El deseo del Universo

Cuidado con lo que deseas...
porque se te cumplirá.



Siento como, a través del universo colmado de estrellas, tus manos acarician mis mejillas y tus dedos dibujan tenuemente las formas rizadas de mi pelo.

Siento como tus ojos me buscan entre multitudes de mundos, de galaxias, de años luz y me miro en tus pupilas y te grabo, sin esencia, en mi memoria.

Nos buscamos. Yo te siento cerca y te espero dibujando una leve sonrisa en esta boca, loca de ansias por ya no ser más mía, sino tuya.

Mis abrazos aguardan tus abrazos. Mis lágrimas se estremecen en tu encanto. Me conoces. Te conozco... aún sin encontrarnos, pero sé que me llamas como yo te llamo y camino al encuentro de tu voz sin haberla escuchado...

"Será por una eternidad, sólo con reconocernos"...

Flavio y Mayra


Envuelta en le melancolía le escribió. Era difícil aceptar que aquellas sensaciones que él le había despertado no existirían más. ¿Cómo había podido desvanecerse la magia de aquel encuentro?

No había más que despedirse…

Querido Flavio:

He estado buscando la manera de no perder la magia de tus besos. No la encuentro. Es cierto, nuestro amor sucumbió ante el desgaste de la vida diaria y ya no nos quedó más que el hastío. Aún así, te amo. Pienso que dediqué los últimos meses de mi vida a darte el espacio que necesitabas con la firme intención de que te dieras cuanta de que quizá me amabas. No sucedió. Miles de noches pensé que no me habías dado la oportunidad de demostraste lo que soy y muchas de esas noches me quedé con la frustración de saberte con miedo.

Desconozco las razones de tu adiós porque tampoco las dijiste. Me quedé simplemente esperándote en la banca del parque. Mirando cómo el amor se marchaba. Entiendo que lo nuestro terminó y cuando algo termina, siempre es bueno hacer un balance y devolver aquello que no es nuestro, por ello me di a la tarea de elaborar la siguiente lista con las cosas que yo pienso quedarme y con aquellas que quiero que tú tengas.

Cosas que yo conservaré:

  • La emoción de haber escuchado tu voz al teléfono, la primera vez que hablamos, cuando aún ni siquiera conocía tu rostro.
  • Los nervios que sentí cuando por fin decidimos conocernos y caminé hacia el lugar de nuestro encuentro.
  • El abrazo que nos dimos al mirarnos la primera vez, como si nos conociéramos de otras vidas.
  • Tu mirada puesta sobre mi durante la primera cita.
  • Nuestra larga conversación.
  • La primera película que vimos juntos.
  • Nuestro primer beso son sabor a michelada cubana.
  • La única noche que bailamos juntos.
  • Los nervios que me provocaba estar contigo.
  • La noche que me hiciste el amor por primera vez.
  • Los poemas que me escribías.
  • Tus abrazos.

Cosas que puedes quedarte tú:

  • La primera vez que me dejaste plantada.
  • Todas las veces que no contestaste mis llamadas.
  • Los mensajes con poemas de amor que te envié y no contestaste.
  • Las promesas que no me cumpliste.
  • Las palabras de amor que dijiste sin sentir.
  • Las lágrimas que me tragué cuando supe que estabas con otra.
  • Tu último “luego”.
  • Tu cobardía para no decirme la verdad.

Cuando te sientas preparado, puedes venir por ellas. Yo, por mi parte, prefiero quedarme con lo bueno de ti. Con lo bueno de una persona en quien sembré la semilla de un amor que hacía mucho no sentía por nadie. Con la alegría de la esperanza. La nostalgia de este amor que ya no podrá ser, te la regalo, al fin yo hice todo lo posible por estar en tus brazos.

Sé feliz.

Con amor, Mayra.

Medio Maratón: la experiencia más grandiosa de mi vida


Latía mi corazón a mil por hora. Yo lo notaba, aunque en mi cara había mucha calma. Ya a punto de entrar a la línea de salida puse a funcionar mi medidor de ritmo cardiaco: 225 pulsaciones por minuto. “No puede ser” pensé, algo debe estar mal. Respiré profundo, estaba a punto de correr 21 kilómetros.

