorrió cada espacio de piel con las yemas de sus dedos y luego con su boca.

De sus cuerpos desnudos brotaban chispas que iban a parar hasta la leña ardiente. El sortilegio comenzó cuando el mago descubrió sus pechos. Sus dedos astutos hicieron que de sus pezones brotaran libélulas azules que llenaron el cuarto. Luego descubrió su vientre y adentrándose más, sospechó del río que manaba de entre sus piernas. Las suaves caricias de aquel hombre penetraron campos inertes de hace tiempo y con palabras suaves que musitaba al oído, brotaron de las piernas de Martina mariposas. Estaba enloquecida. Fue entonces cuando suavemente se adentró a su cuerpo. Se recostó sobre ella y revolviendo los rizos de su pelo, se fundió con Martina en un manso vaivén que pronto se convirtió en tornado.

Juntos eran uno. Los besos del mago se precipitaban en la piel de Martina como estrellas fugaces. Era un mundo allá dentro cayendo a pedazos. Luciérnagas indiscretas miraban el festín por la ventana y Martina lloraba, lloraba porque no era suyo.

No había tiempo para terminar de amarlo. Lo tomó por la espalda y subió en él. Meció su cuerpo impetuoso sobre el mago y llevó sus manos hasta su cintura. Le gustaba mirar cómo él la miraba pero cerró sus ojos cuando aquella pasión no pudo contenerse. Terminaron los dos en un abrazo, mientras el fuego se achicaba en aquella chimenea. La cobijó. Siguió oliendo su aroma, enredándose en su cuerpo, aquel olor a campo, a flores, a colores.

La dejó dormir, pero no por mucho tiempo. La despertó con besos en la vulva, mientras volvía a explorar con sus dedos el sitió en donde antes había descubierto mariposas. Martina respondió con fuego en la mirada. Y aquel juego de magia comenzó de nuevo. Ella rodeó al mago con sus piernas, tomó sus brazos y la llevó hasta su boca de donde nacieron besos inagotables que de alguna forma siempre habían permanecido ocultos en sus labios, pero que ahora sólo tenían un rumbo, un dueño, un universo. Volvieron a amarse sin prisa, una y otra vez. Martina contenía el llanto, contenía su cuerpo porque pensaba que sólo así podría hacer eterno aquello. Y entonces suplicó por un milagro.

Pero el milagro era tenerlo. El cansancio de años de Martina se convirtió en deseo sin agotar, como agua en manantiales. Rasguñó su espalda mientras él besaba su cuello. Brotaban gotas de su cuerpo que se cristalizaban en piedras preciosas que luego Martina recolectaba a manos llenas cuando se daban tiempo. Ya no podía fugarse o esconderse, lo único que podía hacer era perderse y así lo hizo.

Un día de tantos, cuando volvió la primavera, la llevó hasta el río. Descubrió su cuerpo y la dejó bañarse en la cascada. La miraba a lo lejos envuelto en un encantamiento que brotaba de los ojos de ella. Entonces se acercó para besarla y acariciar su cuerpo como lo hacía el agua al caer lentamente. Eran tan sutiles sus dedos que Martina no podía distinguirlos de entre las gotas de rocío. Se entretuvo rodeando con sus uñas un lunar que el mago tenía abajo del pecho. Él la volteó. Besó su espalda tibia pintando líneas entre las pecas de su piel y la tomó de nuevo, agachándola para tirar de su cabello. Luego se fue para mirarla a lo lejos mientras ella seguía bañando aquel cuerpo que ya no era suyo.

Así transcurrieron los días y las noches. Volvió el otoño. No tuvieron descanso o no quisieron. Él se metió tan dentro que no alcanzó a comprender que Martina ya no poseía su cuerpo sino que intentaba tocar su alma con sus besos. Cada noche en que ella recorrió con su lengua el cuerpo de su amante, tomó su cintura, tocó la piel de su pecho o rozó con sus uñas los tibios labios de su dueño, intentó por un instante congelar el tiempo, impedir que se fuera, inmortalizar el sueño.

Pero ella sabía que el mago pronto debía irse. Podía notarlo en el brillo de sus ojos de sol. Sin anunciarlo nunca, Martina supo cuándo sería ese día, lo que nunca alcanzó a imaginar fue cuánto le dolería perderlo y cuan sinuoso sería el camino de retorno a San Martín del mar, después de despedirlo en un abrazo.

La última noche que el prestidigitador estuvo con Martina, también le hizo magia. Pasó sus dedos sobre su rostro dulce y sintió cómo le renacía el deseo, tomó su mano y la llevó a su sexo, mientras le musitaba, “nada fue mentira, ni esto”. Sentía tanta pasión como si viniera de una larga abstinencia y tuvo la impresión de pasar de una vigilia a otra más intensa y vívida donde el tacto y la vista se habían agudizado al grado de producirle un placer que casi le arrancaba las lágrimas. Ella le dijo, “hazme el amor por última vez” y aunque debía irse, lo que sentía por Martina lo llevó a tomarla una vez más. Un mismo ritmo volvió a medir el tiempo de ambos sumiéndolos en una densa posesión.

