De alguna manera es fácil pasar de la decepción al coraje y conste que no digo odio. Claro encontrarme con la GM y ver que se burla de mi me hace arder, como si lo que hizo no fuera suficinte para esconder la cabeza en la tierra. El que sí la escondió fue el otro, claro como este asunto de "te dejo porque sales con otro" no fue más que un pretexto y yo ya le deposité su dinero, pues ya ni se acodó de dar la cara. Eso me puede, me puede mucho, porque de alguna manera uno espera recibir de los otros lo que estás dispusto a dar y bueno, puedo aceptar que él no quiera estr conmigo (aunque eso duela después de una espera de 8 meses), pero lo que no puedo aceptar es la forma.
Los kleenex
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Tú no eres el conejito
Así como la historia del mundo se divide en un antes y un después, así tú. Es como si tuvieras dos personas dentro, quizá en relidad siempre fuiste éste y antes mentías. Descubrir que me estafaste, que tenías novia, que comentabas lo que yo te decía con mi "amiga" ha sido duro por que tú no eras así. Al menos no el conejito.
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Día 24. Chat
El:MUCHACHITA
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Desde el capullo

A veces no sé si soy fuerte o soy alguien que finge serlo. Hoy me duele el corazón, el alma, el espíritu. Sí, sé que la vida sigue y sigue. Sé que no hay que parar. Sé que cosas peores me han pasado. Sé que otras tantas han de pasar. Pero hoy, me duele el corazón.
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Y volví al Rock 2000

Celebré mi cumpleaños (aunque aún no llega) en un lugar al norte de la ciudad (o al sur del Estado de México, como dice Mireya) llamado Rock 2000. Es un antrillo popular de este lado del mundo, aunque algo escondido en una zona un tanto fea de Tlalnepantla, Estado de México, pero la mejor referencia es que se encuentra enfrente de un famosísimo lugar que solía ser una vil pulquería y que ahora es una franquicia de restaurantes-bar onda familiar: el Tinacal.
Es un lugar amigable: buenos precios de casi todas las bebidas, incluida la coctelería y un buen repertorio de bandas de rock que tocan bastante bien y apegadas al puro estilo rockero latinoamericano. El rock 2000 con todo y su particular look resulta ser una buena opción para los que gustamos del rock en español.
Así mi precumpleaños estuvo cargadito de las rolas de bandas de mi infancia como Caifanes, Café Tacuba, la maldita, los Fabulosos Cadillacs, Ataque 77, los Estrambóticos, Los Hombres G, Soda Stereo, el Gran silencio, el Tri y un largo etcétera.
Si bien el Rock 2000 no será el lugar que encuentren en las recomendación de Dónde ir o en las guías de los sitios más in de la ciudad, a mi me gusta por el ambiente y en esta ocasión era una referencia obligada por dos razones: primero porque Toño, Miriam y yo teníamos tiempo que queríamos ir (aunque la final me dejaron plantada) y porque hace unos meses, en Querétaro, me prometí que volvería.
Y como diría una canción (que no es de rock) "Promesa de un final con besos"
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La hacienda vieja

No sé qué es más bello: tu imagen en mi mente o tu alegría, grandiosa la fortuna que la ha creado, como te ha creado a ti.
Tuve un sueño hermoso. En él llegaba a un lugar que parecía ser como una hacienda antigua. Había en la entrada dos arcos enormes de piedra histórica, maltratada por el paso del tiempo. Una fiesta esperaba al interior del lugar, así que apresuraba el paso para entregarme a la sorpresa de mirar tanta gente como nunca había imaginado.
Muchos se acercaban a saludarme como si fuéramos amigos de hace años. De pronto llegabas tú, habías caminado detrás de mí sin que me diera cuenta, como era tu costumbre y cuando ya te encontrabas cerca, tomabas mi cintura entre tus brazos largos, como te gustaba hacerlo. Yo reaccionaba igual que siempre, asustándome y luego me sorprendía encontrar de nuevo mi mano atada a la tuya. Entrábamos al salón.