Volví a accionar mi monitor “si no me calmo, voy a tronar”, me dije, y agité mis manos para despedirme de Sandy y de Efraín, el esposo de Cindy. Ibamos juntos Karen, Fher, Pepe Sandy, Cindy y yo, el Equipo Termita (los chicos con los que voy a la bici). Entramos a la plancha del Zócalo mientras se oía una banda de guerra y entonces calmada o no, no había más que hacer, sólo correr.

Equipo "Termitas"

Pasé el tapete de salida y accioné el cronómetro. Ahora estaba enfrentándome a un reto enorme que yo había elegido: salir del zócalo y regresar a él después de haber cubierto una distancia exacta de 21 kilómetros 95 metros, corriendo.

Perdí de vista a todos, menos a Keren y a Fher y traté de seguir su paso. Era tanta la gente que había que correr en zigzag para alcanzarlos, entonces pensé que si seguía así, terminaría corriendo una distancia más larga, a un ritmo que no era el mío y quizá tronaría sin cumplir mi meta. Me calmé y tomé la decisión de seguir mi propio paso, al final este reto era conmigo misma. Iba a probar mi cuerpo: la entereza de mis piernas, la capacidad de mi corazón y mis pulmones, la fuerza de mis brazos; pero también, esta experiencia era para probar mi mente, mi fuerza interior, la capacidad de mi espíritu.

Crucé la Lagunilla cuando comenzaban a poner los puestos y la poca gente que estaba miraba a los corredores como si fuéramos bichos raros. Salí del Centro y corrí por calles que no conocía. No importaba, mi mente estaba fija en la sensación de correr sobre el pavimento de mi ciudad. Escuchaba la música que pasé semanas seleccionando y cada rola me ponía los sentidos más alerta. Cuando pasé le primer punto de hidratación no lo podía creer, había corrido 2.5 kilómetros sin haberme dado cuenta.

Pensaba en los consejos de José Luis: “ve a tu paso, marca un ritmo y no bajes ni subas de intensidad” Alcé la mirada, a lo lejos El Caballito, estábamos cerca de Reforma y apenas eran los primeros kilómetros. La ruta continuó por el Monumento a la Revolución y luego cruzamos la Glorieta de Colón. Yo seguía con la mente fija en mi carrera, en mis emociones, en mi reto. Luego noté cómo ya las calles me eran conocidas, estaba cruzando los viejos caminos de mi antiguo trabajo.

Unos metros más y ya estaba en Avenida Chapultepec, entonces comenzaron a aparecer del otro lado de la avenida, los corredores que ya iban de regreso. El primero un mexicano, seguido de un keniano. Las porras de los corredores no se hicieron esperar: “vamos México, vamos”. Se me enchinó la piel, estaba emocionadísima, estaba viendo hombres muy rápidos que habían cubierto una distancia en la mitad del tiempo en que lo haría yo. Me acercaba peligrosamente a los 10 kilómetros, la distancia más larga que había corrido.

Entonces me enfrenté a la primer subida de la carrera. Las subidas me matan y sin embargo, esta la enfrenté y vencí sin problemas, al final de la cuesta estaba otro punto de hidratación, el siguiente estaría en el kilómetro 12. Me sentía bien así que tomé la decisión de guardar mi gel de glucosa, aún tenía pilla para seguir. Tomé agua y continué hacia el Ángel. Corrimos hasta Chapultepec y cruzamos el bosque, ahí comencé a cansarme y a desear tomar agua, me estaba deshidratando. Llegué al siguiente punto de abastecimiento, aún dentro del bosque y decidí tomar el gel y un poco de agua. Había ya corredores que estaban desertando, yo seguí, traía otra vez la pila al 100.