Mientras se amaban, el cuerpo del mago comenzó a hacer magia. De sus ojos brotaron las estrellas que Martina traía enredadas en su pelo la noche que regresó. De sus manos manaron gaviotas que surcaban el mar que salía de sus besos. Sus piernas se tornaron en cenzontles que imitaban su voz, de su pecho salieron catarinas y pronto, todo su cuerpo se desvaneció.

Era tan vívido el recuerdo de Martina que mientras hablaba yo tenía la impresión de que el prestidigitador, aún estaba en su cuerpo.

Antes de irse en pedazos le dijo “seguiré haciéndote magia, aunque esté lejos”. Martina siguió escuchando estas palabras, quién sabe por cuánto tiempo, mientras luchaba por regresar a la cordura.

Al final todo fue parte de un hechizo encantador que la había llevado a la locura.

"Ella escribía las canciones que las libélulas bailaban... que las libélulas cantaban cuando querían enamorar..."

*Ah Kin significa sol en maya.

Para unos ojos de sol, cuya luz, siempre me advirtió el peligro de perderme en ellos.

Perfume de gardenias



Entramos en la cantina aquella noche de estrellas fugaces. Martina ya iba embriagada de euforia después de haber pasado la tarde jugueteando en el río. Se paseó contoneándose entre las mesas, mezclando su tibio perfume entre el humo de los cigarrillos, congelando en el tiempo, las fichas de dominó que se disparaban hasta proyectarse en las mesas. Un silencio abismal se percibió en el aire mientras todos miraban sus piernas morenas que pronto pararían en la barra. Entonces todo comenzó a tomar su forma habitual. El cantinero se apresuró a poner delante suyo la cerveza que, como cada noche, tomaría Martina. Entonces ella empezó a reír a carcajadas y mientras le acariciaba la cara, le dijo:

--Eres el hombre de mi vida, José, porque tú me sirves los tragos.

Pasamos largo rato en territorio enemigo. Aún en estos tiempos no alcanzo a comprender cómo fue que los hombres del pueblo aceptaron que nosotras entráramos a sus dominios. Éramos las únicas mujeres de San Martín del mar que podíamos jactarnos de embriagarnos en aquel tugurio, entre interminables fichas de dominó.

Martina odiaba ese juego. Siempre decía que no entendía como un montón de piececitas marcadas con bolas negras podía despertar tal pasión en los hombres, incluso más que unas piernas abiertas. Por eso no jugábamos. Nos entreteníamos bebiendo y mirando cómo las apuestas corrían y se cobraban a balazos por ahí de las tres de la mañana. También nos gustaba gastarnos las monedas en la máquina de música que José había mandado comprar sólo por no oírnos cantar cuando ya estábamos ebrias y también para ver como se contoneaba Martina cuando empezaba a bailar.

Ese 23 de abril, bebimos todas guiadas por una sed inmensa. Hacía tiempo que en el pueblo, un calor desértico se apoderaba de las calles. Sudábamos apenas amanecía y nos dormíamos entre olas de mar. Pero ni ese calor era comparable con el fuego que corría por las venas de Martina, mucho menos aquella noche. Habíamos bebido mucho, tanto que no nos importaba comenzar a bailar entre los jugadores borrachos.

Martina, fue la primera en separarse del grupo. Yo me quedé en la barra mirando cómo se descalzaba para estar más cómoda e invitar a José a contonearse al ritmo de cualquier pieza musical. Marcela estaba igual que ella, ya casi sin poderse mantenerse en pie. Las partidas de dominó se terminaban sin mayor trifulca y los apostadores pagaban la cuenta para irse en paz. Sólo José y yo seguíamos sobrios.

La música se abalanzaba sobre las piernas firmes de Martina, quien se dejaba llevar por el ritmo impuesto de José. Bailamos una tras otra hasta que le cansancio nos lanzó sobre las mesas. María fue la primera en pedir que nos fuéramos, pero antes de marcharnos, Mariel echó una moneda en aquella máquina de música y entonces, comenzó a sonar la canción que Martina no olvidaría jamás.

Nunca la había escuchado. Así que cuando sonaron los primeros acordes, Martina permaneció parada junto a José hasta que Mariel se acercó y le dijo:

--Es perfume de gardenias y tienes que bailarla esta noche si no quieres traerte mala suerte.

Martina entonces tomó la mano de José y lo lanzó hasta el centro del tugurio, luego rodeó su cuello con sus abrazos largos y empezó a moverse al compás de aquella melodía. José la tomó de la cintura y empezó a musitar cerca de sus oídos, la letra de esa vieja canción.

Embelesada, Martina se dejó llevar por las palabras que José pronunciaba, rimas que nunca dejarían de sonar como un eco en su cabeza… Perfume de gardenias tiene tu boca, tu risa es una rima de alegres notas, se mueven tus cabellos cual ondas en el mar.