Todos nos conocían y es extraño porque no hay nadie que yo conozca que sepa de ti ni nadie que tú conozcas que sepa de mi. No sé qué pasó con la fiesta, porque de pronto tú y yo estábamos solos en la oscuridad, cerca de los enormes arcos. Volvías a tomar mi cintura y casi me obligabas a acostarme sobre el pasto.
Me resistía a volver a tenerte cerca, así que luchabas porque no me soltara. De pronto caíamos, yo encima de ti y tú seguías sosteniéndome de la cintura y no me dejabas pararme. Me rendía ante la frustración de no poder luchar contra tu fuerza y terminaba recostada contigo, en el pasto.
Me ponía junto a ti y tú seguías abrazándome, como la última vez que estuvimos juntos. Entonces sucedía: yo comenzaba a decirte muchas cosas y tú seguías sosteniéndome por la cintura. No recuerdo todo lo que te decía, pero era algo que de alguna forma me tranquilizaba.
Entre mis recuerdos, escucho mi propia voz despidiéndome de ti. Te decía que entendía por qué te habías ido. Te decía lo mucho que significaba tu llegada a mi vida y lo mucho que te quería. Lo mucho que me dolía que no fueras para mí pero que entendía que no podíamos estar juntos. Sentía tanto dolor al hablar pero al mismo tiempo una paz extraña. Te decía adiós.
No contestabas nada. El silencio me mantenía atrapada a tus ojos hermosos y sentía como dejabas de apretar mi cintura. Me soltabas tan sutilmente... poco a poco, mientras yo te seguía diciendo adiós y entonces te esfumabas, volabas como arena cuando sopla el viento en la playa y así, con tus brazos de tierra del desierto, acariciabas mi cuerpo por última vez hasta que ya no estabas, hasta que me quedaba sola recostada en el pasto de la hacienda vieja con arcos enormes.
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La carta astral

Cuando él nació, las estrellas se alinearon caprichosamente formando figuras que nadie en el pueblo había visto nunca, ni las adivinas. La madre de María solía decir que aquella era una noche importante y lo contaba siempre como si se tratara del presagio de las malas horas.
Ninguna de nosotras había nacido aún, ni Martina, pero los dichos de la gente sobre ese suceso acompañaban la historia de San Martín del mar. Incluso María, años después, heredara del poder ancestral de su familia, no dejaba de asociar aquella noche de estrellas difusas con el destino de Martina quien años después, en su nacimiento, había provocado la misma extraña alineación astral.
Todos creíamos en esa vieja leyenda, menos Martina, quien reía cada vez que alguien llegaba a su tienda para decirle que pronto vendría el día en que cumpliera su destino. De alguna forma ella pensaba que su vida empezaba y terminaba en San Martín del mar, aunque una fuerza inagotable la llamara a abandonar los límites del pueblo.
En cambio, todas nosotras pensábamos que el calor que emanaba de su cuerpo y el fuego que la hacía escapar meses enteros, tenía que ver con esas estrellas que habían aparecido en el pueblo tan sólo dos veces en la vida.
Nuestras sospechas se hicieron más fuertes cuando en una de esas noches en casa de María, a las afueras del pueblo, las cartas de Martina anunciaron que llegaría alguien de muy lejos guiado por su calor y el olor a campo de su piel. Y días después, en pleno medio día las nubes se volvieron rosas y el cielo se pintó de un color pardo que pronto que se convirtió en noche y dejó escapar las estrellas fugaces de aquellas madrugadas de presagio.
Martina comenzó a creer lo que se decía, cuando esa noche duró por tres días y todos en el pueblo se encerraron esperando lo que sucedería. Cuando por fin salió el sol, nadie se sorprendió de encontrar cien hombres a caballo intentando asentar su campamento justo en el atrio de la catedral. Era como si todo San Martín del mar supiera que aquello ocurriría tarde o temprano. Así que salieron a ofrecer comida y agua a los recién llegados.