Salí de Chapultepec ante los gritos de apoyo de algunas personas y ya afuera, los desertores seguían apareciendo. Yo no dejaba de repetirme a mí misma “no llegaste hasta acá para caminar”. Ya no podía dejar de correr, la adrenalina llenaba mi mente, estaba feliz, radiante, me sentía increíble, emocionada. Correr era absolutamente todo lo que podía hacer y también era absolutamente todo lo que quería hacer.

La ruta continuó por el circuito. Al dar la vuelta al puente aparecieron personas que llevaban en las manos agua y gatorade. Particularmente llamó mi atención un cartel “Toma vaselina y evita rozaduras”, entonces los corredores tomaban un poco y se ponía en piernas y brazos. Me sorprendí una vez más, por el ambiente fraternal y de apoyo que se vive en las carreras, por ese apoyo de gente que ni te conoce pero que te impulsa a seguir. Dejaba que la energía de esos aplausos entrara completa por mis oídos y los poros de mi piel.

Me sentía entera. Creo que fue mi mejor momento en toda la carrera. Más de la mitad de la distancia la tenía cubierta así que lo que venía ya era lo de menos. Mi ánimo se disparó y comencé a impulsar a los que se detenían. La ruta siguió por Avenida Chapultepec de nuevo, del otro lado ahora, por donde hacía casi una hora había visto pasar a los punteros del Medio Maratón.

“Vamos, ya que nos falta” le dije a una señora y corrimos juntas unos metros mientras intercambiábamos opiniones sobre la carrera. Ya no corría sangre por mis venas, era pura adrenalina la que me hacía seguir levantando cada pierna. Era yo la más animada.

Llegué al kilómetro 16 y con ello a una nueva subida que tampoco pudo vencerme. Era tal mi euforia que ya nada podría detenerme, ni la sed que sentía. Faltaban sólo 5 kilómetros para cumplir mi meta. Nos repartieron esponjas con agua, un sobre con miel y un plátano. Cometí el error de comer un poco y mi sed se disparó, entonces tomé la decisión de tomar gatorede en el siguiente abastecimiento, aún cuando todos los corredores se detuvieran.

Era el kilómetro 17. 5. Llegué al puesto de abastecimiento, tomé un vaso y tuve que detenerme. Fueron uno segundos, pero cuando intenté reanudar el paso me di cuenta que mis piernas estaban adormiladas y me costó trabajo que respondieran de nuevo. Fue entonces cuando me di cuenta que ya iba corriendo con el alma y la mente.

Volví a ver a Fher y lo pasé, la euforia me hacía seguir aunque mi ritmo fuera lento. Entonces, ya en el último tramo, miré a un hombre que comenzaba a caminar. Lo animé a seguir. “Estaba olvidando que estoy aquí, corriendo”, me dijo, y continuamos el paso hacia la meta.

Corrimos juntos, luego se adelantó, luego yo me adelante, de pronto, miré hacia la derecha y ahí estaba, el último cartel señalando el kilometraje, eran 19. ¡¡¡¡Estaba a punto de conquistar mi meta!!!!

“Ya que nos falta” comencé a gritar y a pedir a la gente que se acercaba a las vallas que nos siguiera animando. Entonces vi a lo lejos la Catedral. Ya estaba en 20 de noviembre y faltaban unos cuantos pasos. ¡No lo podía creer! Estaba completando una distancia de 21 kilómetros. Ese último tramose me hizo eterno, miré al corredor al que había animado y decidí cruzar con él la meta. Entonces experimenté una sensación difícil de describir: era como si toda yo corriera, como si toda mi vida se agolpara para correr conmigo. Es decir, la Mariana de 6 años, la de 10, la de 15, la de 24, especialmente la de 29, todas ellas corriendo conmigo, junto, atrás, adelante. La niña, la adolescente, la joven y muy, muy especialmente la mujer, la MUJER que soy ahora. La mujer capaz de correr con el alma 21 kilómetros.

“Mujeres a la derecha” dijeron y apreté el paso. La meta, MI meta aparecía radiante, increíble, imponente ante mis ojos. Apenas dos horas atrás había salido justo por esa misma calle y ahora estaba de regreso. La gente se arremolinaba sobre la entrada a la Plancha del Zócalo. Grité por última vez “venga porra” y escuché los aplausos y la buena vibra, entonces entré a la Plaza Mayor y crucé ESA meta con los brazos abiertos.