La miré. Su boca se entreabría cada vez que José cantaba y sus ojos comenzaban a perderse entre las sensaciones que le producían los dedos de aquel hombre jugueteando entre la tela de su vestido. Supe entonces que esa noche, Martina no se iría con nosotras.

Salimos de la cantina aún cuando la música no terminaba, y comenzamos a escuchar los gemidos de Martina. José ya exploraba con sus manos las curvas de aquella que mujer de quien había pasado la mitad de su vida, perdidamente enamorado. Ella bailaba al compás del perfume ya sin el vestido a cuestas.

La tomó de la cintura y la subió a la barra. Su lengua trepo por sus pies hasta llegar a sus caderas. Entonces Martina abrió sus piernas como alas de mariposa y José besó sus labios, metió su lengua, acarició su pequeño capullo como si se tratara de una flor pequeña y delicada. Hurgó su entrepierna con los dedos húmedos y mordió sus muslos morenos. Estaba enloquecido. Incorporó a Martina y besó sus senos lentamente, uno a uno. Su legua lamía sus pezones, mientras sus dedos penetraban su carne.

Entonces, Martina tiró las copas que aún se encontraban servidas y se recostó apaciblemente en la madera fría. José subió encima suyo tocando su piel almendrada con sus manos nerviosas. Desató su cinturón y Martina comenzó una lucha cuerpo a cuerpo hasta que logró quitar su pantalón, luego abrió sus piernas para recibirlo y besó sus hombros y sus descomunales brazos.

Se besaron como si el tiempo transcurriera rápido. Martina se entretenía lamiendo sus labios suavemente, intentando meter su lengua entre su boca y acariciar por partes sus encías. Sus cuerpos se mecían tan rápido que la madera de la barra comenzó a desquebrajarse. La pasión de José había pasado tento tiempo escondida que disfrutó a Martina como a un vino my fino. Ella acariciaba su espalda y sus piernas conteniendo un grito que no alcanzaba a terminar.

José no dejaba de tararearle la canción y Martina se encendía como las hogueras. Cada compás, cada palabra la encendía mucho más y su mente se repartía entre seguir sintiendo y seguir escuchando las frases de aquella canción. A lo lejos, escuchaba la voz de José que le pedía que fuera suya nada más y en aquel momento quería atraparlo entre sus piernas antes de que la melodía se le perdiera entre sus pensamientos. Perfume de gardenias tiene tu boca, bellísimos destellos de luz en tu mirar...

Por fin, Martina se dejó llevar por la súplica de aquel hombre enamorado. Sin dejar de moverse estalló en un grito sordo que ahuyentó a los lobos del bosque e hizo que las aves se marcharan como si el invierno estuviese cerca. Yo podía oírla hasta mi casa, sin parar y hasta creí poder mirar como si José se le trepaba encima y la hacía sentir como nunca antes.

Martiana seguía moviéndose con los ojos fijos en el rostro de José, que aún musitaba esa canción, la melodía que prendía a Martina en cadena como cuando de niñas hacíamos una fila de polvóra. Y así, tal como encendíamos los cohetes de la feria, Martina terminó por encender con su calor la barra, las sillas, las botellas de alcohol que estallaban igual que ella lo había hecho tan sólo hacía un momento.

La cantina ardía en llamas para ese entonces. José estalló dentro de las piernas de Martina y calló muerto a un lado de la barra. Entonces, al sentirse atrapada en el calor que ella misma había provocado, Martina salió huyendo entre los maderos que caían del techo. Todo se incendiaba sin remedio, pero la rocola aún tocaba los últimos acordes de aquella canción que Martina no podría olvidar jamás… Perfume de gardenias tiene tu boca, perfume de gardenias, perfume del amor…

Llegó a mi casa oliendo a licor quemado, mientras los hombres tratababan de mitigar el fuego que amenazaba con extenderse. La acosté sobre mi cama y la dejé desnuda, pues sentía tanto calor que no podía cubrirse con ninguna ropa. Se quedó así por días: embelesada, repitiendo una a una las frases de aquella canción que sólo había escuchado una vez. Sus manos acariciaban el aire como queriendo atrapar algo mientras cantaba siempre la última rima: perfume de gardenias, perfume del amor.

Fue entonces que comprendí que el perfume de Martina era efímero, como ese amor que a ella, se les escapaba entre las manos...

Para Sel, quien después de decirme aquel 14 de febrero “tienes que bailar perfume de gardenias en el Milán” trajo a mí la idea de escribir esta nueva andanza de Martina, que hoy, después de tantos meses, he podido terminar.

El forastero


Llegó al pueblo una noche helada. Iba acompañado de dos enormes perros siberianos de ojos espantosamente claros. Nadie lo había visto nunca. Caminaba encorvado, con los pasos cansados y la mirada escondida tras un sombrero negro. Veíamos su andar sin atrevernos a acercarnos porque sus fieras rabiosas ladraban y mordían al aire haciendo la invitación a mantenernos lejos.