También yo salí a ver a los revolucionarios y al conocer al líder, supe de inmediato lo que lo había llevado a descubrir un pueblo que casi era un fantasma. Martina y su fuego ardiente lo atraían hasta aquí. Anastacio, que así se llamaba, había abandonado el campo de batalla en medio de una contienda, guiado sólo por el instinto de cumplir una misión que no conocía y que nadie le había dicho nunca porque había sido dictada por una fuerza superior justo el día en que había venido al mundo. Y arrastrando a todo galope a su tropa, había llegado al pueblo sin conocer el camino.
Cuando Martina regresó de la floresta, después de recoger las flores que cada mañana llevaba a su casa, supo que todo lo que le habían dicho desde niña, era verdad y sin desandar sus pasos subió al caballo de ese hombre y juntos emprendieron un camino sin retorno. María los vio pasar, ya sin la ropa a cuestas, mientras cabalgaban por el bosque rumbo a la montaña.
No fue, sino hasta meses después, cuando ella volvió, que supimos lo que había pasado. Me sorprendió verla regresar a pleno rayo del sol, con las flores marchitas en sus mano como si todo aquello no hubiera sucedió nunca.
La acompañé hasta su casa. Colocó las flores moradas como su vestido en el jarrón que había sido de su madre y se sentó en la mecedora con una taza de café en la mano. Me pidió que no la dejara sola y ahí me quedé mirándola por días, esperando me contara lo que había vivido.
Dejaron el caballo en las faldas de la montaña y tomados de la mano, subieron por el monte, entre piedras y nopaleras durante largas semanas hasta que llegaron a la cima y ahí, Martina contempló un mundo desconocido que su mirada no podía abarcar completamente y descubrió que su vida no podía reducirse a los límites de San Martín del mar.
Era tanto su temor y desconcierto que no tardó mucho en esconderse en una pequeña cabaña abandonada y destruida por el pasar del tiempo que se encontraba en el lugar. Era la casa de los abuelos de Anastacio, donde 30 años antes, una extraña alineación estelar los había hecho huir despavoridos.
Anastacio entró después que ella y dejó el fusil cargado junto a la puerta por si algún ruido extraño lo empujaba a salir de nuevo al campo de batalla, pero al mirar a Martina, un insólito embrujo provocó que lo olvidara todo. Desnuda como estaba, con el pelo cayendo hasta su cintura, irradiaba una luminosidad tal que el revolucionario ya no pudo contenerse más y ahí mismo, la tomó.
La delicadeza de su rostro y su cuerpo contrastaban con la lujuria y pasión que salía de sus ojos y que inundaba cada poro de su piel. Era tanta la excitación que sentía aquel hombre por ella que su encuentro era espectacular.
La recostó sobre el suelo con olor a tierra mojada y comenzó, quizá por timidez, a besarle la frente. Pero las llamas ardientes que brotaban del cuerpo de Martina lo obligaron a ir más allá. Besó a Martina en la boca con una furia exquisita y entre sus dedos enredó el largo cabello que ella había dejado crecer durante años. Luego dejó que su mano se abriera, a paso lento, el camino secreto hasta su sexo. Hundió sus dedos en su entrepierna y dejó que Martina subiera a él para juntos mecerse con el viento.
Ella besaba su rostro y acariciaba el pecho y el vientre de su amante, poniendo especial atención en las gotas de agua que salían de sus poros como si aquello fuera por fin el elíxir que calmara su sed y extinguiera su fuego. Pero lo que sentía por él era tan fuerte y tan milenario que crecía dentro de ella las ganas de seguirlo disfrutando.
Paraban y volvían a empezar a amarse. A él le gustaba tomarla por la espalda para poder seguir enredándose en su pelo y luego bajar sus manos hasta su cintura para contener sus movimientos y así alargar el tiempo de sentirla por dentro. Cuando por fin terminaron, Martina no pudo ahogar un grito que una vez que emitió, ahuyentó las aves hacia el pueblo. Luego se recostaron abrazados.