Wow. ¡Crucé esa meta!... se detuvo mi tiempo...

El corredor con el que había pasado los últimos 30 minutos y yo, nos felicitamos, como si fuéramos los ganadores, los primeros en llegar. Y lo éramos, ganamos algo muy dentro de nosotros. Me senté y me quité el chip y me dispuse a ir a la zona de abastecimiento. Eran las 12 del día, yo me había tardado 2 horas 10 minutos en completar mi sueño.

No puedo describir la sensación que me dejó aquello, fueron tantas mis emociones mientras iba corriendo y tantas otras al terminar que lo único que atiné fue a sonreír. Aún no puedo dejar de hacerlo. Caminé por la zona de entrega de paquetes: un gatorade, un plátano, 4 naranjas y una medalla que colgaron en mi cuello. No es de oro, pero para mí vale como si lo fuera. Me tomé una foto.

Me dirigí hacia el punto de reunión en donde me encontraría con los demás corredores “Termita” Entonces me tomaron por el brazo y me felicitaron, era Toño, casi me echo a llorar en sus brazos.

Luego llegó Sandy que siguió la carrera en el metro, entrando y saliendo para apoyarnos. Llegó Fher y así fueron llegando los chicos con los que corrí, pero también llegaron Abraham, Nancy, Mireya, mi hermana, mi madre, mis sobrinos.

Correr el Medio Maratón fue el acontecimiento de mi vida y me sentí increíble al ver a tantas hermosas personas acompañándome en un momento tan sublime para mí. Personas que me rodearon de cariño, a quienes les importo y me quieren.

De izquierda a derecha: Toño, Nancy, Mireyita, Yo (y mi medalla), Abraham y Sandy

Mi pasión por correr


Es difícil entender qué es lo que lleva a una persona a levantarse diario muy temprano para correr y luego ir a trabajar. Es difícil comprender cómo puede ser que te inscribas a carreras los domingos y sacrifiques un día dedicado a descansar. Para nosotros, los que lo hacemos, simplemente no se puede concebir el mundo sin esto.

Nosotros somos los corredores de corazón, los que no tenemos entrenador, los que no nos dedicamos a esto y sin embargo amamos el deporte más que a nada en el mundo. Nosotros no corremos por un lugar en Juegos olímpicos, corremos porque esto le da sentido a nuestra vida y porque esto nos ha salvado la vida muchas veces.
Yo corro porque al hacerlo me siento una persona distinta y después del domingo, me siento una mejor persona. Mi sensación es simple: “Si pudiste con esto, puedes con cualquier cosa”.

¿Mi siguiente reto? ¡¡CORRER EL MARATÓN!!

Mis más profundas GRACIAS


Mención aparte merecen todos aquellos que fueron a verme: Toño, Sandy, Abraham, Mi mamá (quien tenía miedo de que muriera corriendo), Nancy, mi hermana, mis sobrinos. También aquellos que mandaron buena vibra: Tere, Luis Miguel, Letto, Adrianiux, Mónica, Malú, George, Jorge (y desde Alemania), Cristofer, Alfredo Asencio, Enrique, Mayte, José Luis, Mara, mi tía Tere (que hasta prendió una veladora). Los que se apiadaron de mis súplicas y me dieron música prendida: Charly y Arturo, mi cuñado. Los que me recomendaron música aunque no la mandaron, George, Marlene, Nancy, Mireya. Los que me desearon suerte: El rey rata y Alejandro y aquellos que me impulsaron a hacer el reto: Karen, Fher, Pepe y Sandy (la otra Sandy) personas increíbles y deportistas de 10.

No miento al decir que en los momentos en que peor me sentí y en aquellos en que me pregunté a mí misma qué diablos hacía corriendo, ustedes estuvieron conmigo dándome un empujoncito para seguir…

Algo que leí en una camiseta de un corredor: “En la vida como en las carreras, nunca pares”.

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