Era el forastero más extraño que hubiese llegado al pueblo. Recorrió cada calle hasta dar con la tienda de Martina. Entró, encendió un cigarro y después de dar la primera bocanada se quitó el sombrero y la miró. Ella dejó caer la caja de galletas que tenía en la mano, como si hubiera visto a alguien que esperara de hace años. Salieron juntos sin decir palabra mientras eran seguidos por los perros.

Caminaron hacia el bosque y se perdieron durante días. En el pueblo empezó a correr el rumor de que habían muerto, pero no podía ser cierto, Martina conocía mejor que nadie cada sendero, aun aquellos que estaban alejados. Yo la esperé cada noche al filo de la puerta de mi casa, hasta que un día la miré volver como alguien que había corrido el mundo entero.

Su rostro era como el de un muerto que ha regresado a la vida. Sus ojos habían palidecido y temblaba más de miedo que de frío.

Entre palabras cortadas me contó que se lo había llevado a la casita que descubrimos cuando aún éramos unas niñas. Era un lugar mágico, lleno de flores que crecían mirando al sol y por las noches se cerraban en capullos como de mariposas.

Martina amaba a esos insectos. Un día la descubrí corriendo como niña tras un montón de esas flores voladoras, por eso aquella choza se había convertido en su lugar secreto. Jamás entendí porque se había llevado al forastero a lo que ella había llamado “su refugio”, pero después de su relato comprendí por qué jamás había vuelto.

Fueron días en que sopló el viento. Martina gozaba paseando desnuda cuando el aire jugaba con esa violencia porque decía que era como si un ser invisible se metiera en sus muslos. Aquel forastero también acariciaba su piel almendrada con el filo de sus dedos. Tuvieron noches intensas. La última que pasaron juntos era la que ella recordaba.

Después de la cena se acostaron abrazados. Martina, se divertía rozando sus pies contra los de él y entonces sus brazos se extendían como las alas de las aves en primavera y lo acariciaba por debajo de las ropas. Sedienta, comenzó a besarlo y él se dejaba amar como si también la quisiera. Luego subió en sus piernas duras acercándose para mirar su cara. Aquel hombre se entretenía tratando de desatar los listones rosas del vestido que, por fin, se había puesto.

Se tocaron como ciegos en la habitación oscura. Él recorrió sus piernas y jugueteó entre ellas. Separaba sus labios con los dedos y luego se daba tiempo para besarle la boca. Martina lamía sus mejillas como secando una herida y luego se iba bajando hasta llegar a su pecho.

Subió en él para mirar su rostro y ayudarlo a encontrar el camino a su interior, pero de alguna forma, Martina sentía dolor cuando lo amaba. Tomó sus manos y las llevó a sus pechos, que él acariciaba como a frutas maduras. Podía sentirlo dentro de sí misma e intentaba atraparlo cerrando sus piernas.

La miraba a los ojos, pero no estaba con ella. Martina sollozaba entre dolor y gozo y se recargaba en su pecho para arañarlo. El viento azotó las puertas e irrumpió como el agua de un río que busca su cauce y lejos de apagar el fuego entre esos dos, encendía las llamas de su sexo.

Paraban y seguían, siempre mirándose a los ojos. Pasaron la noche amándose hasta que quedaron cansados. En la madrugada, él la penetró poseyó de nuevo. El calor de ambos encendió un fuego que corrió hacia el bosque. Las llamas que consumían los árboles más jóvenes eran más débiles que las que emanaban de ella. Sus gritos eran los de un animal herido de muerte.

De pronto, el forastero encendió un cigarro y, tras sacar el humo por sus tibios labios, se lo ofreció a Martina. Nunca antes había fumado. Sintió cómo aquel humo que salía de su garganta la quemaba por dentro. Luego él apagó esa vara encendida entre en sus muslos y Martina, que nunca había llorado, derramó algunas lágrimas.

Aquello continuó por horas. Él encendía un cigarro y lo azotaba brutalmente en los pechos, las manos, el vientre y el cabello negro como noche de Martina. Ella lloraba en silencio, pero permanecía. Afuera, los perros caminaban en círculos y aullaban a cada grito de Martina. Lo que sentía ya era dolor.

Le ardía la piel. Los agujeros de cada cigarrillo tenían un color verdoso, aunque todavía emanaban sangre. El olor era a carne quemada como cuando ponían a los pollos a asarse en la fiesta del pueblo. Cada cigarro había quemado más allá de la piel dorada de Martina y cada poro lloraba con su alma.

Esa mañana llovió. Martina, que había permanecido con los brazos enredados en sus piernas, escuchó las gotas chocando en las ventanas. Entonces, tomó su vestido y salió corriendo por la pradera en la que las flores ya no eran mariposas.

Llegó a mi casa como ola embravecida. Llevaba a cuestas más de cuarenta quemaduras y un silencio apagado en la mirada. Yo acaricié suavemente cada herida. Eran círculos perfectos y profundos como aquel dolor que Martina no había conocido nunca.