Él se entretenía contando las pecas de su espalda y trazando líneas que lo llevaban de una a otra. Era como si cada una de ellas le revelara algún camino transitado en su pasado que interconectado con la siguiente, formaba su vida futura. Esos pequeños tatuajes creados por la luz solar semejaban las estrellas que habían aparecido en el cielo y que lo habían guiado hasta el cuerpo de fuego de la que ahora era su mujer.
Sus dedos de aguja parecían construir mundos externos al nuestro en donde las estrellas florecían con luz destellante e iban a parar justo en la espalda de Martina. Formaba, en cada caricia dactilar, círculos perfectos y líneas de vida que terminaban siempre en el mismo lugar: el lunar negro de Martina que pendía a un costado de su espalda y que semejaba un planeta del sistema solar.
Tan profunda y enigmáticamente era atraído hacia ese lugar que Anastacio parecía enloquecer y entonces se precipitaba con besos por esos caminos que minutos antes había dibujado con los dedos.
Eran tantas las marcas del sol en la piel de Martina, que por más que el revolucionario se esforzaba, no terminaba de contarlas cada noche sin quedarse dormido y quedaba impelido a volver a comenzar una vez más al día siguiente como si algo se empeñara en que pasara mil lunas acariciando y surcando el universo que la espalda de Martina le dejaba explorar, para luego acariciar todo su cuerpo y hacerla suya una y otra vez sin descansar.
Pronto Martina comenzó a construir un hogar en la mirada de aquel hombre. Los destellos verdes que provenían de su iris la embelesaban cada vez que se prendía de sus pupilas. Ya no pensaba en San Martín del mar y mantenía las flores que había recolectado la mañana en que se había ido, en la almohada del viejo camastro en donde pasaban sus noches de amor.
Un día, mientras hacían el amor, se escucharon los estruendos de la guerra bajo el monte, entonces Anastació despertó del embeleso y tomando el fusil cargado salió hacia la contienda. Martina pensó que regresaría y pasó algunos días postrada en la ventana conteniendo las lágrimas. Pero las lunas pasaron y entonces tomó su vestido y emprendió una búsqueda a la que nadie la acompañó convencida de que aquesu amor yacía en el campo de una batalla perdida.
Tiempo después, recibí una visita inesperada. Un hombre a caballo tocó mi puerta una madrugada. No lo reconocí, llevaba una barba larga y la ropa roída, sus ojos eran dos canicas apagadas y en sus manos había muchas heridas, no supe quien era hasta que preguntó por Martina y entonces comprendí que ya no estaban juntos.
Me contó que había regresado a la cabaña y que en ella no estaba ni el recuerdo de sus caricias. Me preocupé. Martina siempre venía a mí después de vivir sus aventuras y ahora no había rastro en la tierra de su hermosa existencia. Formamos grupos para buscarla en los lugares donde siempre estaba, hasta que los pobladores y la tropa se cansaron de no hallarla.
Pronto la guerra arreció y el coronel Anastacio tuvo que irse de San Martín del mar. El día de su partida me dijo, -nunca podré olvidarme de Martina, ella tiene tatuada en su espalda entre sus pecas y lunares, la carta astral que rige mi porvenir. Ella es mi destino. Y estrellando su cigarro en el suelo, juró que volvería.
Y volvió años después, como lo había hecho Martina, sólo que cuando él llegó ya había arreciado el temporal. Entre la lluvia espesa buscó la casa de Martina que el cerro desgajado ya había sepultado entre lodo y ramas viejas. Su esperanza de volver a verla era tal que se puso a recoger los restos de lo que había sido la tienda del pueblo y sus lágrimas se hacían parte de la tormenta. Yo lo miraba todo desde mi ventana sin atrever a decirle que ella estaba conmigo porque no podía dejarla marchar sin cumplir mi destino.
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