Lloró en mis brazos durante horas enteras y el cielo parecía estar con ella, porque dejó de llover cuando por fin cayó dormida. Salí a buscar al forastero, sabía que regresaría embravecido como una tormenta. Lo hallé corriendo, casi desnudo, por casa de Marcela. Se azotaba en las puertas y recogía los pedazos de su ropa podrida. Era como un alma en pena. Sus perros hambrientos lo perseguían como a una presa. Le arrancaban la ropa y, con ella, trozos de carne fresca que devoraban hambrientos. Escapaba, pero volvían a alcanzarlo.

Exhausto, dejó de correr y se echó gritando de dolor y de rabia cerca de la alcaldía. Cubrió su cara con los brazos, pero aquellas bestias ladraban y se le iban encima, mordían, arrancaban y engullían su carne como si se tratara de un festín. Dejaron apenas unos cuantos restos.

Me acerqué temblando como en las noches frías. El forastero era entonces apenas un montón de pellejos y huesos malolientes. Había un charco de sangre alrededor suyo y las huellas de finas patas pintadas carmesí. Lo miré con terror. Le habían arrancado los ojos y las uñas y aún caminaban en círculos moviendo lo que quedaba con sus hocicos rojos. Lamían su pelaje y luego me miraban.

Quise volver mis pasos a donde estaba Martina y borrar de mi mente lo que había presenciado ante el impactante silencio del pueblo. Pronto advertí que los siberianos me seguían, agachando sus colas y con sus miradas mansas. Me detuve y entonces se echaron a mis pies.
Los llevé para la casa. Tenían sed y bebieron agua a borbotones. Martina los miraba como quien despierta de un mal sueño, pero sin el temor de haber sobrevivido. En cambio, los siberianos la contemplaban y lloraban.

Fue entonces cuando le dio por fumar. Encendía los cigarros lentamente y disfrutaba cada bocanada como si aquello le diese un placer infinito. Era un deleite observarla sacar el humo y aspirar de nuevo mientras cerraba los ojos y juntaba las piernas en un movimiento como de danza clásica. Cuando terminaba su ritual, intentaba apagar las colillas en su cuerpo, pero los perros comenzaban a saltar a su alrededor hasta que lograban quitárselas, luego, se echaban a sus pies como bestias que regresan a su verdadero dueño.

Ámbar


Ámbar era el color de sus ojos y también de su aura. María lo descubrió un día, cuando salíamos de la casa de Martina. Entonces, un amor meloso comenzó a treparle por los pies como las serpientes venenosas que nos encontrábamos en el río, cuando nos bañábamos todas juntas.

-No te enamores- le dije. Pero María ya tenía sus propios planes, su propia vida, su propio destino y su fatal desenlace. Yo, por mi parte, sólo sabía que aquello era un mal augurio.

Era un tipo anómalo. Llevaba a cuestas un silencio ancestral guardado en la mirada profunda y el color chocolate de su piel brillosa. Atraía a María como un magneto gigante del pocas cosas podían escaparse.

Fue entonces cuando comenzamos a tener esas reuniones nocturnas, que Martina llamaba graciosamente “nuestras brujerías”. María colocaba velas alrededor nuestro, de tal forma que simulaban un círculo perfecto, vasos con aguas cristalinas de las grutas del pueblo y luego encendía aromas traídos del medio oriente. Terminaba situando platos repletos de galletas dulces para que los malos espíritus se entretuvieran con ellas y no se apoderaran de nuestras almas.

Entonces, después de untarse el ombligo con manteca de gato, comenzaba la lectura de la baraja que le había regalado su abuela. Los vaticinios para cada una no se hacían esperar: sueños, anhelos y desgracias, pero de todas, la que más le dolía a María, era saber que ese hombre nunca sería suyo y aún así amarlo con esa pasión tormentosa.

También se nos hizo común salir en las noches de luna llena o buena luna, como las bautizó Mariel, para que el llanto de María fluyera por sus ojos encantados de serpientes, pero ella sólo atinaba a pedirle a la vieja canica blanquecina, suerte para atraer el ámbar.

Logró llamar su atención una tarde en la nevería, cuando por no dejar de verlo perdió el control de sus movimientos y dejó caer al piso el helado de limón. Tan absorta estaba que no logró distinguir el instante en el que él tomó su mano para sacarla del ensueño. Era como si aquel hombre descomunal de tatuajes resaltados por el sol, hubiera sido capaz de propinarle un hechizo de amor imposible de revertir. María era suya mucho antes de haberlo sido, con la misma alegría de antaño, que era su mejor cualidad.

El rostro absorto y la mirada fantástica quedaron prendidas en su cara por dos finos alfileres. Días pasaron en que nuestra amiga, sólo podía distinguir un color en las cosas… ese amarillo resina como los colguijes que me había traído mi papá cuando era chica, de aquel viaje por le selva. Enferma sin remedio y con la angustiosa necedad de hacerlo suyo, María encendió sus pechos aún vírgenes y se decidió a conquistarlo.

Esa terquedad la arruinó por completo. Se casaron un domingo en la misa de ocho y dos horas después, el pueblo entero los echó a palos, mientras yo repartía las bolsitas del arroz que teníamos que arrojar cuando ella se quitara el velo y proyectara hacia arriba el ramo que alguna inocente mujer solterona atraparía al vuelo. La tacharon de bruja, de haber conseguido su amor con los ardides del demonio.

En medio de una furia monstruosa, se marcharon. Yo podía ver aún la manita de María agitarse en señal de despedida mientras la sacaban a empujones y su vestido blanco se teñía del barro del camino. No lloró, ni aquella vez, ni nunca.

Su entereza la llevó a adueñarse de la vieja casa que estaba en el corazón del bosque, muy cerca de la última luz del cortijo. Aquella primera noche, la que había esperado sonrojada ante los cuentos de Martina, se sucedió de pronto.

Nunca se habían dicho una palabra y esa noche parecía que se conocían de años luz atrás. Se miraron fijamente y él comenzó a desvestirla con violencia, la arrojó sobre el lecho y pasó sus dedos tibios por sus inexploradas curvas. Besó su cuello blanco como luz y se entretuvo rizando con sus dedos su cabello. Tocó sus diminutos pechos, prestando especial atención en sus pezones húmedos con sus besos. Ella lo amó también: acarició sus labios con los dedos y rasgó con la lengua su espalda, sus nalgas y sus piernas.

La hizo suya violentamente. María abrió los ojos poblados de espanto y dejó escapar un grito ensordecedor de su boca. Con su mano, él tapó sus gemidos y siguió meciendo sus cuerpos, un poco más fuerte cada vez. Su cuerpo era como una espada que atravesaba a María y cada vez él la embestía con mayor fuerza mientras su entrepierna sangraba.

Podía sentir el calor del pecho y los latidos estrepitosos del corazón de aquel hombre, como si fuera la máquina de un ferrocarril a punto de descarrilarse. Sentía dolor en el alma. Era como si uno de aquellos espíritus que ahuyentábamos con galletitas lo poseyera.

Los gritos de María huyeron por el bosque hasta el pueblo. Sentíamos vibrar hasta las hojas muertas del otoño y un terror pavoroso se apoderó de todos. La pareja se perdió en el bosque como robados por dimensiones desconocidas, nadie sabía de ellos pero de vez en vez oíamos a María aullar como animal herido.

Una noche la sorprendimos a la luz de las velas con la baraja en la mano y desde entonces, seguimos manteniendo el contacto de nuestras reuniones nocturnas en pos del futuro. Ya no era la misma. Martina fue la primera en notar su prematura vejez, como si un fantasma habitara su cuerpo apagándola poco a poco.

Se había vuelto loca por amor o por aquel hechizo que le entregó a Juan, aún cuando no la quisiera. Las noches de violencia terminaban siempre con la lectura de cartas. María se fugaba pretendiendo un futuro. Fue ella quien predijo aquel temporal, y el destino de todas, años antes de que supiéramos en lo que nos convertiríamos.

La noche del temporal, Juan también salió a buscar a Fermín. Regresó cobijado por la buena luna. Entonces, María tomó el cuchillo con el que partía la carne de la cena y enfurecida se lo encajó a su amante. Loca de rabia antigua pensaba que aquel arma no podía penetrar la piel tatuada por los años, entonces sacaba el cuchillo y lo volvía a empuñar mientras le besaba la frente y jugueteaba con su sexo. Era como hacerle el amor la primera vez. Siete veces alzó el cuchillo y siete veces lo encajó en el vientre de Juan, como siete eran las veces que él la violaba cada noche.

Enloquecida, huyó hasta la plaza del pueblo en medio de la tormenta. El agua enjugaba su cuerpo lleno de sangre y semen y sus gritos eran apenas murmullos acallados por el tronar del viento, por eso nadie salió a su auxilio cuando corría frente a la catedral. Ahí la encontró Mariel, con las manos llenas de sangre y aún con el cuchillo a cuestas. Se detuvo a mirarla y se quedó junto a ella, escuchando cómo se desgajaba el cerro.

Yo estaba tras la ventana viéndolo todo. Era el testigo del destino muerto de todas esas mujeres que cariñosamente he llamado amigas. Volví mis pasos hacia la sala donde estaba Martina, fue cuando comprendí que aquello que decían las cartas estaba a punto de echársenos encima.

Veneno


Celebrábamos la fiesta anual del pueblo. Martina caminaba por la feria como buscando algo, yo la observa en su andar sin que ella sospechara que la perseguía. Se veía mejor que nunca, llevaba un vestido azul como aquel mar al que habíamos ido en el verano, cuando aquel calor inagotable había empezado por quemarle las venas. Sus cálidos hombros iban al descubierto, igual que sus piernas como de yegua y olía como a fresca mañana, a agua de río apacible. No sólo yo la observaba: robaba las miradas encendidas de los hombres que la deseaban como a una joya muy hermosa.

Teníamos 15 años. Martina bebió tres garrafas de pulque como si se tratara de agua refrescante, pero aún así tenía mucha sed, por eso aceptaba los tragos de todo aquel que estirara la mano para darle. Y después se volvían locos al probar del vaso que sus labios habían acariciado.
Pero ella posó los ojos en aquel hombre de mirada dulce. Y así como yo la seguía, ella no dejó de verlo en toda la noche. Él se acercó de pronto, ya cuando el alcohol se había acabado. Nadie estaba en pie, excepto nosotros tres. La tomó por la cintura y sin decir palabra se la llevó hacia el campo.

Aquella fue la primera vez que no llegó a su casa, pero nadie salió a buscarla. Justo cuando el gallo cantaba, Martina tocó mi ventana y me pidió mentir por ella. Enloquecida le dije que me contara lo que había pasado y cerramos el trato por el cual yo me enteré de todas esas noches que no pasó en mis brazos.

-Me acarició las tetas- comenzó por decirme. Y siguió el relato con aquella sonrisa y la mirada perdida: Me pidió que me quitara el vestido, pero yo no quería. Tomó mis manos y lo arrancó de tajo, luego besó mi cintura, mi vientre y mis caderas. Yo estaba enloquecida. Me mordía los hombros y lo senos y en lugar de apagarme, encendía mi sexo por completo. Jugamos así unos instantes y luego nos acostamos junto al árbol del columpio. Me besaba como poseído por demonios.

Me metió los dedos entre las piernas. Nunca había sentido un calor semejante, pero me gustaba que jugara ahí dentro. Yo le gritaba que me diera más y él lo hacía, no por mi. Más y más calor subía de entre mis piernas a mi cabeza y yo gemía sin control.

Tomó mi mano con furia y la llevó hasta su sexo que crecía como las enredaderas. Quería aplazar el momento de tenerlos entre mis piernas. Un miedo pavoroso recorría mi cuerpo, pero deseaba mucho que me cogiera.

Me la metió poco a poco. Mi vulva se abrió como las florecitas blancas de la casa de María, en primavera. Pensé que nunca dejaría de entrar hasta que sentí cómo salía y entraba cada vez con mayor fuerza. Sólo pensaba en eso, hasta que sentí su lengua penetrar en mi boca. Nos besamos mucho tiempo.

Sentía su sexo más grande cada vez y escuchaba pendiente los sonidos que salían de su boca, entre más los hacía, me volvía más loca. Ya no era el hombre de la mirada dulce. Pero sus ojos seguían hablándome. Me concentré en su cara. Sus ojos se abrían y cerraban. Gozaba cogiendo conmigo.

Paró por un instante. Me miró y me dijo: te voy a coger más duro. Tomó mi cabello y jaló mi cabeza hacia atrás. Comenzó a morderme el cuello y luego bajó hasta mis senos. Los chupó como animal hambriento y luego jaló mis pezones entre sus dientes.

Me pidió que le dijera lo que sentía y yo le describí cada vez que me la metía. Lo besé más y más: en el cuello, en el pecho y las orejas, luego me subí y seguí moviéndome de arriba abajo, tratando de encerrarlo entre mis piernas. Me dijo: coges bien rico y yo seguí sin parar hasta que quedé sin aliento. No quería que aquello terminara y me aferré a su hombro con las uñas.

La noche se hizo corta. Desperté entre los árboles, con frío y sentí sus abrazos cobijarme. Lo miré dormir un rato. Hasta que abrió esos lindos ojos capaces de contar historias. Lo dejé ahí, tirado sobre el pasto húmedo.

Vine corriendo antes que amaneciera. Antes que comenzara de nuevo y ya no pudiera escaparme.

Yo miraba a Martina contarme toda esa historia mientras temblaba desnuda frente a mí. Salí del cuarto y calenté un poco de agua. La metí en la tina como a un animal herido. Limpié la sangre de su cuerpo, la que había dejado la boca de aquel hombre. La curé. Le di el vestido amarillo que siempre me había pedido y la mandé para su casa.

Esa noche, en el bosque, encontraron a un hombre enfurecido. Yo salí con los demás para mirar cómo le prendían fuego en la plaza del pueblo. No lo reconocía. Estaba vuelto loco. Parecía una bestia rabosa. Sólo pude mirar aquellos hermosos ojos, desorbitados por la furia. Ardió como leña vieja, pero su calor ya venía desde dentro.

Nunca olvidaré su mirada de infierno, como advertencia de lo que vendría. Martina lloró por él junto a la venta. Fue entonces que comprendí que ella era un veneno con sutil fragancia y que el remedio vendría cuando se apagara su fuego.

Por una noche de ti

Así lo contaba Martina y es que esa mujer no tenía empacho en reunirnos a todas y hablar de sus andanzas. Yo la admiraba porque dentro de toda aquella magia, Martina sentía todo y lo hacía como nadie y yo sólo alcanzaba a imaginarme que sería de mí si tuviera la locura de ella. Pero no sucedió.

Eran los tiempos en que pensar en aquellas cosas era pactar con el demonio y yo no quería pasar la eternidad en un sitio tan caluroso. Martina al contrario, amaba el calor como si ardiera por dentro y así era. Y sólo podía sacarlo en sus nocturnas visitas por la madrugada.

Y no es que fuera fácil, no. Para tener una noche con Martina, se necesitaba haber nacido con estrella y muy pocos lo han hecho, se los aseguro, pero de alguna forma ella siempre encontraba con quien poder saciar la sed que le provocaba tanto calor y luego venía a contarnos, ante nuestras miradas turbadas, todas las cosas que hacía y que nadie de nosotras se atrevía a probar.

Lo cierto es que, aunque nunca nos decía el nombre de sus amantes, todas podíamos adivinarlo a la mañana siguiente al verlo pasar, porque el extraño encanto de Martina terminaba por volverlos locos, como caballos asustados sin poder dejar de correr.

Yo recuerdo cada noche de Martina mejor que nadie, incluso que ella misma, porque venía a mi casa a contarme ya casi a las seis de la mañana, para que a todos les diera por pensar que la noche la pasaba conmigo, como si no todo el pueblo supiera que era insaciable. Pero de todas esas noches, recuerdo una en que llegó oliendo a flores, flores del campo de múltiples colores. Yo le dije, Martina, no te vayas pal río, pero ese olor era de ella, lo traía impregnado en la piel. Entonces me di cuenta de que estaba enamorada y que a partir de ese día, el calor de Martina ya no sería de nadie más.

Del nombre de él, ya ni me acuerdo, porque ese sí me lo dijo y fue el único hombre que no enloqueció por ella. Y a Martina se le iba la vida nomás por saber de él. Y entonces, como aquella fue la única noche que pasaron juntos, Martina se conformaba con contarme una y otra vez aquello que hicieron que nunca había hecho y que no volvería a repetir.

Es así como sé que aquel hombre alto la tomó por la espalda y le desató el vestido, sin que Martina lograra darse cuenta a pesar de que el sexo le latía como un corazón desbordado. Entonces comenzó a meter su mano entre la tela, hasta dar con sus senos semidesnudos, calientes, con los pezones duros de placer. Y a Martina se le iba el tiempo en tratar de besarlo y encantarlo con el olor de su boca y mientras recorría su cuello encendido, Martina intentaba quitarle la ropa.

Su amante furtivo luchaba contra sus piernas, sin quitarle el vestido y aún con la ropa puesta, entonces la besó profundamente mientras jugaba con su pelo largo y mojado y las manos se le multiplicaban como peces, mientras la llevaba danzando hasta la cama. Y sin quitarle el vestido, él tocaba su espalda, mientras Martina no podía dejar de gritar.

La lucha se iba así acabando con la noche e irremediablemente terminaron desnudos sobre las cobijas y siguieron amándose en la madrugada. Y entonces Martina se colgó de sus brazos y lo amarró con sus piernas, mientras le suplicaba tenerlo un poco más para no dejarlo ir nunca. Y sus uñas jugaban con los lunares de su espalda y bajaban coquetas hasta encontrarse con sus ingles, sus nalgas y sus piernas. Y se miraban fijamente al compás del movimiento como si fueran hojas sobre las olas plácidas.

Se separaban un poco, pero volvían a unirse y ella lo besaba como nunca había besado a nadie y lo acariciaba suavemente intentando dejar su piel en la memoria de sus dedos y le pedía con súplicas que no olvidara nunca quien lo tocaba así, quien la encendía así. Y lejos, la mañana volvía, pero no querían irse, así que Martina comenzó por rendirse.

La penetró por atrás con furia enloquecida y Martina reía porque tenía más calor que nunca y terminaron sentados, ella enfrente suyo y siguieron amándose, tocándose y besándose pensando que quizá así el tiempo se detendría.

Llegó a casa a las siete, con la mirada perdida y oliendo a muchas flores. Así estuvo durante días y noches enteras, sin poder moverse, tratando sólo de oler su pelo como lo había hecho su amante y acariciando sus senos que aún estaban encendidos y el fuego que le ardía por dentro no podía ser apagado.

Fue cuando llovió en el pueblo. Y tras meses y meses de aquel temporal, comenzamos a creer que no veríamos el sol. Pronto Martina y yo nos quedamos solas, escuchando la lluvia resbalar por el techo. Terminé por pensar que moriríamos ahí, mientras el cerro se desgajaba poco a poco. Creyendo que era el destino, empecé por amar a Martina y se me iba el tiempo en tratar de tocarla como su hombre furtivo. Ella no decía nada ni sentía, quizá ya volaba a los brazos de aquel del que nada sabe y aunque yo amé a Martina como a nadie, segura estoy que nunca se quedó conmigo, porque su mente vagaba por aquella noche de hotel donde había congelado la historia tan sólo por un instante.

Soy una mujer en construcción

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